por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 25 oct 2009
Fotografía en contexto original: pixy


A la madre se le supone la abnegación como al soldado el valor.
La abnegación se transmite de la abuela a la madre, de la madre a la hija, y de ésta a la nieta. Pero yo creo que las madres completamente abnegadas sólo crían hombres y mujeres débiles y dependientes. Y que la abnegación femenina nos ha llevado a ser mendigas, profesionales del rencor que mueren con la mano extendida esperando una limosna de agradecimiento que nunca llegará.

Cuando termino de comer, me levanto de la mesa sin quitar mi plato y me tumbo en el sofá. Mis hijos se encargan del resto.

Si mi abuela lo supiera, pondría el grito en el cielo.
Mi madre, que lo sabe, me dijo un día: «Pero qué cuajo tienes».
Y un amigo escritor que hasta hace poco no lo sabía, me dijo: «Joder, qué imagen más potente».

Mi abuela venía de un estrato tan humilde, que el matrimonio no la privó de trabajar en una época que sólo trabajaban las mujeres pobres y las locas; después se quedó viuda con cuatro hijos a los que gobernó con mano de hierro y por los que se sacrificó al máximo. Ningún hijo se le torció, pero tampoco ninguno puede recordar un momento en el que se haya reído con su madre.

La mía, que empezó a trabajar con mi padre cuando yo tenía catorce años, me pregunta “¿Cuándo me has visto tú a mí tumbada en el sofá? Yo me quedaba con vosotros recogiendo la cocina”. Ella nunca cargó con la responsabilidad de traer el dinero a casa, como cargo yo. Yo no tengo a quien decirle “acuérdate de que ahora hay que pagar el IBI”. Aunque ella trabajaba y fue pieza clave en el éxito de mi padre, la carga de la economía familiar recaía sobre los hombros de él. “No me compares contigo”, le digo, “compárame con papá”.

Los hombres de mi generación echan de menos los privilegios que sus padres sí disfrutaron: aquel respeto por el cazador, esas siestas en las que nadie podía hacer ruido, el mejor sillón frente a la tele…
Ahora que disfruto de parte de esas prebendas —todavía sigo cocinando yo—, no me extraña que los hombres echen de menos aquellos tiempos.

No hay nada como levantarte de la mesa sin quitar tu plato y tumbarte en el sofá.
No hay nada como ser el único cazador de la casa.
Y que tus hijos se rían de vez en cuando contigo.