por Marisol Oviaño


Hace más de veinte años que estuve en su casa por primera vez. Ya entonces,  me pareció un país independiente; hábitat de una manada de hijos, mastines y gatos comandados por la loba alfa. Que se movía como una pantera; todavía hoy es un placer verla caminar.

La casa había sido diseñada por su exsuegro, un arquitecto que ajustó su programa a la precariedad económica de mi amiga  y que, abierto al optimismo,  dejó todo preparado por si algún día a ella le iba mejor y quería agrandarla. Durante la primera fase de nuestra amistad allí no había puertas, las paredes estaban  de cemento —que ella fue pintando—, los grifos eran las propias cañerías y ni siquiera se había cubierto el rasillón del tejado. Eso sí, tenía suelo radiante. Pero, aunque los techos eran altísimos y toda la construcción tenía un intimidante aire industrial, ella conseguía que fuera una casa acogedora. Especial.

Entonces yo era joven, vivía en un adosado, estaba felizmente casada y era madre de dos niños pequeños; ella estaba sola con tres hijos, dos de ellos bastante mayores que los míos. Yo estaba empezando a construir mi biografía y ella, que me llevaba algunos años, estaba reconstruyéndose tras el penúltimo naufragio.

Es una persona fascinante, como todos los hijos de madres raras, ausentes o difuntas que provienen de infancias difíciles o, cuando menos, extrañas. Pero ella, además, tiene una historia familiar que va del Imperio Austro Húngaro a África pasando por Neguri. Aunque por cuna debería haber nadado en la abundancia hasta su muerte, el destino tenía otros planes, y desde muy joven tuvo que buscarse la vida prácticamente sola. Así, cuando la conocí era brusca y dura como un leñador y, al mismo tiempo, elegante,  educada y hechicera como la hija de un rey de un cuento de hadas. No tenía para pagar la luz, pero como mesita auxiliar usaba un viejo baúl de viaje de Louis Vuitton que había pertenecido a su abuela o su bisabuela, princesa de nosequé.

A pesar de su alcurnia, pasó hambre en su niñez: “Había días que desayunaba, comía, merendaba y cenaba solo té”. Quizá por esa razón, por aquel dolor infantil, se dedica profesionalmente a la cocina. Ella fue quien me enseñó costumbres palaciegas, como usar un cuchillo para la mantequilla y una cucharita distinta para cada bote de mermelada. Y, también, hábitos de pobre, como  no desperdiciar verduras para hacer caldos y prepararlos con las pieles de las zanahorias, las hojas duras de las alcachofas, lo verde de los puerros…  

Durante mucho tiempo tuvimos una relación muy estrecha en la que muchas veces, a pesar de que yo era más joven, actuaba como una madre con ella. Con los años he observado que atraigo la amistad de  mujeres desmadradas, supongo que por la fortaleza que imprime el haber crecido en una casa donde nunca faltó amor maternal. Ni paternal. Ni pan en la mesa.

Pero esas amistades tan intensas entre mujeres son muy peligrosas, giran a demasiadas revoluciones.  Y poco a poco, al principio como un runrún sordo, las pequeñeces empiezan a acumularse como partículas de hierro en las palas de la turbina. El primer síntoma de que algo no va bien son las broncas extemporáneas, esas que luego  se rumian a solas. Y, aunque seguramente las dos  amigas se prometan no volver a encabronarse, será en vano: las adherencias no dejarán de crecer y  terminarán por atascar la turbina  hasta hacer imposible su funcionamiento.

Y un buen día, después de una y mil discusiones, ella y yo nos mandamos a tomar viento fresco. Lo necesitábamos, y creo que dejar que corriera el aire entonces fue lo mejor para ambas. Las cosas pasan cuando tienen que pasar, y el aire corrió entre nosotras durante muchos años. Tantos que llegó un momento en el que aquella amistad quedó etiquetada bajo el epígrafe Pasado.

Cuando nos cruzábamos por el pueblo, nos saludábamos. Al principio, como los burros a los aviones; con el tiempo incluso llegamos a sonreírnos. Y hace  cuatro años nos encontramos por casualidad en una esquina, nos pusimos a charlar… y retomamos la relación donde la habíamos dejado. Sin rencores ni reproches.

En todo este tiempo sin vernos, nos han pasado muchas cosas; ya no somos las que éramos.  Ella tiene pareja desde que yo dejé de tenerla, nuestros hijos son mayores, yo ahora vivo en un modesto pisito… Tampoco su casa es la misma; que los grifos sigan siendo las cañerías ahora parece un capricho de diseño más que un síntoma de precariedad. Todas las estancias  tienen su correspondiente puerta, y hay muchos más muebles y cuadros: la casa acoge también las pertenencias, la vida de él. Pero la sensación de poner el pie allí y saber que estás en lugar seguro no ha cambiado.

El jardín, aunque sigue siendo silvestre, también ha evolucionado con ella, que le dedica gran parte de su tiempo libre. Los árboles han crecido, aquí y allá hay grandes macetones con flores, se han ido creando distintos rincones en los que comer, dormir la siesta o pasar la tarde charlando… Y sigue siendo un arca de Noé. Ahora solo hay dos perros y una cotorra, porque últimamente se le han muerto varios perros y gatos, de viejos, pero no pasas treinta segundos sin ver un animal, suyo o autóctono (vencejos, urracas, tórtolas, lagartijas, lagartos…). A muchos, como a la perrita pequeña, la cotorra o a la cría de urraca —que está criando en una habitación aparte—, los encontró heridos o moribundos y los sacó adelante. Todos los bichos le viven mucho tiempo, en su parcela son felices.

Cuando voy a su casa y me siento en la cocina, a esa mesa en la que tantas veces comieron y cenaron nuestros hijos, me vienen recuerdos de las muchas tardes y noches que pasamos frente a su chimenea. El otro día, en un momento que entró en casa a por unas cervezas y yo me quedé sola en el jardín —con los perros, la cotorra, los pájaros silvestres y las lagartijas—, sentí sus raíces.
Y que yo estoy en el sustrato del mismo modo que ella está en mi literatura.

Todo cambió en los años que estuvimos sin vernos. Excepto el cariño y la confianza. Ahora somos más viejas, más sabias. Más locas también. Las dos; que yo también tengo lo mío, pregunten por ahí. Durante un tiempo hemos crecido lejos la una de la otra y ahora, por lo que sea, nuestras vidas vuelven a confluir.

Y es un placer.

Supongo que nos pasa a todos: a medida que nos vamos haciendo mayores, valoramos más a las personas que nos conocen desde hace mucho. Amigos que pueden recordar cosas que tú has olvidado, o que te cuentan algo que tú veías bajo una luz distinta a la suya. Amigos que te ayudan a comprenderte y, por tanto, a entender la vida.

Amigos con los que, ahora que por fin sabes quién eres, puedes ser tú mismo.