por artista desconocida
Publicado originalmente: 29dic08


Su hijo adolescente va pintando con el rodillo y ella va rematando tras él.
En un receso para fumar un cigarro, observa orgullosa a la sangre de su sangre.

Y piensa en lo importante que resulta en la vida de cualquiera conocer de cerca el trabajo duro. Mientras los amigos de su hijo estarán tirados en el sofá jugando a la Play, él está ahí, dando el callo para ayudar a su madre a que uno de sus proyectos vea la luz, sintiéndose importante en el entramado familiar, necesario, útil.
Hombre.

Mientras el chaval escurre el rodillo, ella le cuenta que su abuelo a su edad llevaba dos años subido a un andamio.

Piensa en lo mucho que ella ha peleado por sacar adelante a sus cachorros durante los últimos años, y toma el esfuerzo de su primogénito como un regalo de Navidad envuelto con primor de manos agradecidas.

Al chaval lo lastraba lo mismo que a todos los chicos de su generación: una monotonía muelle en la que sólo había que escribir una carta a los Reyes o hacer un mohín de disgusto para que todos sus deseos se vieran concedidos. Una vida sin sacrificios. Que es lo mismo que una vida sin premios. Sin lecciones de las que aprender a sobrevivir.

Pero en los últimos tiempos la realidad ha ido a visitarle con toda su crudeza. Ha entrado en la adolescencia sin abuelos y sin padre. Ella es quien tiene que enseñarle a encajar, esquivar y noquear. A cazar.

Él se vuelve y la mira sonriente:

– Parece que no, pero esto cansa ¿eh?
– Es una lección práctica …- contesta ella encogiéndose de hombros.
– Ya- contesta antes de que acabe la frase-. Como tú dices: forma parte del entrenamiento para la vida.