Escribir para comprender

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diario de una dependienta de una tienda de ventanas

Reflexiones de tetrabrik

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 18 novi 2009
Fotografía en contexto original: razónyfuerza


En la caja del super, tres personas.
La cajera, colombiana.
Una servidora, española.
Y un tiarrón con cara de pocos amigos que aguarda a que yo acabe de pagar.

Es europeo, y lleva ropas tan baratas como las nuestras. Igualmente podría ser español, que alemán o rumano, su envergadura es el único rango distintivo que permite catalogarlo de alguna manera. Hasta que abre la boca para dejar salir un inequívoco acento de país del Este.

– ¿Tú sabes cómo acaba con crisis?

Yo ya estaba metiendo mis barras de pan y mi botella de whisky en la bolsa.

– ¿Qué?- hemos dicho la cajera y yo la vez
– ¿Tú sabes cómo acaba con crisis?- ha repetido.
Y antes de que pudiéramos responder, ha puesto un tetrabrik de vino sobre la cinta de la caja.
– 58 céntimos. Así acaba crisis. No quiero bolsa.

La cajera no ha contestado nada, ha pasado el tetrabrik por el código de barras y en la pantalla ha surgido, verde y redentor, el número 0.58. El hombre ha pagado con el dinero justo y, antes de marcharse, ha vuelto a hablarnos.

– Así acaba crisis. Pero dura poco.

Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

La felicidad de las pequeñas cosas

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 
18 mayo 2008


El domingo es mi único día libre.
Los sábados por la mañana trabajo. Ayer por la tarde estuve planchando.
Hoy ha amanecido gris: mal día para poner lavadoras. Igualmente hemos cambiado las sábanas y hemos vuelto a llenar el cesto de la ropa sucia. Ahora mismo llueve con violencia y mientras pongo un poco de orden en el caos del salón-comedor-despacho, me siento muy afortunada por tener salud para trabajar y poder dar a mis hijos un techo bajo el que cobijarse de la lluvia y el frío.

Entre los niños y yo hemos recogido someramente la casa y he terminado de preparar un cocidito madrileño que compartiremos con parte de la familia.
Ahora mismo estoy tomándome una cerveza mientras espero que lleguen mis sobrinillas con su bullicio y su olor de feliz infancia, y me relamo pensando en la comida y la charla de la sobremesa.
Llaman al timbre: son ellos.

Disfrutando hasta el final

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 15 abril 2008
Fotografía de Tama66 en pixabay


Si tuviera que reducir la realidad a lo que veo desde la tienda durante siete horas y media al día, diría que vivo en un mundo de viejos, animales de costumbres donde los haya.

Las señoras salen con carrito o bolsa como si realmente tuvieran que comprar todos y cada uno de los días. Los hombres pasean o hacen recados. Hay uno que llueva, truene, haga frío o calor, sale a dar una vuelta a la manzana con su andador. Otro que invariablemente entra en el bar a comprar el pan y deja al perro atado a la puerta. (Los perros son tontos: lloran cada vez que los amos los atan para entrar en algún comercio y se vuelven locos de alegría cuando salen).

Mi viejo favorito también tiene su rutina: andar.
Es alto y encorvado, como si su esqueleto se hubiera jubilado antes que él, probablemente sea calvo: siempre lleva sombrero.
Y tiene cara de chiste.
Él, además, lo sabe: cada vez que me ve fumando un cigarro en la puerta, alza las cejas― lo que le da un aire todavía más chistoso― como si me dijera “¿Has visto?¡Sigo vivo!”, pero se limita a llevarse la mano al sombrero, sonreír con picardía y saludar : “Hola, buenos días”.

Me pregunto cuántos años lleva andando para seguir vivo.
Tiene más de ochenta.
Los días festivos me lo encuentro por los más inesperados rincones del pueblo, y siempre parece muy feliz de verme fuera de nuestro hábitat natural, se lleva la mano al sombrero con más alegría si cabe.

Por las tardes siempre sale de paseo con su mujer. Ella jamás me saluda, pasa muy tiesecita a mi lado, del bracete de su marido. Ni siquiera se digna volverse a mirarme cuando él me dice “Hola, buenas tardes”, como si yo sólo fuera la alucinación de un viejo chocho. Yo no la distinguiría de otras si la viera en la calle sin él.
¿Tendrá celos?
El viejecito y yo tenemos una aventura en la que ella no participa: él forma parte de mi rutina y yo formo parte de la suya. Nos alegramos el día el uno al otro desde hace varios meses.

Y el otro día pensé que, si él muriera, a ella jamás se le pasaría por la cabeza decírmelo.

Mi niña se aburre

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 10 febrero 2008


Sábado por la tarde.
Me hago vieja.
Sólo quiero tirarme en un sofá y leer.
O sentarme al sol que entra por la ventana frente al ordenador y escribir. No pensar en nadie ni en nada.
Mi hijo mayor se va a buscar a un amigo, pista libre.
Pero mi hija, como cada sábado, me pregunta ¿qué vamos a hacer?

Tiene 12 años.
No hace ni cuatro horas que he cerrado la tienda.
Ella cree que los padres perfectos son aquellos que siempre tienen planes excitantes. Pero eso son los padres de los anuncios del siglo XXI. Y yo no me parezco nada a esas mujeres que viven en cocinas que dan a la piscina que hay al fondo del jardín, ni a esas ejecutivas que acaban de dejar un Mercedes en el garaje para correr a abrazar a su chiquitina con un kinder bueno en la mano.

Yo me parezco más a mi abuela, que se quedó viuda con 4 hijos y se ganaba la vida limpiando oficinas. Trabajo 13 horas al día, me acuesto pensando en el dinero y me levanto pensando en el dinero. Dedico gran parte de tiempo a trampear para sobrevivir.

En la época de mi abuela, si había apuros en la casa, los hijos se ponían a trabajar para colaborar en la economía familiar.
Ahora parece que estamos educando a nuestros hijos para que vivan en la irrealidad, en un mundo en el que las contrariedades y los problemas no existen, en el que todo está garantizado. Estado del Bienestar, lo llaman.

―¿Qué hacemos hoy?― vuelve a repetirme mi hija.
―Tú, por lo pronto, recoger tu cuarto y bajarte a la calle. Y si no hay ningún amigo, te pones los patines o te coges la bici y das vueltas por ahí, como hacía yo a tu edad― contesto desabrida.


Obedece de mala gana y, según cierra la puerta, me atacan los remordimientos de conciencia.
Eso es algo con lo que los hombres no nacen. A un padre no le remordería la conciencia por mandar a un hijo a jugar la calle. A una madre trabajadora sí: en el acto te pones a pensar cuánto tiempo le has dedicado esta semana a tu pequeña.

Y, reconcomida por la culpa, me asomo a la ventana para proponerle algún plan.

Está sentada, con los patines. Aburrida. Sola.


―¿Quieres que hagamos algo? ―le digo.


Levanta la cabeza buscándome y me sonríe. Pero en ese momento llega un coche. Nuestras vecinas, sus amigas. Que se bajan corriendo para saludarla.
En el acto se olvida de mí.
Ahora, mientras escribo estas líneas, por fin sola y a mi bola, la oigo jugar feliz con ellas bajo mi ventana.

Ella está feliz y yo también.
Incluso sin huevo kinder

Sobrevivir a enero

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 23 enero 2008
Fotografía en contexto original: hometalk


La cuesta de enero se respira en el ambiente.
Los supermercados y las tiendas están vacíos.
En el bar en el que trabaja el hombre más triste del mundo tampoco hay nadie. Ya no tiene tantos cartones que tirar, y pasa menos veces por delante de mi puerta con las cajas y su sempiterno pitillo.
Veo mucha gente con la angustia de no llegar a fin de mes.
Con cara de no dar crédito.

A mí me quedan 100 euros para acabar enero.
Aunque tengo el congelador lleno de cerdo y de pollo.
Esperemos que a los profesores no se les ocurra una excursión o un libro, que no se estropee la lavadora, que no se acabe el papel higiénico. Que mis hijos no tengan ninguna necesidad hasta febrero.
Recemos para que el jefe no vuelva a retrasarse con los sueldos.

Si no, tendré que ponerme un pasamontañas, coger un arma y atracar un banco en nombre de la difunta clase media.

Alto riesgo

por hijadecristalero
Publicado originalmente:3 enero 2008
Fotografía en contexto original: countrylanecrafts  


Se acabaron las vacaciones de Navidad.
Hoy regresé al trabajo.
Pensé que tendría un día tranquilo, pero no: ha sonado el teléfono cuatro veces y ha entrado un neurótico de esos que siempre van acompañados por su mujer, encargada de evitar que monte el espectáculo. Él es el policía malo y ella el bueno.

El neurótico/a entra siempre convencido de  tu única misión es robarle y engañarle, ni se le pasa por la cabeza que en la humanidad pueda haber alguien honrado. Por esa razón se documentan y hacen preguntas que ni un ingeniero sabría responder.

Con frecuencia suelen pedir cosas que la lógica, no sólo ventanil, sino la más básica, desaconseja. Y es entonces cuando has de convencerles de que les llevas la contraria por su bieeeeeeeen.

Tengo varios amigos así, sé cómo tratarlos.
Sobre todo, no hay que achantarse cuando te miran como diciendo: mira que estoy muy loco… Sólo hay que mirarles inequívocamente: pues anda, que yo…

– Yo soy muy raro- me ha dicho trepanándome con sus ojos barrena.
– Yo tengo 42 años y no conozco a nadie normal.

Su mujer le ha pedido que escuchara mis objeciones técnicas- y de sentido común- y media hora después llegábamos a un acuerdo sobre lo que quería y para qué.

Al fin un poco de emoción.

Dinero y virilidad

por hijadecristalero
Publicado originalmente: 21 diciembre 2007
Fotografía en contexto original: gsfma


Estoy sustituyendo por las tardes a una compañera en la tienda del polígono industrial.

Hoy el jefe ha venido de buen humor. Le acompañaba uno de los obreros rumanos cuyo nombre no conozco, no le había visto antes. Siempre hacen las cuentas aquí, por mi tienda no pasan casi nunca, yo sólo trato con señoritos y señoronas —gente de mi antigua clase social— y rara vez coincido con quienes instalan las ventanas que yo vendo. Pero supongo que podría considerarse que somos compañeros.

El de hoy se parece a un actor de esos que sólo saben poner cara de mala leche y repartir hostias, aunque él tiene una sonrisa agradable y no puedo obviar que está cuadrado, muy fuerte. El clásico tipo al que seguro que le da morbo una tía con gafas y libro.

En Navidad nadie quiere hacer obras y los chicos —así los llamamos aquí. En la empresa de mi padre eran los hombres— se cogen vacaciones. El jefe y el operario se han ido a una mesa que está más o menos a salvo de miradas indiscretas, y el jefe se ha sentado de espaldas a mí para que no vea el trasiego de billetes. Pero yo he estado atenta a todo: los dos estaban demasiado concentrados en las cuentas para fijarse en mí. Me gustaba cómo hablaba el jefe y cómo llevaba el tema, me gustaban mucho los muslos de mi compañero proletario y su gran caja torácica. Pero más me gustaba su cara de hombre que está hablando de lo que ha ganado partiéndose el lomo, su mirada segura de sí misma.
Qué dignidad. Qué hombría.

Ha contado el dinero, se lo ha guardado en la cartera, se la ha metido en el bolsillo trasero del pantalón y se ha despedido del jefe y de una servidora.
Le hemos deseado Feliz Navidad y felices vacaciones.
Y, mientras salía, me he quedado admirando su rabioso culo.

El cura

por hijadecristalero
Publicado en MARZO  2008
Fotografía en contexto original: static


El cura siempre va vestido de negro.
Camisa negra.
Alzacuellos blanco.
Pantalón negro.
Zapatos negros.
Calcetines negros.
Jersey negro.
Chaqueta negra.
Barba negra.
Pelo negro.
Gafas negras.

Y una mochilita de colegial blanca y azul, que se cuelga de un solo hombro cuando camina: grandes zancadas, la mirada clavada en el suelo y la cabeza haciendo sombra sobre los pies. Es alto, fuerte, no tendrá muchos más de cuarenta. Es un hombre que huye de algo. Probablemente de sí mismo.

Parece un misionero contaminado de revolución de los pobres al que sus superiores hubieran mandado a este pueblo de ricos para meterlo en vereda. Para que no olvide que es un soldado de Cristo. Para que aprenda a tragarse el orgullo y la vanidad, para que entienda por qué forma parte de un ejército que gobierna gran parte del mundo desde hace más de 2000 años.
Para que recuerde el sentido de la palabra obediencia.

¿Cómo puede saber esto una simple auxiliar de dependienta?
Porque también yo soy un soldado, un misionero en un pueblo de ricos.
Estoy en la tienda de ventanas, leyendo a Pessoa, por orden expresa de la Comandante del Ejército del Futuro, Inar de Solange.
Que sólo desea que dé lo mejor de mí.

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