por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 18jun09


Ayer pasamos un buen rato sentadas en la terraza, en silencio.
Yo fumando con los pies encima de la mesa y mirando los árboles, fingiendo que no reparaba en su presencia de cachorrito culpable. Ella sentada en la silla de al lado, mohína y llena de rabia.

Educar a los hijos no es fácil.
Educar a una niña que ha sido abandonada por su padre, es una guerra de desgaste.
Supongo que si él se hubiera marchado cuando vivíamos los cuatro juntos, las cosas serían más fáciles para ella: podría echarme toda la culpa a mí. Pero su padre y yo llevábamos tiempo separados cuando él dejó de llamarles.

Ayer, en la terraza, la niña abandonada trataba en vano de ganarme un pulso.
Le encanta saltarse las normas, pero luego no quiere apechugar con las consecuencias. Si el profesor me escribe una notita, la culpa siempre es de un compañero; si la suspenden la culpa es del profesor, si la castigo, la culpa es mía que soy muy mala. Especialista en echar balones fuera, siempre encuentra a quien acusar de sus errores.
Llevaba días saltándose a la torera un castigo que le había puesto por malas notas. Una vez más estaba desafiando mi autoridad y perdiendo, de paso, mi confianza. Y decidí darle una buena lección.

Aunque ya la había pagado, la castigué sin ir a la excursión de fin de curso. Y ella estaba dispuesta a cualquier cosa para hacerme cambiar de idea: ponerse zalamera, cubrirme de besos, llorar, gritar que su vida es una mierda y que se quiere morir, encerrarse en su cuarto de un portazo, asegurarme que me odia… Nada de eso había funcionado. Sentarse en silencio a mi lado en la terraza era sólo otra manera más de decirme: ¡eh, que estoy aquí!

Me partía el alma castigarla sin ir a la excursión de fin de curso, hacía días que no hablaba de otra cosa. Pero en ocasiones hay que ser impermeable a los chantajes emocionales. Hay que guardarse la pena donde los hijos no puedan verla y ponerse la careta de verdugo insobornable. Por su propio bien.

Me levanté para hacer la cena y me siguió a la cocina.

– ¿Has visto qué bien he recogido hoy todo? ¡Si hasta las pilas brillan!
– Sí, hoy has recogido de maravilla- admití.
– Entonces ¿me vas a dejar ir a la excursión?
– No.

Por supuesto, se encerró a llorar y lamentarse de su suerte en su cuarto. Cuando consideré que ya debía haberse desahogado, entré a hablar con ella y se acurrucó entre mis brazos.

– Pues si me quieres tanto, levántame el castigo.
– Pero si precisamente te castigo porque te quiero mucho. Si no te quisiera, te dejaría hacer lo que te diera la gana y no te castigaría nunca. Tienes que aprender que lo que hacemos tiene consecuencias. Tenías prohibida la consola por malas notas y la has estado cogiendo a mis espaldas. La consecuencia de lo que has hecho es que te has quedado sin ir a la excursión.

Le di las buenas noches y todavía lloró un ratillo más.
Esta mañana se levantó con idea de hacerme sentir culpable, pero le hice reír a la primera de cambio y, cuando me marché a trabajar me dio un beso de niña buena.
Como diría mi madre, nadie se ha muerto nunca por no ir a una excursión de fin de curso.