Escribir para comprender

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Zozobras maternas

por Marisol Oviaño


Sólo hay una cosa que me dé miedo: que mis hijos murieran antes que yo.

Ambos estuvieron al borde de la muerte cuando eran pequeños.
La benjamina, por una malformación aneurismática en el cerebro que los médicos vieron cuando todavía estaba dentro de mí.
El mayor, por una meningitis de la que murieron muchos niños aquel año.

Por fortuna, la experiencia que había adquirido con su hermana me hizo comprender que le pasaba algo raro, y no perdí un minuto en llevarlo al hospital. Unas horas después, habría sido demasiado tarde.

Le hicieron una punción lumbar. «Qué duro es, no ha llorado, y eso que han tenido que pincharle dos veces”, comentó el médico. Y  cuando se confirmó el  temido diagnóstico, le dejé con las enfermeras y fui a buscar a su pediatra, que estaba pasando consulta en un edificio anexo. Todavía recuerdo la histeria con la que él, que también trataba a mi hija, me preguntó casi gritando si el niño tenía manchas azules.

— ¡No lo sé! —contesté rompiendo a llorar.

Gracias a mi pequeña había aprendido a auscultar, a poner sondas nasogástricas, a hacer fisioterapia pulmonar y ejercicios de estimulación muscular.
Pero no sabía nada de meningitis.
Era como volver a la casilla de salida.
Tener la certeza de que la muerte podía llegar por tantos caminos… que yo no podría estar deteniéndola en todos.

Solo podía hablar con ella, caerle bien. ”Y luchar”, había dicho la muerte cuando habíamos negociado meses atrás por una brutal bronquiliotis . “Y luchar”, había asentido yo dando una profunda calada al cigarro antes de apagarlo y volver  al campo de batalla.

Aneurismas, meningitis, atropellos, accidentes … El miedo a que mis cachorros mueran va adherido a mí.  Pero no le hago ni puñetero caso. Casi siempre, incluso cuando compruebo a las seis de la mañana que la cama de alguno de ellos está vacía, lo ignoro con éxito.

Pero hay días en los que el mal presentimiento te acompaña como un nubarrón enganchado en tu cumbre, y no hay manera de soslayarlo.

El viernes de la semana pasada, el nubarrón ya estaba ahí cuando abrí los ojos.
La noche anterior, la hija se había ido a la cama muy pronto.

—¿Ya te acuestas?
—Sí, que llevo todo el día con dolor de cabeza. Me voy a dormir.

¡Aneurisma!¡Aneurisma! aullaron mis alarmas. Y,  a pesar de que los dolores de cabeza siempre le duran solo unas horas y se van con un ibuprofeno,  pasé a modo de alerta. Me visualicé llamando al 112 mientras me vestía y hacía un resumen de las 100 páginas del historial de mi hija para que mandasen una ambulancia con urgencia.  Mi mente estaba en zafarrancho de combate, pero nadie que me estuviera viendo en aquel momento arrepanchigada en el sofá, disfrutando de un vino y de alguna película, se habría dado cuenta.Tras 25 años de entrenamiento, ya  practico los simulacros  casi de manera automática.

Como siempre y por fortuna, no pasó nada.
Al día siguiente, me levanté antes que ella; se había cogido el día libre en el trabajo porque le quedaban días de vacaciones  y no madrugaba. Camino del baño, el nubarrón y yo pasamos por la habitación de su hermano, que ya estaba teletrabajando, y fuimos derechitos a la suya.
Mi niña dormía plácidamente, bien calentita bajo su edredón; no estaba muerta. Pero que respirase no garantizaba nada más que las constantes vitales, el cerebro podía estar encharcándose.

Por un momento, pensé en despertarla y obligarla a levantarse para ver si coordinaba. Pero probablemente el dolor de cabeza le habría dada mala noche, y preferí dejarle descansar. De modo que remoloneé con el desayuno para darle tiempo a que despertara. Finalmente, tuve que marcharme antes de que abandonara las sábanas.

Llovía mucho.
El cenizo nubarrón y yo abrimos la trinchera proscrita. Recogimos las cortinillas  hechas de cinta de vídeo, encendimos las luces y el ordenador, subimos el termostato del radiador y comenzamos a elaborar un informe de lectura.
Llovía, llovía y llovía.
También dentro.

A las once, hice un alto para ponerle un mensaje a mi hija.

¿Qué tal has dormido?

No contestó.
Sabía que tenía cita a las 12:30 para recoger el título del máster en la secretaría de la facultad. Y como el nubarrón no paraba de acosarme por más que yo intentaba centrarme en el trabajo, a las doce le puse un guasap a su hermano.

Tu hermana se ha ido ya, ¿no?

 Pero mi preocupación le llegó durante una videollamada con su jefa, y tampoco contestó.
Entonces sonó mi móvil.
En cuanto vi el nombre de mi hija en la pantalla, supe que algo andaba mal. Tan mal que temí que no fuera ella quien llamaba, sino un desconocido que había buscado “Mamá” en la agenda de contactos.

—Mamá, el coche me ha hecho aquaplaning —dijo muy nerviosa sin saber cuánto me tranquilizaba oír su voz— y me he estrellado contra la mediana.
—¿Pero tú cómo estás?
—Yo estoy bien, no me ha pasado nada, no te preocupes.

En cuanto dijo que no me preocupara, entré en modo amago de infarto. Por muy bien que se sintiera, todavía estaba en medio del fragor de la autopista esperando que llegara la grúa, el taxi y la Guardia Civil. Todavía podría arrollarla algún coche despistado.

—¿Estás sola?
—No, un tío ha parado a ayudarme.

Gracias, Señor, por los hombres y ese instinto que les lleva a proteger a las mujeres. Más tarde,  mi hija me contaría que aquel hombre había aparcado el coche delante del suyo, se había encargado de lo más peligroso —poner los triángulos— y se había quedado con ella hasta que llegó la Guardia Civil.

Ella es demasiado joven para entender ciertas cosas y  no se le ocurrió pedirle su número de teléfono. Pero él es una de las razones de este artículo: me gustaría encontrarlo y mandarle una caja de vino —o lo que le apetezca—por Navidad. Me encantaría poder darle las gracias.

Por suerte, mi mal presentimiento quedó solo en susto.
Mi hija —y yo— se ha quedado sin coche, barata le ha salido la lección.
Disfrutad de la vida, que es corta.



La vida proscrita

por Marisol Oviaño

Mi domingo es hoy, lunes.
Ayer los tres dedicamos  la mañana a limpiar y yo, además, a cocinar: venían mi madre y mi hermano a comer.

Tras los riquísimos pasteles que ella había traído de la pastelería Mallorca, pasamos un rato muy divertido experimentando con las fantásticas  cajas de la repostería poscovid. Después, los hombres se pusieron a jugar a la Play y las mujeres nos quedamos de charla.

Cuando los invitados se fueron, a eso de las siete de la tarde, cogí mi máquina y me bajé a la trinchera a disfrutar de un rato de vida proscrita. Pero no llevaba media hora allí cuando el hombre que quiere romper con su destino me lanzó un SOS en un audio de guasap. Sonaba tan borracho, que hice lo que me dijo el otro día el hombre en la sombra: “¡Marisol, abraza tu cruz!” y le ofrecí asilo.

Estoy en la trinchera proscrita. Vente para acá hasta que se te pase.

Aunque decía que estaba cerca y yo sabía que había estado comiendo en un restaurante a cien metros de aquí, tardó casi quince minutos en llegar. Me ofrecí a ir a buscarle un café, pero antes de que me pusiera en marcha, se tumbó en el incómodo sofá estilo bauhaus que heredé de mi abuela. Se dio con la cabeza en el brazo de madera y le di el respaldo del otro sillón a juego, para que lo usara de almohada. Y ahí se quedó, desmadejado. Con sus brillantes y negras katiuskas hasta la rodilla, un estrecho pantalón color blanco roto y un carísimo jersey de rombos en tonos grises. Un look total. Tanto, que pensé que si alguien le veía desde el escaparate, si se corría la voz, yo siempre podría decir que se trataba de una performance literaria.

El hombre que quiere romper con su destino había tenido una comida en la que se juega mucho. Una comida en la que él, que lleva meses sin beber por la medicación, habría tenido que trasegar alcohol como un hombretón. De modo que le dejé dormir y le eché por encima un amoroso y grueso chal de cachemir que me regaló mi madre las  navidades pasadas.

—Muchas gracias, Marysun —sonrió entre sueños.

Yo regresé a mis quehaceres en la parte del aula, oculta a los ojos de los paseantes. Por suerte, llovía a ratos y poco a poco la calle se fue quedando en silencio, no hacía noche para pasear. A mi alrededor, y a excepción de la pequeña lamparita que había enganchado en la pantalla del ordenador, todo era oscuridad. Y él se movía tan poco, que llegué a concentrarme completamente. A ratos se me olvidaba que estaba sola, pero entonces él gemía. Calculé que necesitaría dormir unas tres horas y avisé a mis hijos de que no me esperaran a cenar.

A las tres horas clavadas, se despertó como si le hubieran inyectado algún estimulante y se sentó conmigo atrás para ponerme al día de toda la información que yo aún no tenía. En los últimos meses hemos pasado muchísimas horas juntos, somos amigos y yo le acompaño en este viaje alucinante a su nueva vida. Sentado
en la penumbra, me desgranó el siguiente y osado paso del plan para cortar definitivamente con su destino. Yo solo podía escuchar, hacer alguna pregunta, aprender. Quererlo como es.

A eso de las doce,  se acordó de que no había dado de comer a sus perros.
Lo acompañé hasta la puerta, recogí mis cosas y volví a casa.
Todo el mundo estaba ya durmiendo.
Vi un capítulo de Atlanta mientras me tomaba un yogur. (Yo comiendo yogures, quién me ha visto y quién me ve).
Después me fui a la cama y ni siquiera leí, caí agotada.

Ahora son casi las tres de la tarde.
He corregido varios artículos, todo está bajo control: me voy a comer.
El hombre que quiere romper con su destino estará ahora comiendo con un cliente. Imagino que deseando terminar para pasar a la siguiente reunión, esa en la que se lo juega todo.

Hoy todavía no he hablado con nadie.
En casa solo me esperan el gato y la tele, los chicos comen en el trabajo hoy.
Pero estoy preparada para que esa tranquilidad vuelva a romperse de un momento a otro.
Porque así es la  vida proscrita.
Yo la elegí.

Instinto de supervivencia

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 6oct18

(Pincha en el vídeo para oír la música mientras lees)

La vida es conflicto.
Cuanto antes lo sepas,
mejor para ti:
no perderás tiempo quejándote,
sino que te armarás para combatir al enemigo.

Tendrás que luchar contra tus hermanos, contra tu madre, contra tu padre,contra tus compañeros del cole, contra los maestros, contra tus amigos, contra tus enemigos, contra tu primer ligue de instituto, contra el que te explota, contra el casero abusón, contra el inquilino moroso, contra tus vecinos, contra tu jefe, contra tus compañeros, contra tus empleados, contra tus proveedores, contra tus clientes, contra el banco, contra el Estado, contra ese tío que siempre lleva el perro suelto, contra esa cerda que deja la basura en el portal, contra la enfermedad, contra el dolor, contra los políticos, contra tu pareja, contra tus hijos.

La vida no es sino un campo de batalla del que,
con suerte,
sólo saldrás herido.

Cuanto antes lo sepas, mejor para ti.
Y para los tuyos.

Chalecos amarillos

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 10dic18


He estado todo el fin de semana pegada al ordenador, siguiendo lo que estaba sucediendo en Francia. He pasado muchas horas conectada a varias páginas que retransmitían en streaming, he buscado información en la red y he leído todo lo que he podido encontrar. En segundo, porque las movilizaciones descontroladas pueden acabar en anarquía. Y a la anarquía suele suceder la guerra y, después, el restablecimiento del orden por algún régimen autoritario –en el peor de los casos, totalitario–. Una revolución sin líder puede ser, además, secuestrada por cualquiera, como ya sucedió aquí con el 15M. (Ahora mismo, en un alarde de lo que Miguel Pérez de Lema denominaría pisuerguismo, los CDrs que intentan paralizar Cataluña están pidiendo a sus miembros que se pongan el chaleco amarillo). Y la tercera y última de las razones por las que desconfío, es porque estos movimientos pueden estar manejados por el poder en la sombra: en la red hay quien dice que tras esta revuelta está Trump , otros apuntan a Putin. Yo no tengo ni idea, de modo que opino por lo que he visto, por lo que he leído y por lo que, como sufridora autónoma española, siento.

Estamos acostumbrados a ver Francia ardiendo a manos de africanos, pero este movimiento es mayoritariamente blanco. En las calles francesas este fin de semana sólo se manifestaban franceses de pura cepa, paganinis de un Estado del Bienestar que enriquece a los de arriba, mantiene a los improductivos y a los recién llegados y empobrece a la clase media. Tampoco vi las típicas banderas de izquierdas que suelen acompañar a estos movimientos, sólo la francesa y alguna -muy pocas- anarquistas.

En toda Europa lleva años produciéndose un divorcio entre el pueblo y la clase dirigente, que nos distrae hablándonos del sexo de los ángeles, los políticos llevan mucho tiempo lejos de la realidad del currito de a pie. Recuerdo que, en pleno tsunami de la crisis, un ministro socialista nos explicaba que la subida de la luz no era para quejarse, porque apenas nos supondría “un café” al mes. A pesar de que gastaba mucho de nuestro dinero en asesores, el ministro no sabía que muchos miles de españoles llevábamos años sin poder tomar siquiera un café fuera de casa. No comprendía que ese euro que para él no era nada, nosotros tendríamos que restárselo al presupuesto de la comida.

Ahora las cosas están un poquito mejor, pero no lo suficiente: los sueldos son bajos, la vivienda y los suministros esenciales son tan caros que los jóvenes no pueden irse de casa y formar su propia familia, mucha gente sigue sin poder encender la calefacción, el que le echa cojones y monta un negocio para sobrevivir sigue asfixiado por el Estado… El fenómeno de los ciudadanos con trabajo que no ganan suficiente para vivir empezó con la crisis y parece que ha venido para quedarse. No hemos terminado de remontar una recesión y ya está aquí encima otra, que arrasará con lo poco que haya quedado de clase media en Europa.

Lo del sábado no sucedió sólo en París, Burdeos y Toulouse no tenían tanta protección oficial y parecían ciudades en guerra. En Bruselas los chalecos amarillos intentaron asaltar el parlamento europeo, en Rotterdam también hubo alguna manifestación, y no sería extraño que este movimiento empezara a contagiarse por toda Europa.

Los gilets jaunes han convocado de nuevo para el sábado que viene con el objetivo de conseguir la dimisión de Macron. No sabemos cómo acabará esto, pero, en cualquier caso, creo que es una evidencia palmaria de que el Estado del Bienestar europeo ha colapsado. Ayer leí en un foro un comentario que me ha parecido un magnífico resumen de la situación: si le quitas las pagas a los inmigrantes subvencionados, arde París. Si les subes los impuestos a la clase media para mantener el status quo, arde París.
Jaque mate.

En defensa del hombre

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente:17jun18


Rebosa masculinidad.
Llegó a mi guasap hace un par de días y, desde entonces, con la excusa de escribir este artículo, lo habré visto cinco o seis veces.
Llamadme rara: después de 13 años de durísima monoparentalidad, todavía me gustan los hombres. A pesar de que creo que ya no le gusto a ninguno.

Soy la prueba viviente de que se puede sacar una familia adelante sin padre, pero no es una opción que recomiende. Os aseguro que a casi ninguna mujer le gustaría vivir como yo. Voy a la peluquería dos o tres veces al año, jamás salgo de vacaciones, no puedo permitirme el lujo de ir a comer con los amigos salvo que me inviten, no sé lo que es ir de compras, discuto con el casero, con el inquilino, con la agencia tributaria, con la seguridad social, con el banco, con los proveedores, atiendo a los clientes, diseño el producto, lo produzco, organizo las campañas de marketing, doy clase, corrijo deberes, escucho a mis alumnos adolescentes, limpio el escaparate, hago la compra, cocino, plancho y, por supuesto, hago todo lo que puedo para que mis hijos reciban su dosis de amor incondicional. O, como diría mi amiga Carmen, amor infinito.

Cuando la familia corre a cargo de uno solo, todo es mucho más difícil. Porque te toca asumir todos los roles y no tienes hombro en el que apoyarte, ni mano que te acaricie. Sin embargo, yo no puedo quejarme, porque soy una privilegiada: amo mi profesión, mis hijos estudian, trabajan y colaboran en las tareas y los gastos de la casa y, cuando entre todos no llegamos, la abuela nos rescata. Nos mantenemos a flote gracias a la red familiar.

Como divorciada sin pensión, cumplo todos los requisitos para tener sitio reservado en la primera fila de las manifestaciones de feministas subvencionadas. Y, sin embargo, cuando las veo gritando a las puertas de los juzgados, siendo todas Juana, siento el pánico cerval de quien ve pasar a galope a los bárbaros que acabarán con la civilización.

El hombre no es el enemigo a batir.
El hombre es el compañero con el que construir esa organización sin la que no sobreviviríamos: la familia. El individuo sin familia está inerme ante el Estado totalitario y la igualmente totalitaria multinacional. El individuo sin familia está solo en su habitación de hospital y no tiene quién dé de comer a su perrito, que morirá de hambre en su minipiso.

Pero hacia eso vamos.
A una sociedad en la que hombres y mujeres sean enemigos y todos vivamos solos, sin más propósito en la vida que trabajar y consumir.

Por eso no puedo entender este feminismo que no lucha para que las mujeres lo tengamos más fácil, sino para que los hombres lo tengan más difícil.

No puedo entender un feminismo que va contra la biología y se niega a aceptar que hombres y mujeres somos complementarios.

No puedo entender un feminismo que no sólo no ayuda a las mujeres en lo que realmente necesitamos, sino que, además, detrae recursos de nuestros impuestos para sembrar la cizaña entre nosotras y los hombres.


No puedo entender un feminismo cuyo objetivo es el acoso y derribo de la familia.
No entiendo un feminismo que no lleve la maternidad como bandera.

Carta abierta a las madres de los terroristas de Ripoll

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 21ago17

Vosotras, que vais vestidas como si nunca hubierais salido de vuestro pueblo, sois inocentes.
Vosotras, que lleváis la cabeza tapada para no desatar la lujuria de los hombres, sois una víctima más.
Vosotras, que aunque lleváis muchos años viviendo aquí no habláis una palabra de español (ni de catalán), no sabíais nada.
La culpa es del imán, que les lavó el cerebro.

Supongo que el dolor por la pérdida de un hijo es universal y, como madre, podría entender vuestro duelo. Pero también como madre cuestiono la educación que habéis dado a vuestros hijos. Si el mío estuviera en su lugar, no pensaría que la culpa es del imán, sino mía, por no haber sabido educarlo. Tarde o temprano, todos los seres humanos nos encontramos con personas locas, fanáticas, malas… seguirlos o darles la espalda, sólo depende de cada uno de nosotros. Ser madre es mucho más que parir un hijo, y otro, y otro, y otro y otro y los que vengan; ser madre es, sobre todo, prepararlos para la vida.

Dicen los vecinos de Ripoll que vuestros hijos estaban muy integrados en el pueblo. Pero viéndoos a vosotras, que necesitáis traductores, me pregunto qué clase de integración puede darse cuando Occidente se queda cada día al otro lado de la puerta. Sé que muchas habéis tenido una vida dura, muchas de vosotras ni siquiera fuisteis al colegio y algunas no sabréis ni leer ni escribir; no lo teníais fácil. Tampoco vuestros hijos, porque ¿cómo podríais prepararlos para que se integren en un mundo que vosotras no habéis querido conocer? ¿Cómo podéis prepararlos para el futuro, si seguís encerradas en los ancestrales límites de vuestra aldea aun estando a miles de kilómetros de ella? Vosotras habéis pasado por Europa, pero Europa no ha pasado por vosotras.

Os veo llorar en televisión y me pregunto cómo es posible que unas mujeres que han consagrado su vida a la familia, no se hayan dado cuenta de que sus hijos habían cambiado de costumbres; cómo, con los antecedentes de anteriores atentados, no pensasteis en ningún momento que ese repentino fervor religioso de vuestros hijos encubría algo más. La culpa es del imán, decís. Sin embargo, nadie os impuso que abdicaseis de vuestras responsabilidades y delegarais la educación de vuestros hijos en manos de un ex presidario. Probablemente, preferíais que estuvieran con él antes que saliendo por ahí con españoles. No sé si sois las madres más negligentes del mundo o si estáis secretamente orgullosas de vuestros cachorros. A fin de cuentas, ellos han muerto para expandir por todo el orbe la moral que vosotras defendéis en vuestras casas. Si el imán no hubiera pasado por allí y vuestros hijos estuvieran vivos, ¿les habrías dejado que se emparejaran con quienes quisieran o les habríais buscado en vuestra aldea una buena y sumisa mujer musulmana?

Para muchas de vosotras ya es tarde: vuestros hijos ya están muertos o huidos.
Además, nunca podríais leer esto sin alguien que os lo tradujera.
Pero quizá tú, que me estás leyendo porque te has tomado la molestia de aprender español, tengas dudas que no te atrevas a manifestar delante de tu madre, tu suegra, tu cuñada, tus primas. Quizá tengas curiosidad por conocer el mundo, por integrarte y ser un miembro útil a la sociedad que te ha acogido. Quizá para ti no tenga sentido parir una y otra vez hijos que enviar al matadero, quizá también sueñes con algo mejor para ellos y te estés preguntando en qué os estáis equivocando.

Seguir callada y agachar la cabeza sólo traerá desgracia.
Pero seguro que cerca de ti hay otra mujer que se está haciendo las mismas preguntas, sólo hace falta que una de las dos hable de ello con la otra para que os pongáis en marcha. Será difícil y os sentiréis solas; incluso puede ser peligroso.

Pero o iniciáis la revolución vosotras para que vuestros hijos tengan un futuro y todos podamos vivir en paz, o no nos dejaréis más remedio que empezar a combatiros casa por casa y retiraros todas las ayudas.

Construyendo, 8

por artistadesconocida
Publicado originalmente: 25ene09


Al fin, el viento ha amainado esta noche.
Al menos de momento.
Lleva varios días sin encender la chimenea: el viento huracanado de la última semana llenaba la casa de humo.

Mañana no tendrá que madrugar, hoy podrá leer frente al fuego sin andar consultando la hora, sin obligarse a ir a la cama. Se tiene merecido un descanso, hoy sábado ha echado unas seis o siete horas en el local y mañana domingo volverá a vestirse sus andrajosas y tiesas ropas de obrero. Aunque el trabajo manual tiene el poder de reconciliarla con el mundo, ya va teniendo una edad.
Ah, quién pudiera permitirse el lujo de un masaje.

No olvidemos que nunca destacó por deportista, que de vez en cuando hace un alto para fumarse un cigarrito, que hoy se fue a última hora de la mañana a tomar unas cañas con los amigos que habían pasado por allí para echar una mano. Ha tenido tanto trajín que no ha podido ni sacar la cámara para hacer una foto a su hijo y al amigo de su amigo, que pintaban la fachada.

Por la tarde se ha sacudido la pereza, ha caminado contra el maldito viento, ha vuelto a abrir el cierre y, cuando ha entrado y ha inhalado el olor a pintura, ha cerrado la puerta con llave.

El escaparate está cegado parcialmente con papel de embalaje, ni ve ni es vista.
Ha puesto la radio, que la acompaña como si sus voces estuvieran allí sólo para ella. La música es un ayudante más, la música es, según ella, la suprema de las artes.
Y, en lo alto de la escalera, mientras deshacía lo hecho hacía unos días para mejorarlo, mientras se llenaba las uñas de pintura y papel, se decía que la soledad era eso.
Y que no estaba mal.
Dejemos que lea un rato.

Construyendo, 7

por artista desconocida
Publicado originalmente: 11ene09


Poco a poco, el local va cambiando de aspecto.
Estaba deseando dar sepultura a ese azulón frío y corporativo que olía a caja registradora. Ayer forró las columnas azulonas con mapas topográficos y de carreteras. Hoy, por fin, ha terminado de pintar el marco del escaparate y la puerta de entrada, que ahora lucen morado proscrito, un término medio entre lila y nazareno, si es que puede haber término medio entre una flor y un calvario.

Poco a poco, el karma del local va cambiando también.
Todos los días, antes de desnudarse en la trastienda para enfundarse en la ya áspera ropa de obrero, enciende un palito de incienso y pone música para arremangarse de buen rollo.

Cada persona que va pasando por allí, va dejando buenos y deseos y vibraciones.
El hijo, hasta hace semanas purito intelecto, se encarga de todo lo que pesa demasiado, todo lo que sea desmontar, golpear, pintar, desarrollar un esfuerzo físico.

La hija echa una mano y opina en decoración como si no hiciera sólo mes y medio del día en que le vino la primera regla, como si no tuviera su dormitorio hecho un desastre.

Los amigos apoyan, aportan ideas, aconsejan y, si viene al caso, arriman el hombro.

Entre todos conseguiremos que sea acogedor, se dice ella liando un cigarro mientras contempla el resultado de la tarea de hoy, a pesar del maldito techo técnico. En las últimas semanas se le han llenado las manos de callos y pequeñas heriditas. Se me están poniendo manos de hombre, piensa mientras frota con los dedos de la derecha la palma de la izquierda.

Y cae en la cuenta de que el hombre  que ha adelantado el dinero para el salto al mundo real del universo proscrito, el mecenas misterioso al que ella apenas ha visto en concurridas reuniones tres o cuatro veces en su vida- ni siquiera se ha encontrado con él para pedirle o recibir el dinero, bastó un correo electrónico-, no ha puesto nunca los pies allí.
Ni probablemente lo vaya a hacer.
Tal vez le sirvan estas crónicas escritas en la tardía noche, cuando nuestra luchadora duerme y yo, artista noctámbula, caliento mis palabras al calor de una copa y un buen fuego.

Gracias.
Hoy va por él.
Sé que nos lee.

Construyendo, 6

por artista desconocida
Publicado originalmente: 29dic08


Su hijo adolescente va pintando con el rodillo y ella va rematando tras él.
En un receso para fumar un cigarro, observa orgullosa a la sangre de su sangre.

Y piensa en lo importante que resulta en la vida de cualquiera conocer de cerca el trabajo duro. Mientras los amigos de su hijo estarán tirados en el sofá jugando a la Play, él está ahí, dando el callo para ayudar a su madre a que uno de sus proyectos vea la luz, sintiéndose importante en el entramado familiar, necesario, útil.
Hombre.

Mientras el chaval escurre el rodillo, ella le cuenta que su abuelo a su edad llevaba dos años subido a un andamio.

Piensa en lo mucho que ella ha peleado por sacar adelante a sus cachorros durante los últimos años, y toma el esfuerzo de su primogénito como un regalo de Navidad envuelto con primor de manos agradecidas.

Al chaval lo lastraba lo mismo que a todos los chicos de su generación: una monotonía muelle en la que sólo había que escribir una carta a los Reyes o hacer un mohín de disgusto para que todos sus deseos se vieran concedidos. Una vida sin sacrificios. Que es lo mismo que una vida sin premios. Sin lecciones de las que aprender a sobrevivir.

Pero en los últimos tiempos la realidad ha ido a visitarle con toda su crudeza. Ha entrado en la adolescencia sin abuelos y sin padre. Ella es quien tiene que enseñarle a encajar, esquivar y noquear. A cazar.

Él se vuelve y la mira sonriente:

– Parece que no, pero esto cansa ¿eh?
– Es una lección práctica …- contesta ella encogiéndose de hombros.
– Ya- contesta antes de que acabe la frase-. Como tú dices: forma parte del entrenamiento para la vida.

Construyendo, 5

por artistadesconocida
Publicada originalmente: 22dic08


Le duelen los riñones y decide hacer un alto para descansar y liarse un cigarrito.
Su primogénito ha estado ayudando por la mañana, le ha dado la tarde libre para que salga a divertirse un poco con los amigos; no quiere saturarle con lecciones prácticas de la vida.

Pensaba haber empezado hoy a pintar la trastienda, pero ahora que sólo le falta una estantería por desmontar, ahora que ya ha conseguido apilar todos los trastos en el centro de la habitación, descubre que las paredes están demasiado agujereadas para pintarlas sin más. Hará falta dar masilla. Suerte que tuvo la precaución de comprarla en la mañana. Imposible empezar hoy. Ya son las nueve de la noche, tardará un buen rato en tapar los agujeros y poner la cinta de carretero. Pintar es lo que menos tiempo lleva. Y está derrengada.

Es lógico que el local tuviera mal karma, se dice observando las paredes agujereadas hasta el dolor, la frialdad de las luces de neón, la falta de amor por el trabajo recogida bajo los disuasorios colores corporativos de la franquicia. Ninguno de los ocupantes anteriores amaba lo que hacía. Vamos a divertirnos mucho juntos, dice dejando el cigarro en el cenicero.

Y vuelve a la tarea, celebrando el haber trabajado siempre hombro con hombro con hombres y poder prever que, cuando se sueltan todos los tornillos de una estructura, ésta cae.

 

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