Escribir para comprender

Mes: agosto 2020 (Página 1 de 3)

Construyendo, 6

por artista desconocida
Publicado originalmente: 29dic08


Su hijo adolescente va pintando con el rodillo y ella va rematando tras él.
En un receso para fumar un cigarro, observa orgullosa a la sangre de su sangre.

Y piensa en lo importante que resulta en la vida de cualquiera conocer de cerca el trabajo duro. Mientras los amigos de su hijo estarán tirados en el sofá jugando a la Play, él está ahí, dando el callo para ayudar a su madre a que uno de sus proyectos vea la luz, sintiéndose importante en el entramado familiar, necesario, útil.
Hombre.

Mientras el chaval escurre el rodillo, ella le cuenta que su abuelo a su edad llevaba dos años subido a un andamio.

Piensa en lo mucho que ella ha peleado por sacar adelante a sus cachorros durante los últimos años, y toma el esfuerzo de su primogénito como un regalo de Navidad envuelto con primor de manos agradecidas.

Al chaval lo lastraba lo mismo que a todos los chicos de su generación: una monotonía muelle en la que sólo había que escribir una carta a los Reyes o hacer un mohín de disgusto para que todos sus deseos se vieran concedidos. Una vida sin sacrificios. Que es lo mismo que una vida sin premios. Sin lecciones de las que aprender a sobrevivir.

Pero en los últimos tiempos la realidad ha ido a visitarle con toda su crudeza. Ha entrado en la adolescencia sin abuelos y sin padre. Ella es quien tiene que enseñarle a encajar, esquivar y noquear. A cazar.

Él se vuelve y la mira sonriente:

– Parece que no, pero esto cansa ¿eh?
– Es una lección práctica …- contesta ella encogiéndose de hombros.
– Ya- contesta antes de que acabe la frase-. Como tú dices: forma parte del entrenamiento para la vida.

Construyendo, 5

por artistadesconocida
Publicada originalmente: 22dic08


Le duelen los riñones y decide hacer un alto para descansar y liarse un cigarrito.
Su primogénito ha estado ayudando por la mañana, le ha dado la tarde libre para que salga a divertirse un poco con los amigos; no quiere saturarle con lecciones prácticas de la vida.

Pensaba haber empezado hoy a pintar la trastienda, pero ahora que sólo le falta una estantería por desmontar, ahora que ya ha conseguido apilar todos los trastos en el centro de la habitación, descubre que las paredes están demasiado agujereadas para pintarlas sin más. Hará falta dar masilla. Suerte que tuvo la precaución de comprarla en la mañana. Imposible empezar hoy. Ya son las nueve de la noche, tardará un buen rato en tapar los agujeros y poner la cinta de carretero. Pintar es lo que menos tiempo lleva. Y está derrengada.

Es lógico que el local tuviera mal karma, se dice observando las paredes agujereadas hasta el dolor, la frialdad de las luces de neón, la falta de amor por el trabajo recogida bajo los disuasorios colores corporativos de la franquicia. Ninguno de los ocupantes anteriores amaba lo que hacía. Vamos a divertirnos mucho juntos, dice dejando el cigarro en el cenicero.

Y vuelve a la tarea, celebrando el haber trabajado siempre hombro con hombro con hombres y poder prever que, cuando se sueltan todos los tornillos de una estructura, ésta cae.

 

Construyendo, 4

Por artistadesconocida
Publicado originalmente: 17dic08
Fotograma de la película Cadena de favores


Talibana de sí misma, siempre ha hecho lo que su conciencia decía.
Es la única manera de aplacar la voz omnisciente que todo lo gobierna.
Seguir sus dictados le ha costado más de un problema con quienes sólo quieren lo mejor para ella. Ellos no saben que lo mejor es tener calladita a esa conciencia hiperactiva que nunca duerme.

Habrá quien diga que está sin blanca por su mala cabeza. Pero está sin blanca por culpa de su conciencia, se dice a sí misma mientras lía un cigarrillo en la trastienda de este maldito local, al que está empezando a coger cariño. Cuando miran juntos por el escaparate, siente que la abraza por detrás.

Quien hoy está arriba, mañana está abajo, y viceversa.
Demostrando sus teorías de que hay que seguir los dictados de la conciencia, ella ha caído, sí.
Pero las personas a las que ayudó sin esperar nada a cambio, están arriba.
Y desde allí le han tendido la mano.

Un new age diría que el universo te devuelve lo que das.
A ella sólo se le ocurre una palabra: gracias.

Apaga el cigarro, se deshace del abrazo, se arremanga y dice:
Menos samba e mais traballar.

Polinización

por mujerabasedebien
Publicado originalmente: 23 nov 08
Fotografía en contexto original: jardinesverticales


Me agrada su compañía porque es un hombre sabio.
La mayoría de la gente le toma por un loco, y él lo sabe.
La última vez que nos vimos, me confesó que sólo se atreve a hablar de determinadas cosas conmigo.

Entre sus amantes, debo ser la única que le escucha después del inmenso placer, la única que no le interrumpe mientras habla y habla y habla para aliviar la carga de su dolorosa lucidez, la única que recoge cada palabra para sembrarla allá donde haga falta.

Él vive hacia adentro, yo soy todo exterior.
Cuando llamo a su puerta,
sé que al fin podré callarme.

Construyendo, 3

por artistadesconocida
Publicado originalmente: 14dic08
Fotografía en contexto original:


Ha pasado toda la mañana trabajando como una mula.

Por la tarde ha tenido la feliz idea de decirle a su hijo de quince años que la acompañara a mover un par de cosas de peso. Aunque él había amenazado con estar allí sólo cinco minutos, cuando ha terminado de hacer lo que su madre le pedía, se ha puesto a terminar de desmontar las estanterías: tú ponte a rascar las pegatinas del escaparate, ha dicho con suficiencia masculina.

Tampoco para él debe ser fácil ayudar a desmontar lo que fue él último sueño de su padre. Pero también necesita dejar de apresurar el paso y mirar al frente cada vez que pasa por delante de este maldito lugar que no tiene nombre, sólo es “el local”. Quizá también para él resulte catártico construir una nueva ilusión sobre las ruinas, quemar las sábanas de los fantasmas.

Cuando se marcha, después de haber desmontado todo lo desmontable, su madre se queda un rato más. Le apetece estar sola, liarse un cigarro y fumar de espaldas al caos de tubos y tablas que hay a su espalda, mirando a la calle, como parte del escaparate. Porque eso es lo que va a ser cuando pinte el cierre de otro color.

De camino a casa- ocho minutos dando un paseo-, para en la plaza del pueblo a tomar una caña con un amigo, al que quiere hacer un par de consultas. Apenas veinte minutos.

Desde que ha decidido reabrir el local, pasa muchas horas en la cocina: mata la ansiedad y el miedo cocinando con amor, dedicando a cada plato el tiempo que merece. Pero hoy está tan cansada, que encendería el fuego y se quedaría toda la noche frente a él.

Entra en la cocina y pone música que, como el flautista de Hamelin, atrae a su hija de doce años.
Mami ¿te ayudo a hacer la cena? Ha dicho poniéndose el delantal. Tú siéntate y dime qué voy haciendo.

Guisantes con jamón y pescado a la romana.
Ya lo decía el abuelo: familia unida jamás será vencida.

Construyendo, 2

por artistadesconocida
Publicado originalmente: 13dic08
Fotografía en contexto original: homeli


Tiene una relación muy ambivalente con el local.
Es suyo.
Lo compró con dinero de su padre muerto para ayudar a su amor moribundo.
Y ahora, este ataúd es lo único que puede ayudar a que la economía familiar no termine de hundirse.

Aunque ella no cree en esas cosas, está de acuerdo con un amigo que ha dicho que tal vez el local precisa de algún ritual de magia blanca.
A los dos últimos ocupantes los busca la Guardia Civil.
Ambos se encontraron sin salida bajo el mismo nombre franquiciado, los mismos colores corporativos, la misma actividad.

Lo primero, lavar la cara al local, pintar la fachada, los marcos del escaparate, cambiar el cartel. Hacer olvidar a los demás que esas cuatro paredes han sido testigo de auténticos dramas humanos.
Olvidarlo ella misma.

Y lo primero de lo primero, deshacerse de esos horribles muebles modulares metálicos que invitan al suicidio colectivo, vaciar el espacio para poder pintar. Para crear un lugar en el que poder sentarse a charlar, a leer, a escribir… Un lugar que ofrezca refugio a mentes inquietas, a personas con ganas de seguir creciendo, de comprender.

Y, dicho y hecho, ha estado toda la mañana desmontando estanterías.

Sexo para mujeres

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 21nov08
Imagen en contexto original: wikiart


Mi amiga y yo hemos pasado dos horas y media al teléfono.
Mientras hablábamos, he salido por leña a la terraza, he echado más troncos al fuego, he visto como se convertían en brasas, me he puesto una copa y he liado varios cigarros.

Mi amiga tiene una situación vital lamentable que viene durando demasiado.
Su separación matrimonial es un drama de esos que, a poco que te descuides, acaban en violencia de género con cámaras de telediario, cadáver cubierto por una sábana en una camilla del Samur y vecinas diciendo que se veía venir.

La crisis ha barrido primero a todos los free-lance que a las empresas no les cuesta dinero despedir. Por supuesto, ella es free-lance, y la bendita hipoteca se ha convertido en la cadena perpetua que la ata de pies y manos.

Y tiene constantes problemas de salud.
Todo lo que puede ir a peor, va a peor, y la mala racha no acaba nunca.
Hoy se me ha ocurrido preguntarle: ¿cuánto tiempo hace que no echas un buen polvo?
Año y medio, ha contestado esgrimiendo su virtud como garantía de su buen juicio.

Muchas mujeres se creen que absteniéndose del sexo solucionan algo. Cuando lo único que hacen es aumentar los problemas, que se convierten en bobadas después de que el cuerpo ha recibido lo suyo.

Sal a echar un polvo.
Sal a que un hombre te toque, te llene de hombre, te haga sentir deseada.
Sal a que otras manos agradezcan tu piel y bendigan tu presencia.
Sal a entregarte y a que se te entreguen.
Sal a hacer feliz a alguien que está deseando hacerte feliz.
Estamos hechos para tocarnos.

Claro, se ha apresurado a responder, tú lo dices porque ahora mismo todavía te tiemblan las piernas.

Claro que es por eso ¿no te lo estoy diciendo?

Pero es que para acostarme yo necesito complicidad, un hombre que me conquiste por la oreja, un hombre que no me traiga problemas, ha dicho.

¿No te das cuenta de que pides el sol y la luna? Si le pides que te conquiste por la oreja, le estás pidiendo que establezca un vínculo, que se esfuerce como si quisiera conquistar tu amor. Pero que no te dé problemas, como si hubieras follado con un desconocido en un ascensor.

Señoras, seamos serias.
Que estamos acabando con los hombres, coño.

 

 

El porqué de todas las cosas

por mujerabasedebien
Publicado originalmente: 10 nov 08


Hay días en los que odia ese maldito cuerpo lleno de vida, y envidia a las mujeres de pelo blanco y manos sarmentosas, a las piedras y a los muertos.

Hay mañanas en las que el cuerpo se levanta pidiendo
guerra
guerra
guerra.
De nada sirve razonar con él y explicarle que no conviene, que es un jaleo, que… Antes de que haya terminado de hablar, el cuerpo, ese enemigo, lo habrá inundado todo de un olor inconfundible. Un olor que la acompañará cuando vaya a esa reunión, cuando discuta con el proveedor, cuando atienda al mensajero, cuando abra la puerta al tipo que viene a arreglar la lavadora, cuando se cruce con el vecino, cuando vaya a por el pan. Un olor que se filtrará por el teléfono, por el teclado del ordenador, por el tubo de escape del coche. Un olor que atraerá a los machos, que los hará revolotear: ahora me acerco, ahora me alejo, ahora vuelvo a acercarme, ahora vuelvo a alejarme, ahora me vuelvo a acercar…

No podrán resistirse al olor, no podrán quedarse quietecitos con la mirada baja.
Alfombrarán de claveles la Gran Vía, susurrarán las palabras más certeras para llegar al centro de su cerebro, esparcirán el deseo y se marcharán.
Porque despertar el deseo empieza a ser suficiente.
Y a ella comenzará a dolerle todo el sistema muscular, como a un yonqui privado de su dosis.

Se siente como cuando de niña le decían: el perro puede oler el miedo, no tengas miedo.
¿Cómo dejar de tener miedo?
¿Cómo dejar de ser una hembra?
¿Cómo apagar el rubor de las mejillas, la sonrisa de los labios?
¿Cómo velar el brillo de los ojos?
¿Cómo dejar de darles miedo?

Con un burka.

Reflexiones de tetrabrik

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 18 novi 2009
Fotografía en contexto original: razónyfuerza


En la caja del super, tres personas.
La cajera, colombiana.
Una servidora, española.
Y un tiarrón con cara de pocos amigos que aguarda a que yo acabe de pagar.

Es europeo, y lleva ropas tan baratas como las nuestras. Igualmente podría ser español, que alemán o rumano, su envergadura es el único rango distintivo que permite catalogarlo de alguna manera. Hasta que abre la boca para dejar salir un inequívoco acento de país del Este.

– ¿Tú sabes cómo acaba con crisis?

Yo ya estaba metiendo mis barras de pan y mi botella de whisky en la bolsa.

– ¿Qué?- hemos dicho la cajera y yo la vez
– ¿Tú sabes cómo acaba con crisis?- ha repetido.
Y antes de que pudiéramos responder, ha puesto un tetrabrik de vino sobre la cinta de la caja.
– 58 céntimos. Así acaba crisis. No quiero bolsa.

La cajera no ha contestado nada, ha pasado el tetrabrik por el código de barras y en la pantalla ha surgido, verde y redentor, el número 0.58. El hombre ha pagado con el dinero justo y, antes de marcharse, ha vuelto a hablarnos.

– Así acaba crisis. Pero dura poco.

Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Madres abnegadas

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 25 oct 2009
Fotografía en contexto original: pixy


A la madre se le supone la abnegación como al soldado el valor.
La abnegación se transmite de la abuela a la madre, de la madre a la hija, y de ésta a la nieta. Pero yo creo que las madres completamente abnegadas sólo crían hombres y mujeres débiles y dependientes. Y que la abnegación femenina nos ha llevado a ser mendigas, profesionales del rencor que mueren con la mano extendida esperando una limosna de agradecimiento que nunca llegará.

Cuando termino de comer, me levanto de la mesa sin quitar mi plato y me tumbo en el sofá. Mis hijos se encargan del resto.

Si mi abuela lo supiera, pondría el grito en el cielo.
Mi madre, que lo sabe, me dijo un día: «Pero qué cuajo tienes».
Y un amigo escritor que hasta hace poco no lo sabía, me dijo: «Joder, qué imagen más potente».

Mi abuela venía de un estrato tan humilde, que el matrimonio no la privó de trabajar en una época que sólo trabajaban las mujeres pobres y las locas; después se quedó viuda con cuatro hijos a los que gobernó con mano de hierro y por los que se sacrificó al máximo. Ningún hijo se le torció, pero tampoco ninguno puede recordar un momento en el que se haya reído con su madre.

La mía, que empezó a trabajar con mi padre cuando yo tenía catorce años, me pregunta “¿Cuándo me has visto tú a mí tumbada en el sofá? Yo me quedaba con vosotros recogiendo la cocina”. Ella nunca cargó con la responsabilidad de traer el dinero a casa, como cargo yo. Yo no tengo a quien decirle “acuérdate de que ahora hay que pagar el IBI”. Aunque ella trabajaba y fue pieza clave en el éxito de mi padre, la carga de la economía familiar recaía sobre los hombros de él. “No me compares contigo”, le digo, “compárame con papá”.

Los hombres de mi generación echan de menos los privilegios que sus padres sí disfrutaron: aquel respeto por el cazador, esas siestas en las que nadie podía hacer ruido, el mejor sillón frente a la tele…
Ahora que disfruto de parte de esas prebendas —todavía sigo cocinando yo—, no me extraña que los hombres echen de menos aquellos tiempos.

No hay nada como levantarte de la mesa sin quitar tu plato y tumbarte en el sofá.
No hay nada como ser el único cazador de la casa.
Y que tus hijos se rían de vez en cuando contigo.

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