por mujerabasedebien
Publicado originalmente: 10 nov 08


Hay días en los que odia ese maldito cuerpo lleno de vida, y envidia a las mujeres de pelo blanco y manos sarmentosas, a las piedras y a los muertos.

Hay mañanas en las que el cuerpo se levanta pidiendo
guerra
guerra
guerra.
De nada sirve razonar con él y explicarle que no conviene, que es un jaleo, que… Antes de que haya terminado de hablar, el cuerpo, ese enemigo, lo habrá inundado todo de un olor inconfundible. Un olor que la acompañará cuando vaya a esa reunión, cuando discuta con el proveedor, cuando atienda al mensajero, cuando abra la puerta al tipo que viene a arreglar la lavadora, cuando se cruce con el vecino, cuando vaya a por el pan. Un olor que se filtrará por el teléfono, por el teclado del ordenador, por el tubo de escape del coche. Un olor que atraerá a los machos, que los hará revolotear: ahora me acerco, ahora me alejo, ahora vuelvo a acercarme, ahora vuelvo a alejarme, ahora me vuelvo a acercar…

No podrán resistirse al olor, no podrán quedarse quietecitos con la mirada baja.
Alfombrarán de claveles la Gran Vía, susurrarán las palabras más certeras para llegar al centro de su cerebro, esparcirán el deseo y se marcharán.
Porque despertar el deseo empieza a ser suficiente.
Y a ella comenzará a dolerle todo el sistema muscular, como a un yonqui privado de su dosis.

Se siente como cuando de niña le decían: el perro puede oler el miedo, no tengas miedo.
¿Cómo dejar de tener miedo?
¿Cómo dejar de ser una hembra?
¿Cómo apagar el rubor de las mejillas, la sonrisa de los labios?
¿Cómo velar el brillo de los ojos?
¿Cómo dejar de darles miedo?

Con un burka.