por artistadesconocida
Publicado originalmente: 14dic08
Fotografía en contexto original:


Ha pasado toda la mañana trabajando como una mula.

Por la tarde ha tenido la feliz idea de decirle a su hijo de quince años que la acompañara a mover un par de cosas de peso. Aunque él había amenazado con estar allí sólo cinco minutos, cuando ha terminado de hacer lo que su madre le pedía, se ha puesto a terminar de desmontar las estanterías: tú ponte a rascar las pegatinas del escaparate, ha dicho con suficiencia masculina.

Tampoco para él debe ser fácil ayudar a desmontar lo que fue él último sueño de su padre. Pero también necesita dejar de apresurar el paso y mirar al frente cada vez que pasa por delante de este maldito lugar que no tiene nombre, sólo es “el local”. Quizá también para él resulte catártico construir una nueva ilusión sobre las ruinas, quemar las sábanas de los fantasmas.

Cuando se marcha, después de haber desmontado todo lo desmontable, su madre se queda un rato más. Le apetece estar sola, liarse un cigarro y fumar de espaldas al caos de tubos y tablas que hay a su espalda, mirando a la calle, como parte del escaparate. Porque eso es lo que va a ser cuando pinte el cierre de otro color.

De camino a casa- ocho minutos dando un paseo-, para en la plaza del pueblo a tomar una caña con un amigo, al que quiere hacer un par de consultas. Apenas veinte minutos.

Desde que ha decidido reabrir el local, pasa muchas horas en la cocina: mata la ansiedad y el miedo cocinando con amor, dedicando a cada plato el tiempo que merece. Pero hoy está tan cansada, que encendería el fuego y se quedaría toda la noche frente a él.

Entra en la cocina y pone música que, como el flautista de Hamelin, atrae a su hija de doce años.
Mami ¿te ayudo a hacer la cena? Ha dicho poniéndose el delantal. Tú siéntate y dime qué voy haciendo.

Guisantes con jamón y pescado a la romana.
Ya lo decía el abuelo: familia unida jamás será vencida.