Escribir para comprender

Mes: julio 2020 (Página 1 de 5)

Todo lo que sé de amor y sexo

por mujerabasedebien
Publicado originalmente: 1 de Julio 2008
Fotografía en contexto original: esculturas.info


La fidelidad no compensa.
La infidelidad tampoco: sentirse culpable no mola, llevar una doble vida, a la larga se paga.

Yo he sido infiel siempre, excepto cuando he sido fiel, y no he notado gran diferencia. Al final la cosa se lía. O porque has mantenido relaciones sexuales con una tercera persona, o porque has fantaseado con esa posibilidad.

Durante  una breve temporada, consideré la idea de la poliandria. Pero tampoco habría funcionado:  si podía tener dos hombres, pronto habría querido tener tres, y si tenía tres, pronto querría tener cuatro… etc.

No existe lugar seguro.

Dejar un bonito cadáver

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente en julio de 2008
Fotografía en contexto original: twitter


De vez en cuando, C. y yo decidíamos alegrar el día a todos los hombres que se cruzaran en nuestro camino y  salíamos a coquetear a discreción.

Hacíamos una extraña pareja, nunca sabían sobre cual de las dos detener la mirada. Coqueteábamos con el funcionario de Hacienda, con el guardia jurado de la Seguridad Social, con el apoderado del banco, con el notario, con el frutero, con el joven mecánico- al que le pedíamos que nos explicara, con el capó levantado, qué le había hecho a nuestro cochecito-, con el vecino, con el cartero, con el camarero que nos traía las cañas.

Resultaba tan fácil haceros felices… Pero éramos conscientes de que no podríamos jugar a ese juego eternamente. Que la actitud que entonces hacía sonreír- y cómo- a los hombres, dentro de unos años resultaría ridícula, cuando no patética. Y después de una mañana de coqueteo indiscriminado, nos sentábamos en la plaza del pueblo para analizar a las mujeres mayores y decidir a cuál de todas queríamos parecernos.

No nos gustaban las que seguían vistiendo como si tuvieran 20 años, se pintaban como monas y meneaban las caderas de abuela como si todavía estuvieran en edad de parir. Tampoco las que se instalaban en una indefinida mediana edad gracias a las mechas y a un aire respetable que parecía sacado de un manual, ni las mujeres con aspecto de señoras de toda la vida.  Durante un par de años de trabajo de campo, no encontramos una a la que quisiéramos parecernos.

Ya no salimos a coquetear: ella se ha enamorado, fin de la partida. Yo siento curiosidad por la vieja que empieza a adivinarse en mi espejo. Y me pregunto si será la misma mujer que años atrás, en el colmo de la coquetería, se decía: vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver.

 

 

Hacer reír

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 30 agosto 2008


Intento hacer reír a mis hijos al menos una vez al día.
No siempre lo consigo, hay días en los que la vida pesa cuatro toneladas y maldita la gana que tengo de hacer el payaso o de hilar un comentario ingenioso detrás de otro.

A mi padre le encantaba entrar en la cocina cuando todos andábamos demasiado serios y preguntarnos con fingido interés académico: «¿Vosotros sabéis hacer esto?».  Entonces se ponía a bailar flamenco como un autómata averiado. Estuvo años repitiendo esa broma con distintas variaciones: unas veces era un baile, otra unas palmas… e invariablemente sus hijos nos partíamos de la risa. Cuando estoy floja, echo mano del repertorio paterno.

Y cuando logro que mis hijos se tiren de las sillas sujetándose los riñones, como hacía yo cuando mi padre hacía el idiota a propósito, cuando me dicen «¡Ay, mamá…¡para!» , siento que algo crece en mi interior y en el suyo, que mis arbolitos sabrán soportar la tempestad, la sequía y las heladas, que merece la pena salir cada mañana a la batalla sólo por oír sus carcajadas.

Siempre hay un lugar especial en mi corazón y en mi memoria para aquella gente con la que me río. He olvidado por completo a hombres con los que se supone que tuve tórridas aventuras amorosas, pero nunca olvidaré a amigos que tenían la buena costumbre de hacer que me retorciera de risa. Su mero recuerdo basta para que en mi cara se dibuje una sonrisa homenaje a aquellos buenos ratos.

A veces pienso que envejecer sólo es dejar de reír, la progresiva pérdida del sentido del humor. Quizá por eso quienes tienen un carácter agrio, parecen mucho más viejos que quienes todavía son capaces de reírse.

Cuando reímos, se libera algo animal, la sangre parece renovarse y la puta vida se hace más fácil de llevar. Y hacer reír a los demás sube los niveles de algo, produce una excitación no muy disímil de la que provoca seducir.

Ya lo decía mi padre: “Para conquistar a una mujer sólo hacen falta tres cosas: tiempo, dinero y hacerlas reír”.

Haz reír a los demás.
Los demás te lo agradeceremos

 

Irrompible

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 27 agosto 2008
Fotografía en contexto original: boredpanda


Bailando en la ya famosa boda de Cris, me luxé una rótula.
Fui al médico, guardé reposo, me puse hielo… hice todo lo que me dijo, pero la rodilla todavía no ha vuelto a ser la que era.

Si me rompiera una pierna, por ejemplo, nuestra vida se vería seriamente afectada: soy el único adulto de la familia y en nuestra casa no hay ascensor.

Afortunadamente tenemos familia y amigos, pero eso no evitaría que una pequeñez como la rotura de un hueso, descabalara nuestro pequeño universo. Y los niños son muy conscientes de eso. Basta una tos persistente o un día de estómago revuelto, para que revoloteen inquietos a mi alrededor. De modo que, si me duele algo que no sea visible como una cojera, no digo nada. Las poquísimas noches que salgo, me esperan despiertos sea la hora que sea. Cuando aparco el coche debajo de la terraza, casi puedo oír sus suspiros de alivio. No es pequeña presión.

Cada una de las veces que ha vuelto a fallarme la rodilla, se han llevado las manos a la cabeza y me han preguntado cuándo me tocaba ir al médico.

– El lunes.

– Pues dile que te arregle la pierna- dice mi hijo.

Y mi hija, por una vez de acuerdo con su hermano, aporta una sentencia que suena a condena.
– Sí, que tú eres la única que nos cuida. No puedes romperte

Combustible emocional para el invierno

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 15 agosto 2008


Llegamos a casa con más de 2.000 kilómetros nuevos en el cuentaídem.
Somos una familia monoparental que no llega a fin de mes, podemos decir que las vacaciones han sido un éxito.

Mis hijos están acostumbrados devorar asfalto solos conmigo, se portan de cine en las largas horas de carretera. A lo largo de su vida han viajado como niños ricos en camarotes de lujo o en aviones transoceánicos, ahora han aprendido a hacerlo con una neverita llena de viandas y bebidas y a no pedir chuches y tonterías en las gasolineras en las que vamos parando a repostar. En mi circo no sólo hay aplausos, purpurina y sonrisas. También hay que aprender lo que cuesta levantar la carpa.

Ahora no nadamos en la abundancia, así es la vida del artista. Pero tenemos gente que nos quiere, que nos ha acogido en sus casas con los brazos abiertos, que se ha desvivido para que nuestra estancia fuera feliz y memorable. Personas que habitan en nuestros corazones.

Junto con el equipaje, hemos descargado el cariño que nos han dado estos días, combustible para el duro invierno.
Gracias a Silvia, Héctor, Alfonso e Isa.
Y a toda la chiquillería.

Lógica infantil

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 23 julio 2008


El fin de semana de reunión familiar y paseos por el campo tocaba a su fin.
Los niños se quedaban en el pueblo con la abuela, los adultos en edad laboral hacíamos las maletas y nos preparábamos para marchar.

– ¿Por qué no os quedáis?- preguntó mi sobrina de tres años a su madre.
– Porque tenemos que trabajar.
– ¿Y por qué no os traéis los ordenadores y trabajáis aquí?
– Porque tenemos reuniones en Madrid, cariño.
– ¡Pero si aquí también hay reuniones!

 

 

Mi niña se aburre

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 10 febrero 2008


Sábado por la tarde.
Me hago vieja.
Sólo quiero tirarme en un sofá y leer.
O sentarme al sol que entra por la ventana frente al ordenador y escribir. No pensar en nadie ni en nada.
Mi hijo mayor se va a buscar a un amigo, pista libre.
Pero mi hija, como cada sábado, me pregunta ¿qué vamos a hacer?

Tiene 12 años.
No hace ni cuatro horas que he cerrado la tienda.
Ella cree que los padres perfectos son aquellos que siempre tienen planes excitantes. Pero eso son los padres de los anuncios del siglo XXI. Y yo no me parezco nada a esas mujeres que viven en cocinas que dan a la piscina que hay al fondo del jardín, ni a esas ejecutivas que acaban de dejar un Mercedes en el garaje para correr a abrazar a su chiquitina con un kinder bueno en la mano.

Yo me parezco más a mi abuela, que se quedó viuda con 4 hijos y se ganaba la vida limpiando oficinas. Trabajo 13 horas al día, me acuesto pensando en el dinero y me levanto pensando en el dinero. Dedico gran parte de tiempo a trampear para sobrevivir.

En la época de mi abuela, si había apuros en la casa, los hijos se ponían a trabajar para colaborar en la economía familiar.
Ahora parece que estamos educando a nuestros hijos para que vivan en la irrealidad, en un mundo en el que las contrariedades y los problemas no existen, en el que todo está garantizado. Estado del Bienestar, lo llaman.

―¿Qué hacemos hoy?― vuelve a repetirme mi hija.
―Tú, por lo pronto, recoger tu cuarto y bajarte a la calle. Y si no hay ningún amigo, te pones los patines o te coges la bici y das vueltas por ahí, como hacía yo a tu edad― contesto desabrida.


Obedece de mala gana y, según cierra la puerta, me atacan los remordimientos de conciencia.
Eso es algo con lo que los hombres no nacen. A un padre no le remordería la conciencia por mandar a un hijo a jugar la calle. A una madre trabajadora sí: en el acto te pones a pensar cuánto tiempo le has dedicado esta semana a tu pequeña.

Y, reconcomida por la culpa, me asomo a la ventana para proponerle algún plan.

Está sentada, con los patines. Aburrida. Sola.


―¿Quieres que hagamos algo? ―le digo.


Levanta la cabeza buscándome y me sonríe. Pero en ese momento llega un coche. Nuestras vecinas, sus amigas. Que se bajan corriendo para saludarla.
En el acto se olvida de mí.
Ahora, mientras escribo estas líneas, por fin sola y a mi bola, la oigo jugar feliz con ellas bajo mi ventana.

Ella está feliz y yo también.
Incluso sin huevo kinder

Sobrevivir a enero

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 23 enero 2008
Fotografía en contexto original: hometalk


La cuesta de enero se respira en el ambiente.
Los supermercados y las tiendas están vacíos.
En el bar en el que trabaja el hombre más triste del mundo tampoco hay nadie. Ya no tiene tantos cartones que tirar, y pasa menos veces por delante de mi puerta con las cajas y su sempiterno pitillo.
Veo mucha gente con la angustia de no llegar a fin de mes.
Con cara de no dar crédito.

A mí me quedan 100 euros para acabar enero.
Aunque tengo el congelador lleno de cerdo y de pollo.
Esperemos que a los profesores no se les ocurra una excursión o un libro, que no se estropee la lavadora, que no se acabe el papel higiénico. Que mis hijos no tengan ninguna necesidad hasta febrero.
Recemos para que el jefe no vuelva a retrasarse con los sueldos.

Si no, tendré que ponerme un pasamontañas, coger un arma y atracar un banco en nombre de la difunta clase media.

Alto riesgo

por hijadecristalero
Publicado originalmente:3 enero 2008
Fotografía en contexto original: countrylanecrafts  


Se acabaron las vacaciones de Navidad.
Hoy regresé al trabajo.
Pensé que tendría un día tranquilo, pero no: ha sonado el teléfono cuatro veces y ha entrado un neurótico de esos que siempre van acompañados por su mujer, encargada de evitar que monte el espectáculo. Él es el policía malo y ella el bueno.

El neurótico/a entra siempre convencido de  tu única misión es robarle y engañarle, ni se le pasa por la cabeza que en la humanidad pueda haber alguien honrado. Por esa razón se documentan y hacen preguntas que ni un ingeniero sabría responder.

Con frecuencia suelen pedir cosas que la lógica, no sólo ventanil, sino la más básica, desaconseja. Y es entonces cuando has de convencerles de que les llevas la contraria por su bieeeeeeeen.

Tengo varios amigos así, sé cómo tratarlos.
Sobre todo, no hay que achantarse cuando te miran como diciendo: mira que estoy muy loco… Sólo hay que mirarles inequívocamente: pues anda, que yo…

– Yo soy muy raro- me ha dicho trepanándome con sus ojos barrena.
– Yo tengo 42 años y no conozco a nadie normal.

Su mujer le ha pedido que escuchara mis objeciones técnicas- y de sentido común- y media hora después llegábamos a un acuerdo sobre lo que quería y para qué.

Al fin un poco de emoción.

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