Escribir para comprender

Mes: abril 2020

Manual de supervivencia (enero 2007)

Por Marisol Oviaño

Hace años todo el mundo se deshacía en elogios al hablar de la película La vita è bella. Esa en la que un padre hace lo imposible por hacer creer a su hijo que viven en un campamento de vacaciones, cuando en realidad están en un campo de concentración nazi.

No negaré que también yo lloré con ella.
Pero.
He tenido oportunidad de sentirme como el protagonista.

Mis hijos, que van donde mi circo vaya, se vieron seriamente afectados por la desaparición de su padre. Y la primera reacción de mi entorno fue la del progenitor de La vita è bella: miente a los niños, finge que no ha cambiado nada, que ellos no sepan… Todas las personas que nos querían me exigían que los protegiera de la realidad negándola.

Finge que nada ha cambiado, ten la casa limpia, la comida a punto, la sonrisa fácil, las manos suaves, trabaja, administra el dinero, haz la compra, tíñete las canas, no envejezcas, deja de fumar, de beber, de darle gusto al acelerador, y, al final de la dura jornada, llega a casa sonriente con un kinder bueno para cada uno de tus hijos.

Como si eso pudiera ocultar que habíamos perdido a uno de los miembros de nuestra familia en el camino.

La realidad era que nuestro mejor aliado se había convertido en nuestro peor enemigo y que nuestra antigua estrategia familiar ya no nos servía para nada.

Sólo sobrevive el que se adapta.

Sólo se adapta el que hace un buen análisis de la realidad.

Lo contrario provoca una neurosis terrible que impide que la vida fluya. Y comprendí que mi misión no era disfrazar la realidad para mis hijos, sino enseñarles a sobrevivir en ella.

Les mostré el campo de concentración, fuimos hasta las puertas de las cámaras de gas y les expliqué para qué servían, quién mandaba allí, a quién no había que mirar a los ojos, a quién rehuir, en quien confiar, dónde esconder las migajas que nos sobraban.

La negación de la realidad es una mala táctica defensiva. La vita è bella es una película.

La tierra que tengo en las uñas, la tierra del túnel en el que mis hijos y yo trabajamos, es real.

La identidad en útero (abril 2006)

Fotografía en contexto original: shutterstock 

Por Marisol Oviaño

Hasta hace unos meses yo era una cucharita.

También tenía un hombre.

Unos hijos.

Una casa grande.

Una vida.

Una identidad: casada.

Hoy estoy esperando que el juez me dé una identidad nueva: divorciada, soltera, sola.

Ya no soy una cucharita que duerme cada noche apoyada en la cucharita compañera del cubertero. Ahora mis noches son una cama enorme con una mujer pequeñita acurrucada en una esquina. Soy un servilletero asustado que envuelve con sus brazos una almohada para no hacer caso de las dentelladas de la soledad.

Ya no tengo una familia completa.

Soy una cuchara sopera, siempre bocarriba, siempre abierta, siempre dispuesta. No puedo enfermar, no puedo partirme una pierna, no puedo pensar en mí misma, no puedo llevar a mis novios a mi cama entre semana.

Tampoco tengo una gran casa.

No nos mudamos de casa.

Nos mudamos de vida.

Soy un tenedor de púas afiladas que mantendrá la tristeza bien lejos de sus tenedorcitos.

Cada noche, los acuesto, los abrazo y los aplasto con mi cuerpo como haría cualquier hembra con sus cachorros asustados.

Soy un horno en el que lo mejor de ellos leva.

Trato de transmitirles todo el amor que siento por ellos, la seguridad de que jamás les abandonaré. Cada noche les repito que, mientras los tres estemos unidos, no tenemos nada que temer.

Soy un ancla con cientos de metros de pesada cadena.

Hormigono sin descanso los cimientos de su vida, los inundo de cariño para que nunca pierdan la identidad.

Soy un camión hormigonera.

Ya no soy una cucharita.

Ya no tengo una familia completa.

Ya no tengo una gran casa.

Pero eso no me hace menos mujer.

Ni menos madre.

Sólo me hace más yo.

Me siento frente a mi portátil, por la ventana veo a las ardillas saltar de árbol en árbol y comprendo que mi identidad no ha cambiado, que yo soy como ellas: un animalito en perpetuo movimiento, mutatis mutandis, que lucha por su supervivencia. Un ser humano, que, como todos, siempre ha estado solo.

Definición de familia (abril 2005)

por Marisol Oviaño

La familia es ese hijo que grita cuando más silencio necesitas, esa mujer que sonríe junto a ti en la foto de la boda y que, diez años después te vuelve loco con sus quejas; ese padre que te llama en mitad de una reunión importante para contarte una solemne tontería, ese primo con el que te emborrachas en todas las bodas, esa abuela que alarga el cuello para indicarte que hables más alto, esa hermana que te sablea, esa cuñada a la que de buena gana te follarías.

La juventud nos hace creer que basta con cerrar la puerta y salir a la calle para dejar atrás a la familia, pero la sabia naturaleza no tarda en enseñarnos que nuestra sangre nos acompañará donde quiera que vayamos. Un buen día nos descubrimos haciendo el mismo gesto que creíamos exclusivo de nuestra madre, o quedándonos sordos como padre, y probablemente muramos de la misma enfermedad que nuestro abuelo.

La gracia de todo esto es que, una millonésima de segundo antes de que fundes tu propia familia, no tienes ni idea del asunto, por mucho que te lo hayan contado. Te enteras cuando ya es demasiado tarde y no puedes coger la maleta y despedirte en el salón, después del café: “Que me he dado cuenta de que yo no valgo para tener una familia. Ya os escribo yo ¿eh?”.

Nadie elige a sus padres, acaso puedes elegir el número de hijos y el momento de tenerlos. Nos creemos que elegimos a la pareja, pero tampoco es cierto, cualquier estudiante de química nos podría explicar el proceso químico del amor y concluir que nuestro cerebro estaba predestinado a enamorarse de esa persona. La familia, así, en frío y sobre el papel, es la falta de libertad de elección.

Y sin embargo, en caliente y sobre la piel, la familia es esa mirada de navegante que intercambias con tu pareja después de haber campeado el temporal, el abrazo inesperado de tu hijo, esa madre de la que no dejas de aprender; ese padre, que te quiso a su despistada manera y por eso andas como andas, esa abuela a la que ahora comprendes, esos hermanos que se emborrachan contigo cuando hace falta… La familia es el único bar que está abierto toda la noche.

Que gane el mejor

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: febrero 2006
Fotografía en contexto original: thesoccerstore


Lo importante es participar.
Y una eme.

Como fumadora empedernida que jamás ha puesto un pie en un gimnasio, había observado el deporte como un universo paralelo al mío. Sin embargo, en los últimos tiempos, desde que mis hijos juegan al fútbol y me he convertido en una asidua de los campos de los municipios de la sierra norte de Madrid, empiezo a descubrir que el deporte no es tan diferente de la literatura, de la pintura, de la música.

El deporte requiere capacidad de sacrificio, técnica, preparación, disciplina y pasión. Como la literatura, es una pulsión que te lleva a probarte a ti mismo y a los demás lo que eres capaz de hacer, dónde eres capaz de llegar. En estos últimos meses de fútbol bajo cero en pequeños campos de gradas desiertas, de charcos con sangre de las lesiones del partido anterior, he comprendido que la esencia del deporte está aquí, entre los chavales que tiritan antes de salir a jugar, en los entrenadores que se desgañitan para que sus jugadores no se vengan abajo, en los espectadores— pocos— que hacemos todo lo que podemos para animar a nuestro equipo, en el árbitro, que más de una vez ha de escapar corriendo.

Los niños sueñan con ser Beckham, Nadal, Induráin, Fernando Alonso, Pau Gasol. Nadie sueña con ser el último del pelotón, ese que llega cuando el ganador ya está en la ducha. Muchos son los llamados a participar, pocos los elegidos. Sólo Beckham puede firmar un gol de Beckham del mismo modo que sólo Hemingway podía firmar Fiesta.

La pulsión que anima a ese desconocido que entrena esperando su oportunidad es la misma que anima a los escritores anónimos que cada noche, a escondidas de su familia, entran en su universo secreto a emborronar papeles. Para ser deportista o para ser escritor hay que ser, sobre todo, valiente. Hace falta mucho valor para aprender a perder y querer seguir luchando.

Todos participamos para ganar.

 

 

 

© 2021 Marisol Oviaño

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