Escribir para comprender

Mes: marzo 2021

Necesitámos mártires

por Marisol Oviaño

Al hilo de la publicación del libro No nos taparán, de Mimut Hamido Yahia, resubo este artículo, que publiqué en el desaparecido Proscritosblog el 26 de agosto de 2016.


Estoy rabiosamente en contra de la islamización de Europa.
También estoy rabiosamente de acuerdo con las palabras de Valls, Primer Ministro francés: “El ‘burkini’ no es una nueva gama de bañadores, ni una moda. Es la traducción de un proyecto político, de una contrasociedad, fundado en la esclavitud de la mujer”.(elPeriódico)

Y entiendo que algunos municipios de Francia, con los ataques que han sufrido últimamente, prohíban el burkini en las playas. Mi primera reacción fue aplaudir la medida: hoy sólo se ponen el burkini las mujeres musulmanas y dentro de unos años, cuando esas máquinas de parir hayan terminado su trabajo, habrán llenado Europa de hijos de Alá que formarán partidos políticos y ganarán las elecciones. Y no sólo por el tema demográfico: creo que no pocos hombres occidentales hartos del feminismo radical les votarán. Y entonces todas nos bañaremos con burkini por decreto ley.

Pero, después de documentarme y darle muchas vueltas al asunto, no sé si es buena idea prohibirlos. Aunque no tengo ninguna duda de que se trata de un símbolo de la opresión que sufren las mujeres por parte de una ideología que las considera la puerta del infierno (y a los hombres, dicho sea de paso, animales sin ningún control sobre sus instintos); tengo la sensación de que las que se ponen el burkini para ir a la playa son las “modernas”. Las otras, las más conservadoras, no van a la playa. O se meten en el agua cubiertas de pies a cabeza y aguantan con los ropones mojados y llenos de arena todo lo que haga falta.

El burka no pertenece a la tradición islámica, tal y como nos explica Aina Díaz en un magnífico artículo en Infolibre Y el burkini es un invento reciente. Fue diseñado en el 2003 por la australiana de origen libanés Aheda Zanetti . En una entrevista en El Español, dice que lo hizo para que su sobrina pudiera bañarse como las otras niñas, cuya religión desconocemos porque llevaban los mismos bañadores que las niñas católicas, protestantes, budistas, judías o ateas. . En otra entrevista en The Guardian que publica El Diario afirma que lo diseñó para que jugara al vóleibol, . En cualquier caso y a pesar de que Zanetti no está en contra del sometimiento de la mujer al hombre, creo que diseñó el burkini para que las mujeres musulmanas hicieran algo que hasta entonces no podían hacer.

Pero la diseñadora del burkini vive en Australia, un país donde las mujeres son libres de hacer lo que les dé la gana (siempre que no sean musulmanas).  ¿Opinan lo mismo las musulmanas que viven en países islámicos? En un artículo aparecido en El Mundo, varias de ellas aseguran que el burkini es una imposición, e incluso una que supervisa un internado de chicas, asegura: “estas chicas con ‘burkini’ intentan imponer su ley a las jóvenes que no portan el velo, ya que consideran a estas chicas como impías”.

No hace tantos años, cuando las “suecas” llegaban a las playas españolas, el reprimido Juanito español, se relamía con el espectáculo. Pero ponía el grito en el cielo si a su mujer se le ocurría comprarse un bañador que no tapara bien todos sus encantos. Porque la mujer española era “decente”. Y las “suecas”, unas putas. Imaginemos que Juanito español y su mujer hubieran emigrado a un país de “suecas” con buenas playas, Francia, por ejemplo. Y que la policía francesa hubiera multado a la española por llevar un bañador católicamente recatado en lugar de un bikini. ¿Qué habría dicho Juanito español? (ponedle voz de José Luis López Vázquez): “¿Lo ves cómo esto de venir a la playa sólo nos trae problemas? A partir de ahora sólo iremos de excursión al campo. ¡Campo, mucho campo!”.

Por eso, aunque el cuerpo me pide prohibir el burkini, el niqab y demás, no estoy segura de que multar a las mujeres que lo lleven sea lo más inteligente. Para empezar ellas, que ya son víctimas del machismo musulmán, ahora además lo son del enfrentamiento entre el radicalismo islámico y el laicismo occidental. Y después de la primera multa, probablemente el marido les prohibirá ir a la playa. ¿Es eso lo que perseguimos: que las mujeres musulmanas se queden en casa con la pata quebrada, vigilando que sus hijas perpetúen la sumisión?

Pero, por otra parte, no podemos ceder ni un milímetro en este asunto. De modo que se me ocurren soluciones más imaginativas. Si estuviera en mi mano legislar, pondría el foco en los hombres. Y cada vez que hubiera una mujer con burkini en la playa o con niqab en la calle, obligaría a toda su familia a asistir, hombres y mujeres por separado, a cursos bien largos sobre los derechos de la mujer, la igualdad de sexos en Europa y los metodos anticonceptivos.  Y a la familia que se negara a asistir al curso, le pondría una multa de miles de euros o, en caso de que estuvieran recibiendo ayudas del Estado, les retiraría las subvenciones. Y, si fueran extranjeros, los expulsaría del país.

A ellas les facilitaría el acceso a las obras de otras mujeres musulmanas que luchan por conseguir la igualdad (las hay). De este modo nos quedaría esperanza de que empezaran a pensar por sí mismas y a asociarse para alcanzar los mismos derechos que los hombres. Y eso sólo pueden hacerlo ellas: la libertad no puede ni regalarse ni imponerse.

Por supuesto, no soy ingenua y sé que lo tendrán muy difícil.  Como decía Inar de Solange en Seduciendo a dios: “…las mujeres han de librar su batalla entre las paredes de la casa familiar, y el enemigo a batir son sus ancestros, sus tradiciones, sus padres, sus familiares, su entorno. Su dios”. Nadie dijo que fuera fácil. Ninguna lucha por la libertad lo ha sido, a las mujeres occidentales nos ha costado sangre, sudor y lágrimas alcanzar la situación que tenemos ahora. Y ahora ni nosotras ni el Estado podemos luchar por las mujeres musulmanas. El Estado puede decretar leyes que las protejan de las exigencias del radicalismo islámico, y nosotras podemos apoyarlas en su lucha, pero son ellas quienes tienen que poner las mártires.

 

Entrenamiento del guerrero

por Marisol Oviaño
Poema del año 2014


Cuando te vienes abajo
y empiezas a pasar de todo,
a caminar encorvado
con la cabeza entre los hombros,
y a encajar los golpes
sin ofrecer ninguna resistencia,
te veo muerto.

Entonces cruzo el campo de batalla
con el kit de primeros auxilios del guerrero,
y aunque me duele más que a ti
te inyecto
RABIA
RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA.
Entonces
te levantas
y luchas.
Resucitas.

Cárcel mental

por Marisol Oviaño


El hombre que me habla vino  ayer a verme
como cuando era el hombre que me secuestra(ba):
con nocturnidad y alevosía.

Pero no venía a decirme
«sube al coche»,
hace muchos años que no jugamos a que me dejo secuestrar.

Venía buscando un sparring, alguien con experiencia en aguantar y embridar esa rabia difusa que siempre le ha consumido… y que el aislamiento de la pandemia ha agravado. Especialmente desde que, hace un año, sus ancianos padres huyeron de la capital y se  instalaron con él, que siempre ha vivido de prestado en el chalet familiar.

De modo que, a pesar de que el hombre que me habla reside en su cuarto de adolescente, a pesar de que sigue siendo un tipo atractivo, elegante y con mucha clase, ahora es un viejo que vive con viejos. Sus padres gastan la poca vida que les queda viendo la televisión, devorando horas y horas de noticias sobre la covid-19, y se encierran en la habitación, aterrados, las dos veces a la semana que pasa por allí la asistenta.

Mi amigo, que ha huido siempre del compromiso porque quería ser independiente, que se revolvía en la silla cuando  yo le recordaba que, tarde o temprano, todos tendremos que cuidar de alguien o necesitar que nos cuiden, estaba ayer sentado frente a mí. Con el volquete de rabia preparado para descargar.

Hubo una época en las que nos veíamos varios días a la semana, porque conmigo se relajaba y lo pasábamos muy bien. Él pasaba por la trinchera proscrita para secuestrarme, y yo me subía a su coche sin saber a dónde íbamos: ¡era tan agradable ser sólo una pasajera y no tener que tomar decisiones!

Nos conocemos muy bien y sabe que puede venir a hablar conmigo cuando quiera.
Pero este interminable tiempo de restricciones han hecho mella en él, y ayer la conversación derivó demasiado pronto a lo delirante, a lo minúsculo, al árbol que no deja ver el bosque. A la ira del príncipe que se duele del guisante bajo los colchones.

Habríamos necesitado mucho tiempo para aflojar sus tuercas, y no lo teníamos: eran casi las nueve de la noche, sólo faltaban dos horas para el toque de queda y hacía demasiado frío para sentarse en una terraza.  Cuando él se dio cuenta de lo tarde que era y empezó a irse, sin acabar de marcharse, no le pregunté si quería ir a tomar algo.

Tal vez, si el lunes —odia salir los fines de semana— hace sol,  le llame para ver si quiere que nos sentemos en una terraza. Ayer no le eché un cable porque me siento incapaz de ejercer de amiga sin el calorcito del aperitivo.

Aunque no sé si serviría de algo llamarle: jamás acepta planes, tiene que proponerlos él.
Y, aun en el caso de que consintiera, todavía tendríamos que encontrar una terraza en la que sus muchísimas manías nos permitieran sentarnos.

La última vez que intentamos tomar algo juntos, fuimos a más de seis bares que habíamos frecuentado hacía años. Pero en uno no le gustaba la pinta de las aceitunas, en otro había un cliente con una corbata muy fea, en aquel le molestaba la voz del camarero… Yo me limitaba a sonreír, compadeciéndome de la cárcel mental en la que vive.

Al final, cogimos el coche y nos fuimos a otro pueblo, donde encontramos un lugar que pasó su examen. O tal vez ya le dio vergüenza volver a cambiar, vaya usted a saber.
Y cuando, al fin, estábamos sentados mirando la carta, mi hijo llamó para decir que mi hija se había desmayado.
Tuvimos que salir pitando sin haber tomado nada.

Así que tal vez nos veamos y tal vez no.
Nuestra relación nunca ha dependido de mí.

El calor de la amistad

por Marisol Oviaño


Ayer, durante la sobremesa, el hombre en la sombra se levantó y me abrazó por detrás con precaución covidiana.

—Toda una vida, Marisol —dijo emocionado—. Llevamos toda una vida juntos.

Han pasado muchas cosas durante estos tres meses en los que, a pesar de que hablamos prácticamente a diario, no nos hemos podido ver. Primero él se fue a pasar la Navidad con la familia a su tierra, después hizo una gira profesional por toda su comunidad y, cuando volvió, confinaron mi pueblo.

El fin de semana pasado habíamos quedado, por fin, para comer.
Pero ingresaron de urgencia a su hermano pequeño —también amigo mío—, con lo que en principio parecía un ictus. Fue una semana muy dura. El hospitalizado y yo ahora nos vemos de Pascuas a Ramos,  siempre de casualidad y en casa de el hombre en el sombra. Pero, gracias a nuestra conexión artística, hubo una época en la que pasábamos largas horas hablando por Messenger a diario. Y, en el ámbito más personal, se atrevió a unirse a nuestra caravana española en México cuando huíamos del caos. Tiene un papel muy relevante en la biografía de nuestra familia; mis hijos y yo le queremos mucho. A él y a mí nos une ese tipo de amor que puede volver a florecer en cualquier momento.

Un amor que no tiene nada que ver por el que siento por su hermano.
El hombre en la sombra y yo nos queremos de manera activa: hablamos por trabajo casi a diario, intercambiamos muchos guasaps y todas las semanas encontramos un rato para charlar tranquilamente. Antes de la pandemia, comíamos juntos una vez al mes, a veces dos. Tras tres meses de vínculo exclusivamente telefónico, estábamos deseando vernos.

Por suerte, tras una semana ingresado, al convaleciente lo mandaron para casa  sin secuelas (aunque todavía siguen haciéndole pruebas). Y, como el peligro parecía haber pasado,   el hombre en la sombra y yo  habíamos quedado ayer para vernos relajadamente.

Pero cuando estaba a punto de salir con mis zapatillas a dar el facultativo paseo de primera hora de la mañana, me sonó una alarma en el móvil. Alguien con miles de seguidores había retuiteado un artículo que me acababan de publicar casi por sorpresa en Voz Pópuli   .  Después de todos los años que  el hombre en la sombra llevaba diciéndome que debería probar a publicar en otro medio, la realidad, al fin, venía a darle la razón.

Sólo él y yo sabemos cuántos años llevamos trabajando juntos, codo con codo.
Yo extendiendo mis fabulosos planes sobre la mesa, él bajándome a tierra.
Yo creo en él y él cree en mí, confiamos el uno en el otro.
Y, además, nos reímos mucho.
Nos queremos.

Tenemos una de esas maravillosas y raras relaciones en las que los amigos crecen juntos y nunca dejan de enriquecerse el uno al otro, a pesar de sus diferencias.  Hemos sido compañeros de trabajo, jefe el uno del otro, socios… Nos conocemos desde todos los puntos de vista. Y llevamos tanto tiempo levantando castillos en el aire, que hace años que abordamos mis ideítas con mucha modestia.

Pero ayer no me frenó, al contrario, me dijo: “Pisa el acelerador. Dale prioridad absoluta”.
Y aquí, estoy, a punto de derribar los muros de Jericó con mis trompetas.
Apoyándome en su fe en mí.

(Él y sólo él sabe la razón de la fotografía que ilustra este artículo)

© 2021 Marisol Oviaño

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