Escribir para comprender

Categoría: Gente que se cruza en mi camino

Madres distraídas, colegios caros

por Marisol Oviaño


Por alguna razón, la vida trae a mi costa gente encantadora, simpática y brillante que está muy mal de la cabeza. Tan mal, que creen ver en mí un tablón en el naufragio. Como si yo no estuviera, como todos, a merced de las olas.

Hace dos semanas llamé a una ambulancia para que salvara la vida a el hombre que busca su camino, que se había tomado todo su tratamiento psiquiátrico y llevaba dos días agonizando.

Y este  viernes cené con la mujer impaciente, que, aunque menos drástica porque es madre, también tiene lo suyo a cuenta de una madre que siempre ha preferido leer a hablar con sus hijos.

Ella, el hombre que busca su camino y mi ex están cortados por el mismo patrón: ingeniosos, simpáticos, divertidos; niños bien con madres frías, distantes y muy lectoras (estoy escribiendo sobre ese tipo de maternidad). Y esas no son las únicas coincidencias entre ellas: todas habían sido alumnas del colegio XXX, o habían enviado  a sus hijos a que estudiaran allí, que era donde estudiaban los hijos de la élite intelectual, política y económica. En el caso de mi exsuegra se daban las dos circunstancias: alumna y madre de alumnos.

—¡Lo del colegio no puede ser casualidad! —exclamó entre pincho y pincho la mujer impaciente, hija de alumna—. Tienes que investigar y escribir sobre eso.
—No sé… Quizá tenga más que ver con la clase social que con el colegio.
—No es la clase social —negó con vehemencia—. La familia de mi exmarido era riquísima y de rancio abolengo y se tocaban, y se abrazaban, y se besaban.
—Pero ¿qué tiene que ver el colegio con que tu madre no te dé un beso?
—No lo sé, investígalo.

Pero, sin investigar nada, creo que el secreto está en que se trata de familias que siempre se sintieron intrusas,  impostoras, en la clase alta. Familias que habían ascendido por propios méritos en la escala social y no querían desentonar entre quienes eran ricos desde hacía muchas generaciones.  Madres que no abrazaban y besaban a sus hijos porque creían que no debían hacerlo delante del servicio o porque, simple y sencillamente, consideraban que esas efusiones eran propias de las clases inferiores. Madres que  no hacían demostraciones de cariño a sus hijos porque pensaban que así los protegían, sin saber el daño que les estaban haciendo.

Cárcel mental

por Marisol Oviaño


El hombre que me habla vino  ayer a verme
como cuando era el hombre que me secuestra(ba):
con nocturnidad y alevosía.

Pero no venía a decirme
«sube al coche»,
hace muchos años que no jugamos a que me dejo secuestrar.

Venía buscando un sparring, alguien con experiencia en aguantar y embridar esa rabia difusa que siempre le ha consumido… y que el aislamiento de la pandemia ha agravado. Especialmente desde que, hace un año, sus ancianos padres huyeron de la capital y se  instalaron con él, que siempre ha vivido de prestado en el chalet familiar.

De modo que, a pesar de que el hombre que me habla reside en su cuarto de adolescente, a pesar de que sigue siendo un tipo atractivo, elegante y con mucha clase, ahora es un viejo que vive con viejos. Sus padres gastan la poca vida que les queda viendo la televisión, devorando horas y horas de noticias sobre la covid-19, y se encierran en la habitación, aterrados, las dos veces a la semana que pasa por allí la asistenta.

Mi amigo, que ha huido siempre del compromiso porque quería ser independiente, que se revolvía en la silla cuando  yo le recordaba que, tarde o temprano, todos tendremos que cuidar de alguien o necesitar que nos cuiden, estaba ayer sentado frente a mí. Con el volquete de rabia preparado para descargar.

Hubo una época en las que nos veíamos varios días a la semana, porque conmigo se relajaba y lo pasábamos muy bien. Él pasaba por la trinchera proscrita para secuestrarme, y yo me subía a su coche sin saber a dónde íbamos: ¡era tan agradable ser sólo una pasajera y no tener que tomar decisiones!

Nos conocemos muy bien y sabe que puede venir a hablar conmigo cuando quiera.
Pero este interminable tiempo de restricciones han hecho mella en él, y ayer la conversación derivó demasiado pronto a lo delirante, a lo minúsculo, al árbol que no deja ver el bosque. A la ira del príncipe que se duele del guisante bajo los colchones.

Habríamos necesitado mucho tiempo para aflojar sus tuercas, y no lo teníamos: eran casi las nueve de la noche, sólo faltaban dos horas para el toque de queda y hacía demasiado frío para sentarse en una terraza.  Cuando él se dio cuenta de lo tarde que era y empezó a irse, sin acabar de marcharse, no le pregunté si quería ir a tomar algo.

Tal vez, si el lunes —odia salir los fines de semana— hace sol,  le llame para ver si quiere que nos sentemos en una terraza. Ayer no le eché un cable porque me siento incapaz de ejercer de amiga sin el calorcito del aperitivo.

Aunque no sé si serviría de algo llamarle: jamás acepta planes, tiene que proponerlos él.
Y, aun en el caso de que consintiera, todavía tendríamos que encontrar una terraza en la que sus muchísimas manías nos permitieran sentarnos.

La última vez que intentamos tomar algo juntos, fuimos a más de seis bares que habíamos frecuentado hacía años. Pero en uno no le gustaba la pinta de las aceitunas, en otro había un cliente con una corbata muy fea, en aquel le molestaba la voz del camarero… Yo me limitaba a sonreír, compadeciéndome de la cárcel mental en la que vive.

Al final, cogimos el coche y nos fuimos a otro pueblo, donde encontramos un lugar que pasó su examen. O tal vez ya le dio vergüenza volver a cambiar, vaya usted a saber.
Y cuando, al fin, estábamos sentados mirando la carta, mi hijo llamó para decir que mi hija se había desmayado.
Tuvimos que salir pitando sin haber tomado nada.

Así que tal vez nos veamos y tal vez no.
Nuestra relación nunca ha dependido de mí.

© 2021 Marisol Oviaño

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