por Marisol Oviaño

Mi domingo es hoy, lunes.
Ayer los tres dedicamos  la mañana a limpiar y yo, además, a cocinar: venían mi madre y mi hermano a comer.

Tras los riquísimos pasteles que ella había traído de la pastelería Mallorca, pasamos un rato muy divertido experimentando con las fantásticas  cajas de la repostería poscovid. Después, los hombres se pusieron a jugar a la Play y las mujeres nos quedamos de charla.

Cuando los invitados se fueron, a eso de las siete de la tarde, cogí mi máquina y me bajé a la trinchera a disfrutar de un rato de vida proscrita. Pero no llevaba media hora allí cuando el hombre que quiere romper con su destino me lanzó un SOS en un audio de guasap. Sonaba tan borracho, que hice lo que me dijo el otro día el hombre en la sombra: “¡Marisol, abraza tu cruz!” y le ofrecí asilo.

Estoy en la trinchera proscrita. Vente para acá hasta que se te pase.

Aunque decía que estaba cerca y yo sabía que había estado comiendo en un restaurante a cien metros de aquí, tardó casi quince minutos en llegar. Me ofrecí a ir a buscarle un café, pero antes de que me pusiera en marcha, se tumbó en el incómodo sofá estilo bauhaus que heredé de mi abuela. Se dio con la cabeza en el brazo de madera y le di el respaldo del otro sillón a juego, para que lo usara de almohada. Y ahí se quedó, desmadejado. Con sus brillantes y negras katiuskas hasta la rodilla, un estrecho pantalón color blanco roto y un carísimo jersey de rombos en tonos grises. Un look total. Tanto, que pensé que si alguien le veía desde el escaparate, si se corría la voz, yo siempre podría decir que se trataba de una performance literaria.

El hombre que quiere romper con su destino había tenido una comida en la que se juega mucho. Una comida en la que él, que lleva meses sin beber por la medicación, habría tenido que trasegar alcohol como un hombretón. De modo que le dejé dormir y le eché por encima un amoroso y grueso chal de cachemir que me regaló mi madre las  navidades pasadas.

—Muchas gracias, Marysun —sonrió entre sueños.

Yo regresé a mis quehaceres en la parte del aula, oculta a los ojos de los paseantes. Por suerte, llovía a ratos y poco a poco la calle se fue quedando en silencio, no hacía noche para pasear. A mi alrededor, y a excepción de la pequeña lamparita que había enganchado en la pantalla del ordenador, todo era oscuridad. Y él se movía tan poco, que llegué a concentrarme completamente. A ratos se me olvidaba que estaba sola, pero entonces él gemía. Calculé que necesitaría dormir unas tres horas y avisé a mis hijos de que no me esperaran a cenar.

A las tres horas clavadas, se despertó como si le hubieran inyectado algún estimulante y se sentó conmigo atrás para ponerme al día de toda la información que yo aún no tenía. En los últimos meses hemos pasado muchísimas horas juntos, somos amigos y yo le acompaño en este viaje alucinante a su nueva vida. Sentado
en la penumbra, me desgranó el siguiente y osado paso del plan para cortar definitivamente con su destino. Yo solo podía escuchar, hacer alguna pregunta, aprender. Quererlo como es.

A eso de las doce,  se acordó de que no había dado de comer a sus perros.
Lo acompañé hasta la puerta, recogí mis cosas y volví a casa.
Todo el mundo estaba ya durmiendo.
Vi un capítulo de Atlanta mientras me tomaba un yogur. (Yo comiendo yogures, quién me ha visto y quién me ve).
Después me fui a la cama y ni siquiera leí, caí agotada.

Ahora son casi las tres de la tarde.
He corregido varios artículos, todo está bajo control: me voy a comer.
El hombre que quiere romper con su destino estará ahora comiendo con un cliente. Imagino que deseando terminar para pasar a la siguiente reunión, esa en la que se lo juega todo.

Hoy todavía no he hablado con nadie.
En casa solo me esperan el gato y la tele, los chicos comen en el trabajo hoy.
Pero estoy preparada para que esa tranquilidad vuelva a romperse de un momento a otro.
Porque así es la  vida proscrita.
Yo la elegí.