Escribir para comprender

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Confianza, risa y recuerdos compartidos

por Marisol Oviaño


Él es una especie en vías de extinción, el último hombre en España que disfruta de una vida que ya ha desaparecido para la inmensa mayoría de los varones.

Durante los últimos treinta y ocho años se ha estado levantando cada mañana para ir a su negociado y, cuando volvía a las cuatro de la tarde, los niños estaban en orden, la casa limpia y recogida, la ropa planchada y la mesa, puesta. Sólo tenía que sentarse a esperar que le sirvieran la comida.

Ambos vienen de familias de  posibles, y desde que tuvieron el segundo hijo —tienen cuatro—en su casa siempre ha habido una persona de servicio, a la que la  esposa alecciona para que todo esté al gusto del señor. A cambio, él paga otro tipo de servidumbres; el matrimonio es una cuestión de alianzas, de tiras y aflojas, de acuerdos. De división del trabajo. Así, él nunca habla con la interna directamente: se lo dice a su mujer para que se ocupe. Y ella indica al servicio que lave las jarras de cerveza a mano: al señor no le gusta el sabor con el que salen del lavavajillas.

Ella, por su parte, tiene lo que siempre ha querido tener: una familia grande a la que querer, un hombre en el que apoyarse, una vida desahogada con la que ayuda a los demás y un pequeño jardín en el que trabajar y dejar  volar la mente. Ella es todo amor, su amistad es uno de mis pocos refugios.  Aporta más dinero que él, pero nunca le ha dado importancia: siempre le ha tratado como si todo lo debieran a lo que él caza.

Somos amigos desde hace 27 años y, cuando los niños eran muy pequeños, nos veíamos mucho: vacaciones, comidas, planes para fin de semana… Y aunque aquel trajín decayó cuando los chavales empezaron a salir por su cuenta, nunca hemos dejado de vernos. Nuestra amistad ha atravesado casi treinta años sin que las diferentes circunstancias la hayan mermado.

Ayer bajé a comer con ellos con el bañador en el bolso.
Es increíble esa conexión, que sigue ahí, vibrando a pesar de los años.
Esa confianza. Nadie tiene que fingir ser lo que no es, nadie tiene que vigilar lo que dice, todos podemos ser quienes somos, decir lo que pensamos y preguntar lo que no entendemos.

Elena es, probablemente, la mejor persona que conozco.
Y Gonzalo tiene un inteligente, impagable y exquisito sentido del humor, con el que nos hace reír.
Cuando nos conocimos, éramos jóvenes y no sabíamos casi nada de la vida. Ahora, empiezan a dolernos los huesos y llevamos unos cuantos muertos a nuestras espaldas.

Pero el afecto sigue ahí, indiferente al paso del tiempo.
Quizá la amistad se construya sobre recuerdos compartidos.
Y sobre la risa, ese gran pegamento.

La alegría de los viejos amigos

por Marisol Oviaño


A algunas amistades las arrastra la corriente y puede que la marea nunca las devuelva a tu playa. Pasado un tiempo prudencial, dejarás de otear el horizonte, echarás una sábana por encima de los buenos recuerdos, para que no se estropeen; encerrarás los malos bajo llave, para que no duelan; pondrás el libro de tu amigo entre las Obras Completas de tu vida y seguirás tu camino.

A medida que me voy haciendo mayor, valoro más esas amistades que se conservan a pesar de la distancia, del paso del tiempo y del cambio de circunstancias. Imaginad cuánto han cambiado las circunstancias de todos en los últimos 35 años, que es el tiempo que hace que nos conocemos Ramiro y yo. Y a Carlos le conozco desde hace más de veinte años, que fue cuando teníamos una amistad muy estrecha porque vivíamos todos en el mismo pueblo y nos veíamos prácticamente a diario.

Y aunque cuando se marcharon de Torrelodones perdimos la asiduidad, las redes sociales, el guasap y los amigos comunes, nos mantenían en contacto. Ya llevaban mucho tiempo fuera cuando hace casi doce años se ofrecieron a empapelar las paredes de Proscritos con papel de seda de dos colores.

—Tú páganos las cervezas.

Y empapelar con papel de seda no es empapelar con papel pintado, no. Para empezar, hay que planchar cada cuadrícula, no te digo nada cuando se trata de cenefas. Se presentaron con dos chicos jóvenes que querían aprender el oficio —Carlos era el diseñador del invento— y una semana y cien litros de cerveza después, Proscritos pasó de ser un local anodino a ser uno de los establecimientos más originales y acogedores de Torrelodones. Trabajaron como cabrones por echarnos una mano a mis hijos y a mí, que estábamos pasando por serias dificultades. Sin pedir ni esperar nada a cambio, por mera amistad.

Desde entonces nos hemos visto de uvas a brevas, una vez al año todo lo más y no todos los años. Ahora vuelven a vivir relativamente cerca, y el otro día me pusieron un mensaje para preguntarme si quería tomar el aperitivo. Y ahí  estamos, celebrando la rentrée.

Madres distraídas, colegios caros

por Marisol Oviaño


Por alguna razón, la vida trae a mi costa gente encantadora, simpática y brillante que está muy mal de la cabeza. Tan mal, que creen ver en mí un tablón en el naufragio. Como si yo no estuviera, como todos, a merced de las olas.

Hace dos semanas llamé a una ambulancia para que salvara la vida a el hombre que busca su camino, que se había tomado todo su tratamiento psiquiátrico y llevaba dos días agonizando.

Y este  viernes cené con la mujer impaciente, que, aunque menos drástica porque es madre, también tiene lo suyo a cuenta de una madre que siempre ha preferido leer a hablar con sus hijos.

Ella, el hombre que busca su camino y mi ex están cortados por el mismo patrón: ingeniosos, simpáticos, divertidos; niños bien con madres frías, distantes y muy lectoras (estoy escribiendo sobre ese tipo de maternidad). Y esas no son las únicas coincidencias entre ellas: todas habían sido alumnas del colegio XXX, o habían enviado  a sus hijos a que estudiaran allí, que era donde estudiaban los hijos de la élite intelectual, política y económica. En el caso de mi exsuegra se daban las dos circunstancias: alumna y madre de alumnos.

—¡Lo del colegio no puede ser casualidad! —exclamó entre pincho y pincho la mujer impaciente, hija de alumna—. Tienes que investigar y escribir sobre eso.
—No sé… Quizá tenga más que ver con la clase social que con el colegio.
—No es la clase social —negó con vehemencia—. La familia de mi exmarido era riquísima y de rancio abolengo y se tocaban, y se abrazaban, y se besaban.
—Pero ¿qué tiene que ver el colegio con que tu madre no te dé un beso?
—No lo sé, investígalo.

Pero, sin investigar nada, creo que el secreto está en que se trata de familias que siempre se sintieron intrusas,  impostoras, en la clase alta. Familias que habían ascendido por propios méritos en la escala social y no querían desentonar entre quienes eran ricos desde hacía muchas generaciones.  Madres que no abrazaban y besaban a sus hijos porque creían que no debían hacerlo delante del servicio o porque, simple y sencillamente, consideraban que esas efusiones eran propias de las clases inferiores. Madres que  no hacían demostraciones de cariño a sus hijos porque pensaban que así los protegían, sin saber el daño que les estaban haciendo.

Entrenamiento del guerrero

por Marisol Oviaño
Poema del año 2014


Cuando te vienes abajo
y empiezas a pasar de todo,
a caminar encorvado
con la cabeza entre los hombros,
y a encajar los golpes
sin ofrecer ninguna resistencia,
te veo muerto.

Entonces cruzo el campo de batalla
con el kit de primeros auxilios del guerrero,
y aunque me duele más que a ti
te inyecto
RABIA
RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA
RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA, RABIA.
Entonces
te levantas
y luchas.
Resucitas.

Cárcel mental

por Marisol Oviaño


El hombre que me habla vino  ayer a verme
como cuando era el hombre que me secuestra(ba):
con nocturnidad y alevosía.

Pero no venía a decirme
«sube al coche»,
hace muchos años que no jugamos a que me dejo secuestrar.

Venía buscando un sparring, alguien con experiencia en aguantar y embridar esa rabia difusa que siempre le ha consumido… y que el aislamiento de la pandemia ha agravado. Especialmente desde que, hace un año, sus ancianos padres huyeron de la capital y se  instalaron con él, que siempre ha vivido de prestado en el chalet familiar.

De modo que, a pesar de que el hombre que me habla reside en su cuarto de adolescente, a pesar de que sigue siendo un tipo atractivo, elegante y con mucha clase, ahora es un viejo que vive con viejos. Sus padres gastan la poca vida que les queda viendo la televisión, devorando horas y horas de noticias sobre la covid-19, y se encierran en la habitación, aterrados, las dos veces a la semana que pasa por allí la asistenta.

Mi amigo, que ha huido siempre del compromiso porque quería ser independiente, que se revolvía en la silla cuando  yo le recordaba que, tarde o temprano, todos tendremos que cuidar de alguien o necesitar que nos cuiden, estaba ayer sentado frente a mí. Con el volquete de rabia preparado para descargar.

Hubo una época en las que nos veíamos varios días a la semana, porque conmigo se relajaba y lo pasábamos muy bien. Él pasaba por la trinchera proscrita para secuestrarme, y yo me subía a su coche sin saber a dónde íbamos: ¡era tan agradable ser sólo una pasajera y no tener que tomar decisiones!

Nos conocemos muy bien y sabe que puede venir a hablar conmigo cuando quiera.
Pero este interminable tiempo de restricciones han hecho mella en él, y ayer la conversación derivó demasiado pronto a lo delirante, a lo minúsculo, al árbol que no deja ver el bosque. A la ira del príncipe que se duele del guisante bajo los colchones.

Habríamos necesitado mucho tiempo para aflojar sus tuercas, y no lo teníamos: eran casi las nueve de la noche, sólo faltaban dos horas para el toque de queda y hacía demasiado frío para sentarse en una terraza.  Cuando él se dio cuenta de lo tarde que era y empezó a irse, sin acabar de marcharse, no le pregunté si quería ir a tomar algo.

Tal vez, si el lunes —odia salir los fines de semana— hace sol,  le llame para ver si quiere que nos sentemos en una terraza. Ayer no le eché un cable porque me siento incapaz de ejercer de amiga sin el calorcito del aperitivo.

Aunque no sé si serviría de algo llamarle: jamás acepta planes, tiene que proponerlos él.
Y, aun en el caso de que consintiera, todavía tendríamos que encontrar una terraza en la que sus muchísimas manías nos permitieran sentarnos.

La última vez que intentamos tomar algo juntos, fuimos a más de seis bares que habíamos frecuentado hacía años. Pero en uno no le gustaba la pinta de las aceitunas, en otro había un cliente con una corbata muy fea, en aquel le molestaba la voz del camarero… Yo me limitaba a sonreír, compadeciéndome de la cárcel mental en la que vive.

Al final, cogimos el coche y nos fuimos a otro pueblo, donde encontramos un lugar que pasó su examen. O tal vez ya le dio vergüenza volver a cambiar, vaya usted a saber.
Y cuando, al fin, estábamos sentados mirando la carta, mi hijo llamó para decir que mi hija se había desmayado.
Tuvimos que salir pitando sin haber tomado nada.

Así que tal vez nos veamos y tal vez no.
Nuestra relación nunca ha dependido de mí.

El calor de la amistad

por Marisol Oviaño


Ayer, durante la sobremesa, el hombre en la sombra se levantó y me abrazó por detrás con precaución covidiana.

—Toda una vida, Marisol —dijo emocionado—. Llevamos toda una vida juntos.

Han pasado muchas cosas durante estos tres meses en los que, a pesar de que hablamos prácticamente a diario, no nos hemos podido ver. Primero él se fue a pasar la Navidad con la familia a su tierra, después hizo una gira profesional por toda su comunidad y, cuando volvió, confinaron mi pueblo.

El fin de semana pasado habíamos quedado, por fin, para comer.
Pero ingresaron de urgencia a su hermano pequeño —también amigo mío—, con lo que en principio parecía un ictus. Fue una semana muy dura. El hospitalizado y yo ahora nos vemos de Pascuas a Ramos,  siempre de casualidad y en casa de el hombre en el sombra. Pero, gracias a nuestra conexión artística, hubo una época en la que pasábamos largas horas hablando por Messenger a diario. Y, en el ámbito más personal, se atrevió a unirse a nuestra caravana española en México cuando huíamos del caos. Tiene un papel muy relevante en la biografía de nuestra familia; mis hijos y yo le queremos mucho. A él y a mí nos une ese tipo de amor que puede volver a florecer en cualquier momento.

Un amor que no tiene nada que ver por el que siento por su hermano.
El hombre en la sombra y yo nos queremos de manera activa: hablamos por trabajo casi a diario, intercambiamos muchos guasaps y todas las semanas encontramos un rato para charlar tranquilamente. Antes de la pandemia, comíamos juntos una vez al mes, a veces dos. Tras tres meses de vínculo exclusivamente telefónico, estábamos deseando vernos.

Por suerte, tras una semana ingresado, al convaleciente lo mandaron para casa  sin secuelas (aunque todavía siguen haciéndole pruebas). Y, como el peligro parecía haber pasado,   el hombre en la sombra y yo  habíamos quedado ayer para vernos relajadamente.

Pero cuando estaba a punto de salir con mis zapatillas a dar el facultativo paseo de primera hora de la mañana, me sonó una alarma en el móvil. Alguien con miles de seguidores había retuiteado un artículo que me acababan de publicar casi por sorpresa en Voz Pópuli   .  Después de todos los años que  el hombre en la sombra llevaba diciéndome que debería probar a publicar en otro medio, la realidad, al fin, venía a darle la razón.

Sólo él y yo sabemos cuántos años llevamos trabajando juntos, codo con codo.
Yo extendiendo mis fabulosos planes sobre la mesa, él bajándome a tierra.
Yo creo en él y él cree en mí, confiamos el uno en el otro.
Y, además, nos reímos mucho.
Nos queremos.

Tenemos una de esas maravillosas y raras relaciones en las que los amigos crecen juntos y nunca dejan de enriquecerse el uno al otro, a pesar de sus diferencias.  Hemos sido compañeros de trabajo, jefe el uno del otro, socios… Nos conocemos desde todos los puntos de vista. Y llevamos tanto tiempo levantando castillos en el aire, que hace años que abordamos mis ideítas con mucha modestia.

Pero ayer no me frenó, al contrario, me dijo: “Pisa el acelerador. Dale prioridad absoluta”.
Y aquí, estoy, a punto de derribar los muros de Jericó con mis trompetas.
Apoyándome en su fe en mí.

(Él y sólo él sabe la razón de la fotografía que ilustra este artículo)

Sangre fría

por Marisol Oviaño


Una vez más,
hay que volver a reinventar la rueda
pensar
estudiar
echar cuentas
tener paciencia para no desesperar.

En la era de la inmediatez,
el secreto sigue siendo el mismo de siempre:
aceptar que las cosas pasarán cuando tengan que pasar.
Y que lo único que puedes hacer es  prepararte
cada día
para ese momento.

La ola llegará cuando tenga que llegar,
tú solo tienes que estar listo para surfearla.
Pero nadie nos dice
lo importante que es tener sangre fría.


Zozobras maternas

por Marisol Oviaño


Sólo hay una cosa que me dé miedo: que mis hijos murieran antes que yo.

Ambos estuvieron al borde de la muerte cuando eran pequeños.
La benjamina, por una malformación aneurismática en el cerebro que los médicos vieron cuando todavía estaba dentro de mí.
El mayor, por una meningitis de la que murieron muchos niños aquel año.

Por fortuna, la experiencia que había adquirido con su hermana me hizo comprender que le pasaba algo raro, y no perdí un minuto en llevarlo al hospital. Unas horas después, habría sido demasiado tarde.

Le hicieron una punción lumbar. «Qué duro es, no ha llorado, y eso que han tenido que pincharle dos veces”, comentó el médico. Y  cuando se confirmó el  temido diagnóstico, le dejé con las enfermeras y fui a buscar a su pediatra, que estaba pasando consulta en un edificio anexo. Todavía recuerdo la histeria con la que él, que también trataba a mi hija, me preguntó casi gritando si el niño tenía manchas azules.

— ¡No lo sé! —contesté rompiendo a llorar.

Gracias a mi pequeña había aprendido a auscultar, a poner sondas nasogástricas, a hacer fisioterapia pulmonar y ejercicios de estimulación muscular.
Pero no sabía nada de meningitis.
Era como volver a la casilla de salida.
Tener la certeza de que la muerte podía llegar por tantos caminos… que yo no podría estar deteniéndola en todos.

Solo podía hablar con ella, caerle bien. ”Y luchar”, había dicho la muerte cuando habíamos negociado meses atrás por una brutal bronquiliotis . “Y luchar”, había asentido yo dando una profunda calada al cigarro antes de apagarlo y volver  al campo de batalla.

Aneurismas, meningitis, atropellos, accidentes … El miedo a que mis cachorros mueran va adherido a mí.  Pero no le hago ni puñetero caso. Casi siempre, incluso cuando compruebo a las seis de la mañana que la cama de alguno de ellos está vacía, lo ignoro con éxito.

Pero hay días en los que el mal presentimiento te acompaña como un nubarrón enganchado en tu cumbre, y no hay manera de soslayarlo.

El viernes de la semana pasada, el nubarrón ya estaba ahí cuando abrí los ojos.
La noche anterior, la hija se había ido a la cama muy pronto.

—¿Ya te acuestas?
—Sí, que llevo todo el día con dolor de cabeza. Me voy a dormir.

¡Aneurisma!¡Aneurisma! aullaron mis alarmas. Y,  a pesar de que los dolores de cabeza siempre le duran solo unas horas y se van con un ibuprofeno,  pasé a modo de alerta. Me visualicé llamando al 112 mientras me vestía y hacía un resumen de las 100 páginas del historial de mi hija para que mandasen una ambulancia con urgencia.  Mi mente estaba en zafarrancho de combate, pero nadie que me estuviera viendo en aquel momento arrepanchigada en el sofá, disfrutando de un vino y de alguna película, se habría dado cuenta.Tras 25 años de entrenamiento, ya  practico los simulacros  casi de manera automática.

Como siempre y por fortuna, no pasó nada.
Al día siguiente, me levanté antes que ella; se había cogido el día libre en el trabajo porque le quedaban días de vacaciones  y no madrugaba. Camino del baño, el nubarrón y yo pasamos por la habitación de su hermano, que ya estaba teletrabajando, y fuimos derechitos a la suya.
Mi niña dormía plácidamente, bien calentita bajo su edredón; no estaba muerta. Pero que respirase no garantizaba nada más que las constantes vitales, el cerebro podía estar encharcándose.

Por un momento, pensé en despertarla y obligarla a levantarse para ver si coordinaba. Pero probablemente el dolor de cabeza le habría dada mala noche, y preferí dejarle descansar. De modo que remoloneé con el desayuno para darle tiempo a que despertara. Finalmente, tuve que marcharme antes de que abandonara las sábanas.

Llovía mucho.
El cenizo nubarrón y yo abrimos la trinchera proscrita. Recogimos las cortinillas  hechas de cinta de vídeo, encendimos las luces y el ordenador, subimos el termostato del radiador y comenzamos a elaborar un informe de lectura.
Llovía, llovía y llovía.
También dentro.

A las once, hice un alto para ponerle un mensaje a mi hija.

¿Qué tal has dormido?

No contestó.
Sabía que tenía cita a las 12:30 para recoger el título del máster en la secretaría de la facultad. Y como el nubarrón no paraba de acosarme por más que yo intentaba centrarme en el trabajo, a las doce le puse un guasap a su hermano.

Tu hermana se ha ido ya, ¿no?

 Pero mi preocupación le llegó durante una videollamada con su jefa, y tampoco contestó.
Entonces sonó mi móvil.
En cuanto vi el nombre de mi hija en la pantalla, supe que algo andaba mal. Tan mal que temí que no fuera ella quien llamaba, sino un desconocido que había buscado “Mamá” en la agenda de contactos.

—Mamá, el coche me ha hecho aquaplaning —dijo muy nerviosa sin saber cuánto me tranquilizaba oír su voz— y me he estrellado contra la mediana.
—¿Pero tú cómo estás?
—Yo estoy bien, no me ha pasado nada, no te preocupes.

En cuanto dijo que no me preocupara, entré en modo amago de infarto. Por muy bien que se sintiera, todavía estaba en medio del fragor de la autopista esperando que llegara la grúa, el taxi y la Guardia Civil. Todavía podría arrollarla algún coche despistado.

—¿Estás sola?
—No, un tío ha parado a ayudarme.

Gracias, Señor, por los hombres y ese instinto que les lleva a proteger a las mujeres. Más tarde,  mi hija me contaría que aquel hombre había aparcado el coche delante del suyo, se había encargado de lo más peligroso —poner los triángulos— y se había quedado con ella hasta que llegó la Guardia Civil.

Ella es demasiado joven para entender ciertas cosas y  no se le ocurrió pedirle su número de teléfono. Pero él es una de las razones de este artículo: me gustaría encontrarlo y mandarle una caja de vino —o lo que le apetezca—por Navidad. Me encantaría poder darle las gracias.

Por suerte, mi mal presentimiento quedó solo en susto.
Mi hija —y yo— se ha quedado sin coche, barata le ha salido la lección.
Disfrutad de la vida, que es corta.



La vida proscrita

por Marisol Oviaño

Mi domingo es hoy, lunes.
Ayer los tres dedicamos  la mañana a limpiar y yo, además, a cocinar: venían mi madre y mi hermano a comer.

Tras los riquísimos pasteles que ella había traído de la pastelería Mallorca, pasamos un rato muy divertido experimentando con las fantásticas  cajas de la repostería poscovid. Después, los hombres se pusieron a jugar a la Play y las mujeres nos quedamos de charla.

Cuando los invitados se fueron, a eso de las siete de la tarde, cogí mi máquina y me bajé a la trinchera a disfrutar de un rato de vida proscrita. Pero no llevaba media hora allí cuando el hombre que quiere romper con su destino me lanzó un SOS en un audio de guasap. Sonaba tan borracho, que hice lo que me dijo el otro día el hombre en la sombra: “¡Marisol, abraza tu cruz!” y le ofrecí asilo.

Estoy en la trinchera proscrita. Vente para acá hasta que se te pase.

Aunque decía que estaba cerca y yo sabía que había estado comiendo en un restaurante a cien metros de aquí, tardó casi quince minutos en llegar. Me ofrecí a ir a buscarle un café, pero antes de que me pusiera en marcha, se tumbó en el incómodo sofá estilo bauhaus que heredé de mi abuela. Se dio con la cabeza en el brazo de madera y le di el respaldo del otro sillón a juego, para que lo usara de almohada. Y ahí se quedó, desmadejado. Con sus brillantes y negras katiuskas hasta la rodilla, un estrecho pantalón color blanco roto y un carísimo jersey de rombos en tonos grises. Un look total. Tanto, que pensé que si alguien le veía desde el escaparate, si se corría la voz, yo siempre podría decir que se trataba de una performance literaria.

El hombre que quiere romper con su destino había tenido una comida en la que se juega mucho. Una comida en la que él, que lleva meses sin beber por la medicación, habría tenido que trasegar alcohol como un hombretón. De modo que le dejé dormir y le eché por encima un amoroso y grueso chal de cachemir que me regaló mi madre las  navidades pasadas.

—Muchas gracias, Marysun —sonrió entre sueños.

Yo regresé a mis quehaceres en la parte del aula, oculta a los ojos de los paseantes. Por suerte, llovía a ratos y poco a poco la calle se fue quedando en silencio, no hacía noche para pasear. A mi alrededor, y a excepción de la pequeña lamparita que había enganchado en la pantalla del ordenador, todo era oscuridad. Y él se movía tan poco, que llegué a concentrarme completamente. A ratos se me olvidaba que estaba sola, pero entonces él gemía. Calculé que necesitaría dormir unas tres horas y avisé a mis hijos de que no me esperaran a cenar.

A las tres horas clavadas, se despertó como si le hubieran inyectado algún estimulante y se sentó conmigo atrás para ponerme al día de toda la información que yo aún no tenía. En los últimos meses hemos pasado muchísimas horas juntos, somos amigos y yo le acompaño en este viaje alucinante a su nueva vida. Sentado
en la penumbra, me desgranó el siguiente y osado paso del plan para cortar definitivamente con su destino. Yo solo podía escuchar, hacer alguna pregunta, aprender. Quererlo como es.

A eso de las doce,  se acordó de que no había dado de comer a sus perros.
Lo acompañé hasta la puerta, recogí mis cosas y volví a casa.
Todo el mundo estaba ya durmiendo.
Vi un capítulo de Atlanta mientras me tomaba un yogur. (Yo comiendo yogures, quién me ha visto y quién me ve).
Después me fui a la cama y ni siquiera leí, caí agotada.

Ahora son casi las tres de la tarde.
He corregido varios artículos, todo está bajo control: me voy a comer.
El hombre que quiere romper con su destino estará ahora comiendo con un cliente. Imagino que deseando terminar para pasar a la siguiente reunión, esa en la que se lo juega todo.

Hoy todavía no he hablado con nadie.
En casa solo me esperan el gato y la tele, los chicos comen en el trabajo hoy.
Pero estoy preparada para que esa tranquilidad vuelva a romperse de un momento a otro.
Porque así es la  vida proscrita.
Yo la elegí.

Instinto de supervivencia

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 6oct18

(Pincha en el vídeo para oír la música mientras lees)

La vida es conflicto.
Cuanto antes lo sepas,
mejor para ti:
no perderás tiempo quejándote,
sino que te armarás para combatir al enemigo.

Tendrás que luchar contra tus hermanos, contra tu madre, contra tu padre,contra tus compañeros del cole, contra los maestros, contra tus amigos, contra tus enemigos, contra tu primer ligue de instituto, contra el que te explota, contra el casero abusón, contra el inquilino moroso, contra tus vecinos, contra tu jefe, contra tus compañeros, contra tus empleados, contra tus proveedores, contra tus clientes, contra el banco, contra el Estado, contra ese tío que siempre lleva el perro suelto, contra esa cerda que deja la basura en el portal, contra la enfermedad, contra el dolor, contra los políticos, contra tu pareja, contra tus hijos.

La vida no es sino un campo de batalla del que,
con suerte,
sólo saldrás herido.

Cuanto antes lo sepas, mejor para ti.
Y para los tuyos.

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