Escribir para comprender

Categoría: Amor

Todo sobre el amor

El calor de la amistad

por Marisol Oviaño


Ayer, durante la sobremesa, el hombre en la sombra se levantó y me abrazó por detrás con precaución covidiana.

—Toda una vida, Marisol —dijo emocionado—. Llevamos toda una vida juntos.

Han pasado muchas cosas durante estos tres meses en los que, a pesar de que hablamos prácticamente a diario, no nos hemos podido ver. Primero él se fue a pasar la Navidad con la familia a su tierra, después hizo una gira profesional por toda su comunidad y, cuando volvió, confinaron mi pueblo.

El fin de semana pasado habíamos quedado, por fin, para comer.
Pero ingresaron de urgencia a su hermano pequeño —también amigo mío—, con lo que en principio parecía un ictus. Fue una semana muy dura. El hospitalizado y yo ahora nos vemos de Pascuas a Ramos,  siempre de casualidad y en casa de el hombre en el sombra. Pero, gracias a nuestra conexión artística, hubo una época en la que pasábamos largas horas hablando por Messenger a diario. Y, en el ámbito más personal, se atrevió a unirse a nuestra caravana española en México cuando huíamos del caos. Tiene un papel muy relevante en la biografía de nuestra familia; mis hijos y yo le queremos mucho. A él y a mí nos une ese tipo de amor que puede volver a florecer en cualquier momento.

Un amor que no tiene nada que ver por el que siento por su hermano.
El hombre en la sombra y yo nos queremos de manera activa: hablamos por trabajo casi a diario, intercambiamos muchos guasaps y todas las semanas encontramos un rato para charlar tranquilamente. Antes de la pandemia, comíamos juntos una vez al mes, a veces dos. Tras tres meses de vínculo exclusivamente telefónico, estábamos deseando vernos.

Por suerte, tras una semana ingresado, al convaleciente lo mandaron para casa  sin secuelas (aunque todavía siguen haciéndole pruebas). Y, como el peligro parecía haber pasado,   el hombre en la sombra y yo  habíamos quedado ayer para vernos relajadamente.

Pero cuando estaba a punto de salir con mis zapatillas a dar el facultativo paseo de primera hora de la mañana, me sonó una alarma en el móvil. Alguien con miles de seguidores había retuiteado un artículo que me acababan de publicar casi por sorpresa en Voz Pópuli   .  Después de todos los años que  el hombre en la sombra llevaba diciéndome que debería probar a publicar en otro medio, la realidad, al fin, venía a darle la razón.

Sólo él y yo sabemos cuántos años llevamos trabajando juntos, codo con codo.
Yo extendiendo mis fabulosos planes sobre la mesa, él bajándome a tierra.
Yo creo en él y él cree en mí, confiamos el uno en el otro.
Y, además, nos reímos mucho.
Nos queremos.

Tenemos una de esas maravillosas y raras relaciones en las que los amigos crecen juntos y nunca dejan de enriquecerse el uno al otro, a pesar de sus diferencias.  Hemos sido compañeros de trabajo, jefe el uno del otro, socios… Nos conocemos desde todos los puntos de vista. Y llevamos tanto tiempo levantando castillos en el aire, que hace años que abordamos mis ideítas con mucha modestia.

Pero ayer no me frenó, al contrario, me dijo: “Pisa el acelerador. Dale prioridad absoluta”.
Y aquí, estoy, a punto de derribar los muros de Jericó con mis trompetas.
Apoyándome en su fe en mí.

(Él y sólo él sabe la razón de la fotografía que ilustra este artículo)

Escribiendo al pasado

por Marisol Oviaño
(Para Uveuve)
Publicado originalmente: 15ago17
Imagen en contexto original es.quora


Él está tumbado en su jardín, mirando las estrellas.
Se fumaría un cigarro,
pero lo dejó hace años.
De buena gana se pondría una copa,
pero los médicos le tienen prohibido el alcohol.
Y su mujer reserva el sexo
para los días especiales.
De modo que sigue tumbado en su jardín, mirando las estrellas.
Echando de menos la juventud,
cuando lo mejor estaba por venir.

Pero lo mejor quedó hace mucho tiempo atrás. Y es hacia allí a dónde mira cuando contempla el firmamento. Le han quitado todo: el tabaco, el alcohol, el sexo, la emoción… pero hay una droga que no podrán quitarle: el pasado.
Y, a pesar de la hora, siente la necesidad de ponerle un WhatsApp.

****************

Bip,bip.
Ella acaba de encender el ordenador para sentarse a pasar la vida a limpio.
“Escribir” es el verbo que la resume desde que tenía siete años. Si no fuera por sus dos hijos, la literatura sería la única razón de su existencia.

Mientras espera a que el ordenador cargue, coge el móvil para leer el mensaje que acaba de llegarle. Y cuando ve el nombre que late en la pantalla de su móvil, sonríe agradecida; como cuando los hombres le decían sonriendo: ay, qué peligro tienes.

Pero de eso hace treinta años, y ahora es completamente inofensiva. Por la calle los niños se dirigen a ella como señora, los adolescentes le calibran las tetas con la mirada obligados por la biología, y para los hombres de su edad ya no es una mujer. Sólo algunos jubilados, quizá por las cataratas, posan sobre ella ojos de domador.
Ya nadie la hace sonreír, tal vez por eso esté perdiendo la alegría.

Pero eso él no lo sabe.
Tampoco importa, porque no es a la mujer cincuentona a quien él escribe, sino a su antigua novia de la juventud. A aquella apasionada chavala de belleza exótica que, con el paso del tiempo, ha ascendido en su olimpo personal al trono de diosa del sexo.

****************

No es la primera vez que él la escribe.
Empezó  hace siete u ocho  años con un inocente WhatsApp. Llegaron a estar tan enganchados a aquellos mensajes, que no les quedó más remedio que volver a verse. Abrieron un paréntesis en sus vidas y él hizo cien kilómetros y pasó a buscarla para llevarla a una habitación de hotel, a la que subieron abrazados. Sus cuerpos se reconocieron como si sólo juntos estuvieran completos. Durante un puñado de horas se lo hicieron y se lo contaron todo, como si fueran novios a los que una fuerza mayor hubiera separado veinticinco años antes.

En realidad fue él quien la había dejado a ella. Pero eso carecía de importancia, si no hubiera sido él, habría sido ella; su noviazgo habría terminado abruptamente tarde o temprano. Funcionaban como máquinas de precisión en la cama, pero fuera de ella chocaban sistemáticamente y ambos sufrían.

Tal vez por eso aquel encuentro prohibido fue delicioso. Y tras convertir la fantasía en realidad, cerraron paréntesis y cada uno regresó a su mundo.

********************

Quizás él había esperado que aquella experiencia  actuase como vacuna, pero no había surgido efecto. Se sorprendía a cualquier hora del día pensando en ella, empalmándose mientras le devoraban los remordimientos de conciencia. Yo no soy un hombre infiel, no soy de esos que le ponen los cuernos a su mujer, le escribió sabiendo que ella entendería la lucha que estaba manteniendo consigo mismo.

Y ella la entendía: es imposible estar en dos sitios al mismo tiempo.
Hablas conmigo más de tres horas todos los días. ¿De verdad crees que le eres fiel a tu mujer?
Ella no tenía ningún conflicto, era libre y quería seguir siéndolo. Había disfrutado con el reencuentro y le habría encantado repetir ; habría sido estupendo poder contar con unos brazos en los que refugiarse de tarde en tarde, pero no añoraba el pasado ni renegaba de la libertad. No necesitaba más emociones, su vida ya era lo suficientemente intensa.

Un mes más tarde, comprendió que aquellas largas conversaciones en las que él siempre acababa intentando tener sexo telefónico que ella no necesitaba podían durar toda la vida. De modo que empezó a mostrarse menos receptiva y más ocupada, sin tiempo para hablar. Los mensajes empezaron a distanciarse mucho. Días, semanas, meses.

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Ambos sabían que, por mucho tiempo que pasase, si uno enviaba un Hola el otro, tal vez no de manera inmediata, contestaría: Hola. Él rompió un silencio de muchos meses para contarle que había empezado a acostarse con otras mujeres que vivían cerca de su casa, amas de casa aburridas. Mujeres tan casadas como él. Hum, creo que te he devuelto la autoestima, dijo ella. Después estuvieron casi un año sin hablar, y ella, preocupada por su silencio y su salud, le envió un mensaje para preguntarle qué tal. Él le contó entonces todos los límites que se estaba saltando.

Hará un año y medio de su última conversación.
Entonces parecía que él había vuelto al redil del buen marido.
Y ella abre el mensaje que él le ha enviado cuando estaba mirando las estrellas:

No se muy bien el motivo, pero llevo todo el santísimo día pensando en ti.
Buenas noches y perdona por la hora pero te lo tenia que decir.

Qué necesitamos las mujeres (junio 2007)

por mujerabasedebien

Las mujeres necesitamos sentirnos llenas de hombre.
Al menos, las mujeres-mujeres, las que no queremos que los hombres usen nuestra crema de depilar.

No hablo de esas que se matan a hacer cosas raras en el gimnasio, no dejan pasar una cana, tienen los kilos a raya, se compran lencería fina, se gastan una pasta en ropa, cremas, peluquería, maquillajes, perfumes, zapatos, bolsos… y acaban su jornada como mujer justo cuando ponen la cabeza sobre la almohada, agotadas de haber parecido perfectas todo el día.

Las mujeres no queremos sólo preliminares, besitos, mimos, caricias ¡masajes! (¿cómo es que ahora todos sabéis dar masajes?). Necesitamos, además, sentirnos pe-ne-tra-das. Ni el mejor modelito hecho a medida te hace sentir tan atractiva como un hombre enarbolado, desesperado por estar dentro de ti. Ninguna sesión de bronceado o peeling favorece tanto como ese brillo de ojos, ese arrebol en las mejillas después de un orgasmo, esa sonrisa con la que iluminarás cada estancia en la que entres.

En realidad, todo es muy sencillo: si tú te vuelves loco de deseo por mí, si tú haces que me sienta la mujer más atractiva de la tierra, yo sólo tendré un objetivo: hacerte feliz. Las mujeres nacemos con un instinto de entrega que no tendría por qué desaparecer en la cama.

Si tú haces que me sienta mujer, yo haré que te sientas muy hombre.
Pues esto, que parece tan fácil, es una movida que no arreglan las religiones, las democracias, las asociaciones de vecinos ni los reality de la tele.

© 2021 Marisol Oviaño

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