por Marisol Oviaño


El hombre que me habla vino  ayer a verme
como cuando era el hombre que me secuestra(ba):
con nocturnidad y alevosía.

Pero no venía a decirme
«sube al coche»,
hace muchos años que no jugamos a que me dejo secuestrar.

Venía buscando un sparring, alguien con experiencia en aguantar y embridar esa rabia difusa que siempre le ha consumido… y que el aislamiento de la pandemia ha agravado. Especialmente desde que, hace un año, sus ancianos padres huyeron de la capital y se  instalaron con él, que siempre ha vivido de prestado en el chalet familiar.

De modo que, a pesar de que el hombre que me habla reside en su cuarto de adolescente, a pesar de que sigue siendo un tipo atractivo, elegante y con mucha clase, ahora es un viejo que vive con viejos. Sus padres gastan la poca vida que les queda viendo la televisión, devorando horas y horas de noticias sobre la covid-19, y se encierran en la habitación, aterrados, las dos veces a la semana que pasa por allí la asistenta.

Mi amigo, que ha huido siempre del compromiso porque quería ser independiente, que se revolvía en la silla cuando  yo le recordaba que, tarde o temprano, todos tendremos que cuidar de alguien o necesitar que nos cuiden, estaba ayer sentado frente a mí. Con el volquete de rabia preparado para descargar.

Hubo una época en las que nos veíamos varios días a la semana, porque conmigo se relajaba y lo pasábamos muy bien. Él pasaba por la trinchera proscrita para secuestrarme, y yo me subía a su coche sin saber a dónde íbamos: ¡era tan agradable ser sólo una pasajera y no tener que tomar decisiones!

Nos conocemos muy bien y sabe que puede venir a hablar conmigo cuando quiera.
Pero este interminable tiempo de restricciones han hecho mella en él, y ayer la conversación derivó demasiado pronto a lo delirante, a lo minúsculo, al árbol que no deja ver el bosque. A la ira del príncipe que se duele del guisante bajo los colchones.

Habríamos necesitado mucho tiempo para aflojar sus tuercas, y no lo teníamos: eran casi las nueve de la noche, sólo faltaban dos horas para el toque de queda y hacía demasiado frío para sentarse en una terraza.  Cuando él se dio cuenta de lo tarde que era y empezó a irse, sin acabar de marcharse, no le pregunté si quería ir a tomar algo.

Tal vez, si el lunes —odia salir los fines de semana— hace sol,  le llame para ver si quiere que nos sentemos en una terraza. Ayer no le eché un cable porque me siento incapaz de ejercer de amiga sin el calorcito del aperitivo.

Aunque no sé si serviría de algo llamarle: jamás acepta planes, tiene que proponerlos él.
Y, aun en el caso de que consintiera, todavía tendríamos que encontrar una terraza en la que sus muchísimas manías nos permitieran sentarnos.

La última vez que intentamos tomar algo juntos, fuimos a más de seis bares que habíamos frecuentado hacía años. Pero en uno no le gustaba la pinta de las aceitunas, en otro había un cliente con una corbata muy fea, en aquel le molestaba la voz del camarero… Yo me limitaba a sonreír, compadeciéndome de la cárcel mental en la que vive.

Al final, cogimos el coche y nos fuimos a otro pueblo, donde encontramos un lugar que pasó su examen. O tal vez ya le dio vergüenza volver a cambiar, vaya usted a saber.
Y cuando, al fin, estábamos sentados mirando la carta, mi hijo llamó para decir que mi hija se había desmayado.
Tuvimos que salir pitando sin haber tomado nada.

Así que tal vez nos veamos y tal vez no.
Nuestra relación nunca ha dependido de mí.