Escribir para comprender

Categoría: Familia (Página 1 de 2)

La familia es el único bar que está abierto toda la noche

Zozobras maternas

por Marisol Oviaño


Sólo hay una cosa que me dé miedo: que mis hijos murieran antes que yo.

Ambos estuvieron al borde de la muerte cuando eran pequeños.
La benjamina, por una malformación aneurismática en el cerebro que los médicos vieron cuando todavía estaba dentro de mí.
El mayor, por una meningitis de la que murieron muchos niños aquel año.

Por fortuna, la experiencia que había adquirido con su hermana me hizo comprender que le pasaba algo raro, y no perdí un minuto en llevarlo al hospital. Unas horas después, habría sido demasiado tarde.

Le hicieron una punción lumbar. «Qué duro es, no ha llorado, y eso que han tenido que pincharle dos veces”, comentó el médico. Y  cuando se confirmó el  temido diagnóstico, le dejé con las enfermeras y fui a buscar a su pediatra, que estaba pasando consulta en un edificio anexo. Todavía recuerdo la histeria con la que él, que también trataba a mi hija, me preguntó casi gritando si el niño tenía manchas azules.

— ¡No lo sé! —contesté rompiendo a llorar.

Gracias a mi pequeña había aprendido a auscultar, a poner sondas nasogástricas, a hacer fisioterapia pulmonar y ejercicios de estimulación muscular.
Pero no sabía nada de meningitis.
Era como volver a la casilla de salida.
Tener la certeza de que la muerte podía llegar por tantos caminos… que yo no podría estar deteniéndola en todos.

Solo podía hablar con ella, caerle bien. ”Y luchar”, había dicho la muerte cuando habíamos negociado meses atrás por una brutal bronquiliotis . “Y luchar”, había asentido yo dando una profunda calada al cigarro antes de apagarlo y volver  al campo de batalla.

Aneurismas, meningitis, atropellos, accidentes … El miedo a que mis cachorros mueran va adherido a mí.  Pero no le hago ni puñetero caso. Casi siempre, incluso cuando compruebo a las seis de la mañana que la cama de alguno de ellos está vacía, lo ignoro con éxito.

Pero hay días en los que el mal presentimiento te acompaña como un nubarrón enganchado en tu cumbre, y no hay manera de soslayarlo.

El viernes de la semana pasada, el nubarrón ya estaba ahí cuando abrí los ojos.
La noche anterior, la hija se había ido a la cama muy pronto.

—¿Ya te acuestas?
—Sí, que llevo todo el día con dolor de cabeza. Me voy a dormir.

¡Aneurisma!¡Aneurisma! aullaron mis alarmas. Y,  a pesar de que los dolores de cabeza siempre le duran solo unas horas y se van con un ibuprofeno,  pasé a modo de alerta. Me visualicé llamando al 112 mientras me vestía y hacía un resumen de las 100 páginas del historial de mi hija para que mandasen una ambulancia con urgencia.  Mi mente estaba en zafarrancho de combate, pero nadie que me estuviera viendo en aquel momento arrepanchigada en el sofá, disfrutando de un vino y de alguna película, se habría dado cuenta.Tras 25 años de entrenamiento, ya  practico los simulacros  casi de manera automática.

Como siempre y por fortuna, no pasó nada.
Al día siguiente, me levanté antes que ella; se había cogido el día libre en el trabajo porque le quedaban días de vacaciones  y no madrugaba. Camino del baño, el nubarrón y yo pasamos por la habitación de su hermano, que ya estaba teletrabajando, y fuimos derechitos a la suya.
Mi niña dormía plácidamente, bien calentita bajo su edredón; no estaba muerta. Pero que respirase no garantizaba nada más que las constantes vitales, el cerebro podía estar encharcándose.

Por un momento, pensé en despertarla y obligarla a levantarse para ver si coordinaba. Pero probablemente el dolor de cabeza le habría dada mala noche, y preferí dejarle descansar. De modo que remoloneé con el desayuno para darle tiempo a que despertara. Finalmente, tuve que marcharme antes de que abandonara las sábanas.

Llovía mucho.
El cenizo nubarrón y yo abrimos la trinchera proscrita. Recogimos las cortinillas  hechas de cinta de vídeo, encendimos las luces y el ordenador, subimos el termostato del radiador y comenzamos a elaborar un informe de lectura.
Llovía, llovía y llovía.
También dentro.

A las once, hice un alto para ponerle un mensaje a mi hija.

¿Qué tal has dormido?

No contestó.
Sabía que tenía cita a las 12:30 para recoger el título del máster en la secretaría de la facultad. Y como el nubarrón no paraba de acosarme por más que yo intentaba centrarme en el trabajo, a las doce le puse un guasap a su hermano.

Tu hermana se ha ido ya, ¿no?

 Pero mi preocupación le llegó durante una videollamada con su jefa, y tampoco contestó.
Entonces sonó mi móvil.
En cuanto vi el nombre de mi hija en la pantalla, supe que algo andaba mal. Tan mal que temí que no fuera ella quien llamaba, sino un desconocido que había buscado “Mamá” en la agenda de contactos.

—Mamá, el coche me ha hecho aquaplaning —dijo muy nerviosa sin saber cuánto me tranquilizaba oír su voz— y me he estrellado contra la mediana.
—¿Pero tú cómo estás?
—Yo estoy bien, no me ha pasado nada, no te preocupes.

En cuanto dijo que no me preocupara, entré en modo amago de infarto. Por muy bien que se sintiera, todavía estaba en medio del fragor de la autopista esperando que llegara la grúa, el taxi y la Guardia Civil. Todavía podría arrollarla algún coche despistado.

—¿Estás sola?
—No, un tío ha parado a ayudarme.

Gracias, Señor, por los hombres y ese instinto que les lleva a proteger a las mujeres. Más tarde,  mi hija me contaría que aquel hombre había aparcado el coche delante del suyo, se había encargado de lo más peligroso —poner los triángulos— y se había quedado con ella hasta que llegó la Guardia Civil.

Ella es demasiado joven para entender ciertas cosas y  no se le ocurrió pedirle su número de teléfono. Pero él es una de las razones de este artículo: me gustaría encontrarlo y mandarle una caja de vino —o lo que le apetezca—por Navidad. Me encantaría poder darle las gracias.

Por suerte, mi mal presentimiento quedó solo en susto.
Mi hija —y yo— se ha quedado sin coche, barata le ha salido la lección.
Disfrutad de la vida, que es corta.



Ensayo general

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 7ago17


De vuelta del aeropuerto, paro en el pueblo para comprar el pan.
Los pocos comercios que abren en domingo acaban de levantar el cierre, y hay poca gente por la calle. Sólo los madrugadores, esa raza.

A pesar de que anoche no durmió nadie aquí, el gato sale a recibirme sin dramatismos.
Me pongo el vestidito de andar por casa, cojo una cocacola, enciendo el ordenador y siento vértigo. Por primera en once años, durante un mes podré hacer lo que quiera.

Lo que quiera.

Hija lleva un mes fuera de casa, está haciendo prácticas en las Islas Afortunadas y tiene contrato hasta septiembre. Es su primer contacto con el mundo laboral, el paso casi definitivo hacia la vida adulta y, de momento, parece haberse adaptado bien y estar disfrutando de la experiencia. Hijo estará ahora mismo volando hacia la Pérfida Albión: tiene dos carreras y un buen currículum de prácticas, pero necesita  reforzar su inglés.

Nunca hemos estado tanto tiempo separados.
Ni tan dispersos:
ellos están a 3.000 kilómetros el uno del otro
como si hubieran salido despedidos por una onda expansiva.

El gato y yo, que nos hemos quedado aquí para defender el castillo, estamos prácticamente equidistantes de ambos: de Fuerteventura a Madrid hay 1640 kilómetros, y de ahí a Liverpool, 1445. Ni pensándolo aposta nos habría quedado tan metafórico.

Ya habían salido antes al extranjero sin mí, pero de vacaciones y con amigos. Es la primera vez que habrán de desenvolverse solos en un entorno desconocido, la primera vez que todo lo concerniente a su supervivencia dependerá única y exclusivamente de sí mismos. Quizá ellos todavía no, pero yo soy consciente de que estamos ante un hito familiar; a la vuelta del verano, ninguno seremos los mismos de antes.

También para mí esta repentina soledad es una experiencia inexplorada.
No sólo no hay nadie en casa, sino que es agosto: muchos amigos están fuera y rara vez sonará el teléfono invitando a barbacoas. Tendré que luchar contra mi tendencia al hurañismo y hacer por salir a relacionarme con otros seres humanos. Que yo soy capaz de tirarme un mes entero sin salir de casa leyendo, escribiendo, viendo la tele, navegando, bajando a la calle sólo a por cocacolas, cervezas y tomates…

Antes de irse, Hijo temía que sin él reinaría el desorden. Yo, sin embargo, temía que a su vuelta encontrara mi cadáver parcialmente devorado por el gato y descubriera que nadie me había echado en falta. Ya se sabe que soy muy ermitaña y muy rara.

Escritora.

Y tengo plan de escribir, por supuesto.
Pero no voy a encerrarme a cal y canto. Quiero salir a tomar algo, o invitar a alguien a comer en casa, o propiciar encuentros entre viejos amigos, por ejemplo. No quiero ir a buscar a mis hijos al aeropuerto con la desesperación de un perrito atado a la puerta de la panadería.

Ellos están probando sus alas. Y yo tengo que aprender a vivir sola, para que cuando abandonen definitivamente el nido, nada lastre su vuelo.

Creer en los Reyes Magos

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 3ene09
Fotografía en contexto original: mundofranquicia


Todos estábamos de acuerdo en una cosa: mi padre no podía morirse el día de Reyes.

Él era el día de Reyes.

Había que ver la ilusión con la que esperaba a hijos y nietos, cómo aplaudía cada regalo que abríamos, cómo nos divertíamos en grande sólo por hacerle feliz, cómo disfrutábamos de aquella comida y de la larga sobremesa. Era el día del año en que la vida venía a decirle que tenía razón: el tiempo a cada uno le pone en su sitio y él había conseguido el mejor de todos.

Había empezado a morirse meses antes de Nochebuena, superó Navidad y, ya en Nochevieja, sabíamos que el fin era inminente. Todos los que le conocían afirmaban con vehemencia: no puede morirse el día de Reyes.

El día 5, cuando mis hijos se acababan de acostar para esperar a los Reyes, llamó mi familia: papá agonizaba. Conduje los 30 kilómetros repitiéndome la frase que todos nos habíamos repetido en los últimos días miles de veces como un mantra: no puede morir el día de Reyes.

Cuando llegué a su casa, había una uci móvil con las puertas abiertas en la entrada principal, esa que sólo se abría en caso de boda. Mis hermanos y mi madre estaban en su dormitorio, los paramédicos que rodeaban a mi padre tuvieron el detalle de apartarse para que me acercara a él.

Aunque llevaba días inconsciente, me dio el último abrazo.
Un abrazo que no olvidaré nunca, nunca, nunca.

Lo acompañamos al hospital, yo regresé a casa unas horas para dormir algo y abrir los regalos de Reyes con mis hijos antes de regresar a la habitación en la que mi padre había de morir.

Por supuesto, aguantó el día 6 como un campeón.

Todos los que le querían- que eran muchos- pasaban por la habitación para despedirse de él, para darnos calor, y decían: hoy no se muere, ya lo verás.
No nos dejó hasta la tarde del día 7.

Yo creo en los Reyes Magos.

Madres abnegadas

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 25 oct 2009
Fotografía en contexto original: pixy


A la madre se le supone la abnegación como al soldado el valor.
La abnegación se transmite de la abuela a la madre, de la madre a la hija, y de ésta a la nieta. Pero yo creo que las madres completamente abnegadas sólo crían hombres y mujeres débiles y dependientes. Y que la abnegación femenina nos ha llevado a ser mendigas, profesionales del rencor que mueren con la mano extendida esperando una limosna de agradecimiento que nunca llegará.

Cuando termino de comer, me levanto de la mesa sin quitar mi plato y me tumbo en el sofá. Mis hijos se encargan del resto.

Si mi abuela lo supiera, pondría el grito en el cielo.
Mi madre, que lo sabe, me dijo un día: «Pero qué cuajo tienes».
Y un amigo escritor que hasta hace poco no lo sabía, me dijo: «Joder, qué imagen más potente».

Mi abuela venía de un estrato tan humilde, que el matrimonio no la privó de trabajar en una época que sólo trabajaban las mujeres pobres y las locas; después se quedó viuda con cuatro hijos a los que gobernó con mano de hierro y por los que se sacrificó al máximo. Ningún hijo se le torció, pero tampoco ninguno puede recordar un momento en el que se haya reído con su madre.

La mía, que empezó a trabajar con mi padre cuando yo tenía catorce años, me pregunta “¿Cuándo me has visto tú a mí tumbada en el sofá? Yo me quedaba con vosotros recogiendo la cocina”. Ella nunca cargó con la responsabilidad de traer el dinero a casa, como cargo yo. Yo no tengo a quien decirle “acuérdate de que ahora hay que pagar el IBI”. Aunque ella trabajaba y fue pieza clave en el éxito de mi padre, la carga de la economía familiar recaía sobre los hombros de él. “No me compares contigo”, le digo, “compárame con papá”.

Los hombres de mi generación echan de menos los privilegios que sus padres sí disfrutaron: aquel respeto por el cazador, esas siestas en las que nadie podía hacer ruido, el mejor sillón frente a la tele…
Ahora que disfruto de parte de esas prebendas —todavía sigo cocinando yo—, no me extraña que los hombres echen de menos aquellos tiempos.

No hay nada como levantarte de la mesa sin quitar tu plato y tumbarte en el sofá.
No hay nada como ser el único cazador de la casa.
Y que tus hijos se rían de vez en cuando contigo.

La primera noche

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 17jul09
Imagen en contexto original: stuff


Hoy es su primera noche.
Hoy me estreno como madre que tiene hijos en edad de trasnochar.
Salió por la tarde, como todos los días, y pasó por casa para cenar. Había quedado con sus amigos a las doce menos cuarto y le sobraba tiempo; se puso a leer Harry Potter para acortar la espera, y no pude evitar sentir cierta ternura por el pequeño juerguista trasnochador.

Está en la edad de conocer la noche, ese universo atractivo y peligroso.
Ahora tecleo en la tranquilidad de mi casa hasta bien entrada la madrugada y me da mucha pereza salir, pero pertenezco a esa generación que cada noche quemaba Madrid. He salido mucho, he puesto copas en bares de copas- no confundir con “bares” a secas-, conozco drogadictos y drogas de todos los colores y, sobre todo, pertenezco al grupo de los que supo nadar y guardar la ropa.

Pienso en todos los amigos y conocidos que no supieron salir de la noche, que siguen acodados en la misma barra, frecuentando los mismos camellos, viviendo desde hace treinta años la misma noche una y otra vez. En los que murieron demasiado jóvenes y en los que han quedado demasiado idiotas para el consumo humano.

Y espero haber sabido prepararle para lo que le espera ahí fuera.

Lógica infantil

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 23 julio 2008


El fin de semana de reunión familiar y paseos por el campo tocaba a su fin.
Los niños se quedaban en el pueblo con la abuela, los adultos en edad laboral hacíamos las maletas y nos preparábamos para marchar.

– ¿Por qué no os quedáis?- preguntó mi sobrina de tres años a su madre.
– Porque tenemos que trabajar.
– ¿Y por qué no os traéis los ordenadores y trabajáis aquí?
– Porque tenemos reuniones en Madrid, cariño.
– ¡Pero si aquí también hay reuniones!

 

 

La sangre que fluye (abril 2008)

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: explora


Bajo la nieve, el cristal que me estaba reservado.

Me quedé admirando la belleza de la sangre derramada, fascinada por aquel diabólico y humeante granizado. Después entré en casa corriendo, ¡mamá, me he hecho sangre!

Llegaría la primera sangre que manaba sin herida y que me expulsaba para siempre del paraíso de la infancia.

Y las gotitas rojas que rubricaron mi ingreso en la vida adulta la primera vez que me abrí para recibir a un hombre dentro de mí.

La sangre en la bata del médico que trajo a mi hijo al mundo.

La sangre en las bolsas de la UCI en la que mi hija luchaba por su vida.

La sangre en mis manos de cazadora sin amo, en las fauces de mis cachorros, sangre de mi sangre, que devoran cada pieza que abatiré hasta que aprendan a cazar por sí mismos.

Mi sangre.

Hasta la última gota

 

La madre in útero (enero 2006)

por Marisol Oviaño

A los quince años decidí que si tenía una hija, la llamaría Eude.
Cuando muchos años después me quedé embarazada, todos mis familiares rechazaron el nombre por raro; pero como fue niño, no hubo discusión posible.

Con el segundo embarazo no quisimos saber el sexo hasta el último momento. Yo ya había claudicado y acepté que, si era niña, se llamaría Inés. Pero en el octavo mes comenzaron los problemas: los médicos nos dijeron que venía con una malformación irresoluble, que ellos se prestarían a hacer todo lo posible, pero que no abrigáramos ninguna esperanza.
Era niña.

Mi hija iba a morir, pero se movía con tanta vitalidad dentro de mí que no podía dejar de pensar que se equivocaban, que aquellos movimientos en mi tripa no eran las patadas de la muerte. Los médicos y mi marido me ofrecían ansiolíticos y antidepresivos, pero yo quería vivir con intensidad cada segundo de dolor  porque quizá aquello fuera todo lo que iba a tener con ella. Después de su muerte, la nada. Y por las noches me despertaba con una palabra en la mente: Eude.
Con ese nombre la registró su padre cuando nació.

Yo iba cada día, una hora por la mañana y otra por la tarde, a verla a la UCI de neonatos. La sacaba de la incubadora con delicadeza, para no interferir entre los muchos cables que la mantenían con vida, la abrazaba contra mí y le cantaba y le hablaba sin dejar de llorar un solo segundo.

Vivió varios meses en un gran hospital, en el que yo pasaba gran parte del día sentada en una silla junto a su cuna. A veces me asaltaba la tentación de rendirme; me sentaba en la maldita silla, que era como una condena, y no hablaba a Eude durante horas. Entonces ella empeoraba sensiblemente, su salud no me dejaba relajarme ni un minuto.

Bastaba que yo me concentrara en acariciarla, besarla, decirle que seguíamos luchando juntas, para que experimentara mejoría. Aprendí mucho sobre el poder del amor aquellos días. La lucha no acabó cuando pudo venir a vivir a casa, pero el alta hospitalaria fue el principio de nuestra victoria sobre la muerte. Hoy es una niña sana, alegre e inteligente, que saca buenas notas y juega en un equipo de fútbol sala.

Hace unos meses estuvimos en una de las últimas revisiones. Se reunieron todos los médicos que habían ayudado a salvarle la vida, y ninguno daba crédito al magnífico estado de salud de la niña. Alguno de ellos comentó que parecía un milagro, y yo me eché a reír: “Sois hombres de ciencia, alguna explicación tendréis que darme”. Uno de ellos me miró muy serio y me dijo: “Si la hubieras llamado Inés, habría muerto. Le ha salvado su nombre”. Y los demás, hombres de ciencia todos ellos, asintieron con la cabeza.

Manual de supervivencia (enero 2007)

Por Marisol Oviaño

Hace años todo el mundo se deshacía en elogios al hablar de la película La vita è bella. Esa en la que un padre hace lo imposible por hacer creer a su hijo que viven en un campamento de vacaciones, cuando en realidad están en un campo de concentración nazi.

No negaré que también yo lloré con ella.
Pero.
He tenido oportunidad de sentirme como el protagonista.

Mis hijos, que van donde mi circo vaya, se vieron seriamente afectados por la desaparición de su padre. Y la primera reacción de mi entorno fue la del progenitor de La vita è bella: miente a los niños, finge que no ha cambiado nada, que ellos no sepan… Todas las personas que nos querían me exigían que los protegiera de la realidad negándola.

Finge que nada ha cambiado, ten la casa limpia, la comida a punto, la sonrisa fácil, las manos suaves, trabaja, administra el dinero, haz la compra, tíñete las canas, no envejezcas, deja de fumar, de beber, de darle gusto al acelerador, y, al final de la dura jornada, llega a casa sonriente con un kinder bueno para cada uno de tus hijos.

Como si eso pudiera ocultar que habíamos perdido a uno de los miembros de nuestra familia en el camino.

La realidad era que nuestro mejor aliado se había convertido en nuestro peor enemigo y que nuestra antigua estrategia familiar ya no nos servía para nada.

Sólo sobrevive el que se adapta.

Sólo se adapta el que hace un buen análisis de la realidad.

Lo contrario provoca una neurosis terrible que impide que la vida fluya. Y comprendí que mi misión no era disfrazar la realidad para mis hijos, sino enseñarles a sobrevivir en ella.

Les mostré el campo de concentración, fuimos hasta las puertas de las cámaras de gas y les expliqué para qué servían, quién mandaba allí, a quién no había que mirar a los ojos, a quién rehuir, en quien confiar, dónde esconder las migajas que nos sobraban.

La negación de la realidad es una mala táctica defensiva. La vita è bella es una película.

La tierra que tengo en las uñas, la tierra del túnel en el que mis hijos y yo trabajamos, es real.

La identidad en útero (abril 2006)

Fotografía en contexto original: shutterstock 

Por Marisol Oviaño

Hasta hace unos meses yo era una cucharita.

También tenía un hombre.

Unos hijos.

Una casa grande.

Una vida.

Una identidad: casada.

Hoy estoy esperando que el juez me dé una identidad nueva: divorciada, soltera, sola.

Ya no soy una cucharita que duerme cada noche apoyada en la cucharita compañera del cubertero. Ahora mis noches son una cama enorme con una mujer pequeñita acurrucada en una esquina. Soy un servilletero asustado que envuelve con sus brazos una almohada para no hacer caso de las dentelladas de la soledad.

Ya no tengo una familia completa.

Soy una cuchara sopera, siempre bocarriba, siempre abierta, siempre dispuesta. No puedo enfermar, no puedo partirme una pierna, no puedo pensar en mí misma, no puedo llevar a mis novios a mi cama entre semana.

Tampoco tengo una gran casa.

No nos mudamos de casa.

Nos mudamos de vida.

Soy un tenedor de púas afiladas que mantendrá la tristeza bien lejos de sus tenedorcitos.

Cada noche, los acuesto, los abrazo y los aplasto con mi cuerpo como haría cualquier hembra con sus cachorros asustados.

Soy un horno en el que lo mejor de ellos leva.

Trato de transmitirles todo el amor que siento por ellos, la seguridad de que jamás les abandonaré. Cada noche les repito que, mientras los tres estemos unidos, no tenemos nada que temer.

Soy un ancla con cientos de metros de pesada cadena.

Hormigono sin descanso los cimientos de su vida, los inundo de cariño para que nunca pierdan la identidad.

Soy un camión hormigonera.

Ya no soy una cucharita.

Ya no tengo una familia completa.

Ya no tengo una gran casa.

Pero eso no me hace menos mujer.

Ni menos madre.

Sólo me hace más yo.

Me siento frente a mi portátil, por la ventana veo a las ardillas saltar de árbol en árbol y comprendo que mi identidad no ha cambiado, que yo soy como ellas: un animalito en perpetuo movimiento, mutatis mutandis, que lucha por su supervivencia. Un ser humano, que, como todos, siempre ha estado solo.

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