por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: explora


Bajo la nieve, el cristal que me estaba reservado.

Me quedé admirando la belleza de la sangre derramada, fascinada por aquel diabólico y humeante granizado. Después entré en casa corriendo, ¡mamá, me he hecho sangre!

Llegaría la primera sangre que manaba sin herida y que me expulsaba para siempre del paraíso de la infancia.

Y las gotitas rojas que rubricaron mi ingreso en la vida adulta la primera vez que me abrí para recibir a un hombre dentro de mí.

La sangre en la bata del médico que trajo a mi hijo al mundo.

La sangre en las bolsas de la UCI en la que mi hija luchaba por su vida.

La sangre en mis manos de cazadora sin amo, en las fauces de mis cachorros, sangre de mi sangre, que devoran cada pieza que abatiré hasta que aprendan a cazar por sí mismos.

Mi sangre.

Hasta la última gota