por Marisol Oviaño

El hombre en la sombra y yo nos habíamos prometido que, en cuanto  las autoridades permitieran las reuniones de amigos,  yo iría a cocinar a su casa.
Y por fin había llegado ese día.

Como sabía que había restricciones en el transporte, cerré la trinchera proscrita a la una y me fui a la parada del autobús. Me extrañó que no hubiera nadie, pues según la aplicación de  la CAM tenía que pasar un interurbano en cinco minutos. Pero este no aparecía en el panel de la marquesina; tal vez se hubiera adelantado un poco o, directamente, nunca hubiera existido.
Y faltaba casi hora y media para el siguiente.
Por un momento, pensé en marcharme y volver más tarde.
Pero no tenía prisa y llevaba un ejemplar de Lectura fácil, de Cristina Morales para el hombre en la sombra; de modo que decidí quedarme leyendo. Además, así me aseguraba un sitio.

Cuando llevaba  unas veinte páginas, comenzó a llegar más gente. Todos —excepto una chavalina muy joven— inmigrantes, la mayoría de ellos latinos; paletas, jardineros y señoras de la limpieza. Comentaron que por la mañana  habían tenido que esperar otras dos horas en Madrid, y que habían colapsado las oficinas del Intercambiador de Moncloa reclamando justificantes para sus jefes. Y todavía les tocaba aguardar al menos otra hora,  cuando antes de la pandemia no llegaba a 20 minutos. Encima solo se podían ocupar la mitad de los asientos; es decir, corrían el riesgo de quedarse en tierra después de la interminable espera.

Y justo eso sucedió en la siguiente parada, en la que subió más gente de la que el nuevo aforo toleraba. El conductor tuvo suerte, porque quien tenía que bajarse  —estando la mitad de los asientos vacíos y yendo todo el mundo con mascarilla— era  una adolescente pijita de colegio privado, que protestó un poco antes de obedecer. Me pregunto qué habría sucedido si  el chófer hubiera tenido que echar a los dos albañiles que habían paliado la demora con varias latas de cerveza. A saber cuántos autobuses y metros tendrían que esperar todavía hasta su casa.

Cuando llegamos a Madrid ya había leído 50 páginas de Lectura fácil. Y, como ahora no ando al filo de la supervivencia, cogí un taxi  en el Paseo de Camoens, pilotado por un señor gordísimo que parecía una caricatura comunista: llevaba la bandera de España hasta en la mascarilla.
No había nada de tráfico; para la pueblerina que soy, una delicia.
Pero para él, la ruina.
E iba a unirme a su coro de  lamentaciones cuando no que me quedó más remedio que admitir —ante él y ante mí misma— que yo, sin embargo, tengo más trabajo que nunca. Pero no le iba a hablar al pobre taxista sobre la verdad revelada; así que le di la razón en todo lo que comentó sobre mi sector profesional —del que no tenía ni idea—y, ya en Fuencarral, puse un guasap al hombre en la sombra:

Baja

Hacer la compra para la comida es uno de los rituales íntimos de nuestro matrimonio —así lo llama él— y,  cuando arribamos a su portal, me estaba esperando en la calle con su ajada mascarilla de primera división.

Estábamos deseando que yo me bajara para chocar los codos o hacer algún otro gilipollesco saludo pandémico, pero la aplicación del taxi se había quedado colgada y no había manera de pagar con tarjeta. Y, como se supone que los taxistas ahora no deben coger efectivo, el señor tampoco tenía cambio. Así que allí estábamos, el hombre en la sombra y yo impacientes por estar juntos y el pobre chófer maldiciendo por lo bajinis:  se daba cuenta de que le estaba haciendo el caldo gordo a Uber. Al final, cansada de esperar una buena conexión, rebusqué por todos los bolsillos del bolso, reuní los 8€ en monedas y  conseguí salir del coche.

El corazón nos pedía un gran abrazo, pero nuestra alarma mental no paraba de aullarnos  las consignas que este tiempo de confinamiento ha incardinado en todos nosotros. ¡No os toquéis! ¡No os quitéis la mascarilla! Nos pusimos hasta nerviosos, parecíamos adolescentes en su primera cita. Al final chocamos los codos y cruzamos al Dia a hacer la compra, ese Dia cosmopolita tan distinto del Dia de mi pueblo. En el mío solo hubo guantes durante la primera semana, en el de la calle Ballesta me llamaron la atención para que no entrara sin ponérmelos. Parece que en Madrid se toman el tema más en serio.

Nos dimos todos los caprichos que nos dio la gana: aperitivo, un buen vino, helados carísimos y los ingredientes necesarios para hacer un arroz con pollo, alcachofas y espárragos. Tras pasar por caja, yo cogí el pan y dejé que él cargara el resto: los dos sabemos que subir escaleras es una prueba de estrés para mis pulmones.

Cuando entramos en su piso dejamos la compra;  él se dio gel hidroalcohólico y yo me lavé las manos en el baño.  Después, decidimos que nos aguantaríamos las ganas de tocarnos y trataríamos de mantener distancia social —su casa es grande, no debería resultar difícil—, pero no nos íbamos a dejar puesta la mascarilla.
Y al fin, después de desenmascarillarnos,  pudimos sonreírnos con toda la cara.

primer vino