Marisol Oviaño

Escribir para comprender

Madres distraídas, colegios caros

por Marisol Oviaño

Por alguna razón, la vida trae a mi costa gente encantadora, simpática y brillante que está muy mal de la cabeza. Tan mal, que creen ver en mí un tablón en el naufragio. Como si yo no estuviera, como todos, a merced de las olas.

Hace dos semanas llamé a una ambulancia para que salvara la vida a el hombre que busca su camino, que se había tomado todo su tratamiento psiquiátrico y llevaba dos días agonizando.

Y este  viernes cené con la mujer impaciente, que, aunque menos drástica porque es madre, también tiene lo suyo a cuenta de una madre que siempre ha preferido leer a hablar con sus hijos.

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Necesitámos mártires

por Marisol Oviaño

Al hilo de la publicación del libro No nos taparán, de Mimut Hamido Yahia, resubo este artículo, que publiqué en el desaparecido Proscritosblog el 26 de agosto de 2016.

Estoy rabiosamente en contra de la islamización de Europa.
También estoy rabiosamente de acuerdo con las palabras de Valls, Primer Ministro francés: “El ‘burkini’ no es una nueva gama de bañadores, ni una moda. Es la traducción de un proyecto político, de una contrasociedad, fundado en la esclavitud de la mujer”.(elPeriódico)

Y entiendo que algunos municipios de Francia, con los ataques que han sufrido últimamente, prohíban el burkini en las playas. Mi primera reacción fue aplaudir la medida: hoy sólo se ponen el burkini las mujeres musulmanas y dentro de unos años, cuando esas máquinas de parir hayan terminado su trabajo, habrán llenado Europa de hijos de Alá que formarán partidos políticos y ganarán las elecciones. Y no sólo por el tema demográfico: creo que no pocos hombres occidentales hartos del feminismo radical les votarán. Y entonces todas nos bañaremos con burkini por decreto ley.

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Entrenamiento del guerrero

por Marisol Oviaño Poema del año 2014 Cuando te vienes abajo y empiezas a pasar de todo, a caminar encorvado con la cabeza entre los hombros, y a encajar los golpes sin ofrecer ninguna resistencia, te veo muerto. Entonces cruzo el campo de batalla con el kit de primeros auxilios del guerrero, y aunque me […]

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Cárcel mental

por Marisol Oviaño

El hombre que me habla vino a verme
como cuando era el hombre que me secuestra(ba):
con nocturnidad y alevosía.

Pero no venía a decirme
«sube al coche»,
hace muchos años que no jugamos a que me dejo secuestrar.

Venía buscando un sparring, alguien con experiencia en aguantar y embridar esa rabia difusa que siempre le ha consumido… y que el aislamiento de la pandemia ha agravado. Especialmente desde que, hace un año, sus ancianos padres huyeron de la capital y se  instalaron con él, que siempre ha vivido de prestado en el chalet familiar.

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El calor de la amistad

por Marisol Oviaño

Ayer, durante la sobremesa, el hombre en la sombra se levantó y me abrazó por detrás con precaución covidiana.

—Toda una vida, Marisol —dijo emocionado—. Llevamos toda una vida juntos.

Han pasado muchas cosas durante estos tres meses en los que, a pesar de que hablamos prácticamente a diario, no nos hemos podido ver. Primero él se fue a pasar la Navidad con la familia a su tierra, después hizo una gira profesional por toda su comunidad y, cuando volvió, confinaron mi pueblo.

El fin de semana pasado habíamos quedado, por fin, para comer.
Pero ingresaron de urgencia a su hermano David —también amigo mío—, con lo que en principio parecía un ictus. Fue una semana muy dura. David y yo ahora nos vemos de Pascuas a Ramos,  siempre de casualidad y en casa de el hombre en el sombra. Pero, gracias a nuestra conexión artística, hubo una época en la que pasábamos largas horas hablando por Messenger a diario. Y, en el ámbito más personal, se atrevió a unirse a nuestra caravana española en México cuando nuestra familia estaba a punto de hundirse en el caos. David tiene un papel muy relevante en la biografía de nuestra familia; mis hijos y yo le queremos mucho. A él y a mí nos une ese tipo de amor que puede volver a florecer en cualquier momento.

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Zozobras maternas

Solo hay una cosa que me dé miedo: que mis hijos murieran antes que yo.

Ambos estuvieron al borde de la muerte cuando eran pequeños.
La benjamina por una malformación aneurismática en el cerebro —que los médicos vieron cuando todavía estaba dentro de mí—; y el mayor, por una meningitis de la que murieron muchos niños aquel año. Por fortuna, la experiencia que había adquirido con su hermana me hizo comprender que le pasaba algo raro, y no perdí un minuto en llevarlo al hospital. Unas horas después, habría sido demasiado tarde.

En cuanto la punción lumbar —“qué duro es, no ha llorado, y eso que han tenido que pincharle dos veces”, comentó el médico— confirmó el diagnóstico, le dejé con las enfermeras y fui a buscar a su pediatra, que estaba pasando consulta. Todavía recuerdo la urgencia con la que me preguntó casi gritando si el niño tenía manchas azules.

— ¡No lo sé! —contesté rompiendo a llorar.

Gracias a Eude había aprendido a auscultar, a poner sondas nasogástricas, a hacer fisioterapia pulmonar y ejercicios de estimulación muscular. Pero no sabía nada de meningitis. Era como volver a la casilla de salida.  Era tener la certeza de que la muerte podía llegar por tantos caminos que yo no podría estar en todos.

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La vida proscrita

Mi domingo es hoy, lunes.
Ayer los tres dedicamos  la mañana a limpiar y yo, además, a cocinar: venían mi madre y mi hermano a comer.

Tras los riquísimos pasteles que ella había traído de la pastelería Mallorca, pasamos un rato muy divertido experimentando con las fantásticas  cajas de la repostería poscovid. Después, los hombres se pusieron a jugar a la Play y las mujeres nos quedamos de charla.

Cuando los invitados se fueron, a eso de las siete de la tarde, cogí mi máquina y me bajé a la trinchera a disfrutar de un rato de vida proscrita. Pero no llevaba media hora allí cuando el hombre que quiere romper con su destino me lanzó un SOS en un audio de guasap. Sonaba tan borracho, que hice lo que me dijo el otro día el hombre en la sombra: “¡Marisol, abraza tu cruz!” y le ofrecí asilo.

Estoy en la trinchera proscrita. Vente para acá hasta que se te pase.

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Mi perspectiva de género

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 01/sep/2019 

El hombre en la sombra me ha mandado un artículo que quiere que lea: ¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos? de Claire Dederer

No es un buen artículo, ni siquiera se centra en el tema.
Empieza hablando de los creadores monstruos que se acostaban con jovencitas —el peor de los pecados, según parece— y acaba hablando de lo difícil que es ser madre y escritora. Por el camino, se despacha a gusto contra Woody Allen, que salió absuelto de todos los cargos que le imputaban. Hay una entrevista muy jugosa a otro hijo de Mia Farrow en la que el muchacho asegura que Woody Allen era un buen hombre y que, en cambio, Mia era un monstruo manipulador y maltratador. Pero eso no lo publicarán en El País, así que os la enlazo yo: el caso woody allen…

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Compañeros

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 12dic19

Hacía tiempo que  no pasábamos un rato las dos solas, pues casi siempre nos vemos por inercias familiares que reúnen a más gente. Y en principio, hoy iba a ser una de esas ocasiones, pues venía a comer a casa con sus nietos y conmigo.

Pero  tras una breve sobremesa, Eude se ha retirado a sus aposentos. Y su hermano jugaba al fútbol a las cinco. Así que, cuando mamá y yo nos hemos quedado solas, hemos quitado el mantel de la mesa y nos hemos mandado mudar a los sofás, donde hemos hablado largo y tendido. De los achaques y la vejez, del colectivismo y la ambición individual, de mi madrina —que se cayó la semana pasada—, de que mi bambú tiene veinte años y está hecho un asquito —¿cuántos años vive un bambú que compras en el chino?— y de que ella no puede tener plantas en la terraza porque se le achicharran. Cuando se ha marchado, he sentido la imperiosa necesidad de bajar a la trinchera proscrita a escribir sobre todo lo que he aprendido ella.

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