Marisol Oviaño

Escribir para comprender

Las casas de los otros

por Marisol Oviaño


Hace más de veinte años que estuve en su casa por primera vez. Ya entonces,  me pareció un país independiente; hábitat de una manada de hijos, mastines y gatos comandados por la loba alfa. Que se movía como una pantera; todavía hoy es un placer verla caminar.

La casa había sido diseñada por su exsuegro, un arquitecto que ajustó su programa a la precariedad económica de mi amiga  y que, abierto al optimismo,  dejó todo preparado por si algún día a ella le iba mejor y quería agrandarla. Durante la primera fase de nuestra amistad allí no había puertas, las paredes estaban  de cemento —que ella fue pintando—, los grifos eran las propias cañerías y ni siquiera se había cubierto el rasillón del tejado. Eso sí, tenía suelo radiante. Pero, aunque los techos eran altísimos y toda la construcción tenía un intimidante aire industrial, ella conseguía que fuera una casa acogedora. Especial.

Entonces yo era joven, vivía en un adosado, estaba felizmente casada y era madre de dos niños pequeños; ella estaba sola con tres hijos, dos de ellos bastante mayores que los míos. Yo estaba empezando a construir mi biografía y ella, que me llevaba algunos años, estaba reconstruyéndose tras el penúltimo naufragio.

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Confianza, risa y recuerdos compartidos

por Marisol Oviaño

Él es una especie en vías de extinción, el último hombre en España que disfruta de una vida que ya ha desaparecido para la inmensa mayoría de los varones.

Durante los últimos treinta y ocho años se ha estado levantando cada mañana para ir a su negociado y, cuando volvía a las cuatro de la tarde, los niños estaban en orden, la casa limpia y recogida. la ropa planchada y la mesa, puesta. Sólo tenía que sentarse a esperar que le sirvieran la comida.

Ambos vienen de familias de  posibles, y desde que tuvieron el segundo hijo —tienen cuatro—en su casa siempre ha habido una persona de servicio, a las que la  esposa alecciona para que todo esté al gusto del señor. A cambio, él paga otro tipo de servidumbres; el matrimonio es una cuestión de alianzas, de tiras y aflojas, de acuerdos. De división del trabajo. Así, él nunca habla con la interna directamente: se lo dice a su mujer para que se ocupe. Y ella indica al servicio que lave las jarras de cerveza a mano: al señor no le gusta el sabor con el que salen del lavavajillas.

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La alegría de los viejos amigos

por Marisol Oviaño

A algunas amistades las arrastra la corriente y puede que la marea nunca las devuelva a tu playa. Pasado un tiempo prudencial, dejarás de otear el horizonte, echarás una sábana por encima de los buenos recuerdos, para que no se estropeen; encerrarás los malos bajo llave, para que no duelan; pondrás el libro de tu amigo entre las Obras Completas de tu vida y seguirás tu camino.

A medida que me voy haciendo mayor, valoro más esas amistades que se conservan a pesar de la distancia, del paso del tiempo y del cambio de circunstancias. Imaginad cuánto han cambiado las circunstancias de todos en los últimos 35 años, que es el tiempo que hace que nos conocemos Ramiro y yo. Y a Carlos le conozco desde hace más de veinte años, que fue cuando teníamos una amistad muy estrecha porque vivíamos todos en el mismo pueblo y nos veíamos prácticamente a diario.

Y aunque cuando se marcharon de Torrelodones perdimos la asiduidad, las redes sociales, el guasap y los amigos comunes, nos mantenían en contacto. Ya llevaban mucho tiempo fuera cuando hace casi doce años se ofrecieron a empapelar las paredes de Proscritos con papel de seda de dos colores.

—Tú páganos las cervezas.

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Madres distraídas, colegios caros

por Marisol Oviaño

Por alguna razón, la vida trae a mi costa gente encantadora, simpática y brillante que está muy mal de la cabeza. Tan mal, que creen ver en mí un tablón en el naufragio. Como si yo no estuviera, como todos, a merced de las olas.

Hace dos semanas llamé a una ambulancia para que salvara la vida a el hombre que busca su camino, que se había tomado todo su tratamiento psiquiátrico y llevaba dos días agonizando.

Y este  viernes cené con la mujer impaciente, que, aunque menos drástica porque es madre, también tiene lo suyo a cuenta de una madre que siempre ha preferido leer a hablar con sus hijos.

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Necesitámos mártires

por Marisol Oviaño

Al hilo de la publicación del libro No nos taparán, de Mimut Hamido Yahia, resubo este artículo, que publiqué en el desaparecido Proscritosblog el 26 de agosto de 2016.

Estoy rabiosamente en contra de la islamización de Europa.
También estoy rabiosamente de acuerdo con las palabras de Valls, Primer Ministro francés: “El ‘burkini’ no es una nueva gama de bañadores, ni una moda. Es la traducción de un proyecto político, de una contrasociedad, fundado en la esclavitud de la mujer”.(elPeriódico)

Y entiendo que algunos municipios de Francia, con los ataques que han sufrido últimamente, prohíban el burkini en las playas. Mi primera reacción fue aplaudir la medida: hoy sólo se ponen el burkini las mujeres musulmanas y dentro de unos años, cuando esas máquinas de parir hayan terminado su trabajo, habrán llenado Europa de hijos de Alá que formarán partidos políticos y ganarán las elecciones. Y no sólo por el tema demográfico: creo que no pocos hombres occidentales hartos del feminismo radical les votarán. Y entonces todas nos bañaremos con burkini por decreto ley.

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Entrenamiento del guerrero

por Marisol Oviaño Poema del año 2014 Cuando te vienes abajo y empiezas a pasar de todo, a caminar encorvado con la cabeza entre los hombros, y a encajar los golpes sin ofrecer ninguna resistencia, te veo muerto. Entonces cruzo el campo de batalla con el kit de primeros auxilios del guerrero, y aunque me […]

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Cárcel mental

por Marisol Oviaño

El hombre que me habla vino a verme
como cuando era el hombre que me secuestra(ba):
con nocturnidad y alevosía.

Pero no venía a decirme
«sube al coche»,
hace muchos años que no jugamos a que me dejo secuestrar.

Venía buscando un sparring, alguien con experiencia en aguantar y embridar esa rabia difusa que siempre le ha consumido… y que el aislamiento de la pandemia ha agravado. Especialmente desde que, hace un año, sus ancianos padres huyeron de la capital y se  instalaron con él, que siempre ha vivido de prestado en el chalet familiar.

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El calor de la amistad

por Marisol Oviaño

Ayer, durante la sobremesa, el hombre en la sombra se levantó y me abrazó por detrás con precaución covidiana.

—Toda una vida, Marisol —dijo emocionado—. Llevamos toda una vida juntos.

Han pasado muchas cosas durante estos tres meses en los que, a pesar de que hablamos prácticamente a diario, no nos hemos podido ver. Primero él se fue a pasar la Navidad con la familia a su tierra, después hizo una gira profesional por toda su comunidad y, cuando volvió, confinaron mi pueblo.

El fin de semana pasado habíamos quedado, por fin, para comer.
Pero ingresaron de urgencia a su hermano —también amigo mío—, con lo que en principio parecía un ictus. Fue una semana muy dura. David y yo ahora nos vemos de Pascuas a Ramos,  siempre de casualidad y en casa de el hombre en el sombra. Pero, gracias a nuestra conexión artística, hubo una época en la que pasábamos largas horas hablando por Messenger a diario. Y, en el ámbito más personal, se atrevió a unirse a nuestra caravana española en México cuando nuestra familia estaba a punto de hundirse en el caos. David tiene un papel muy relevante en la biografía de nuestra familia; mis hijos y yo le queremos mucho. A él y a mí nos une ese tipo de amor que puede volver a florecer en cualquier momento.

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Zozobras maternas

Solo hay una cosa que me dé miedo: que mis hijos murieran antes que yo.

Ambos estuvieron al borde de la muerte cuando eran pequeños.
La benjamina por una malformación aneurismática en el cerebro —que los médicos vieron cuando todavía estaba dentro de mí—; y el mayor, por una meningitis de la que murieron muchos niños aquel año. Por fortuna, la experiencia que había adquirido con su hermana me hizo comprender que le pasaba algo raro, y no perdí un minuto en llevarlo al hospital. Unas horas después, habría sido demasiado tarde.

En cuanto la punción lumbar —“qué duro es, no ha llorado, y eso que han tenido que pincharle dos veces”, comentó el médico— confirmó el diagnóstico, le dejé con las enfermeras y fui a buscar a su pediatra, que estaba pasando consulta. Todavía recuerdo la urgencia con la que me preguntó casi gritando si el niño tenía manchas azules.

— ¡No lo sé! —contesté rompiendo a llorar.

Gracias a Eude había aprendido a auscultar, a poner sondas nasogástricas, a hacer fisioterapia pulmonar y ejercicios de estimulación muscular. Pero no sabía nada de meningitis. Era como volver a la casilla de salida.  Era tener la certeza de que la muerte podía llegar por tantos caminos que yo no podría estar en todos.

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