Marisol Oviaño

Escribir para comprender

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Conversación entre un moro agnóstico y una católica no practicante en el día del Señor

Por Marisol Oviaño
Publicado el 27ene19
Fotografía en contexto original: almendron

Me gusta bajar los domingos a por el pan, el ambiente en el pueblo es totalmente distinto al del resto de la semana. Es el día de las caras nuevas: las de quienes viven en las urbanizaciones de las afueras y trabajan en Madrid, las de los que se acaban de instalar en el pueblo y sólo conocen los bares de la zona peatonal, las de los forasteros que han venido a pasar el día aquí… Las terrazas suelen estar llenas de familias con niños y la gente está más relajada y parece feliz, como si sólo fuéramos figuración de una comedia romántica. Da gusto andar entre tanto buen rollo.

Pero hoy estoy un poco griposa y mis hijos comen fuera, solo tengo que ir a por el pan; así que limito mi paseíto dominical a los cincuenta metros que me separan de la panadería.  A pesar de que sólo es la una, ya no les quedan barras normales y pido una de candeal relamiéndome: son mi vicio, pero demasiado caras para comerlas a diario. A la vuelta, paso por la trinchera proscrita para encender el radiador del aula como hago todos los domingos. (Quienes me leéis, ya sabéis que paso las tardes dominicales escribiendo aquí).

Cuando estoy cerrando la puerta, me encuentro en la calle con H., que viene de comprar el pan como buen jubilado.  Es marroquí y asiste a uno de mis talleres desde hace un par de años

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El miedo de la escritora

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 1abr19 

Llegas a casa cuando todo el mundo se ha marchado.
Hoy no hay que hacer cenas.
En el salón te han dejado una luz encendida, para que no te tropieces a oscuras con el gato, que también ha cenado. Pero todo está en silencio, el felino no ha salido a recibirte. Mejor, piensas encendiendo el ordenador, así me abro una cerveza y me siento a escribir.

Llevas toda la semana trabajando en la que deseas que sea la última vuelta a Cuestión de supervivencia. Y aprovechando que este viernes no ibas a cambiar el escaparate, has pasado toda la tarde metiendo las últimas correcciones.

Hace unos meses, el hombre en la sombra y tú comisteis en tu casa y, después, bajasteis a la trinchera proscrita. El plan era ver las anotaciones que él había hecho en tu novela. Casi todo lo que sabes de análisis y corrección lo has aprendido de él, su opinión es muy importante para ti.
Pero no sólo por eso.
También es uno de tus mejores amigos y, además, tu socio literario.
La única persona a la que puedes llamar cuando sales de un trance.
La única que podría entender a la escritora y hasta explicarla, porque el cabrón tiene un don para la frase breve, hermosa y contundente.

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La irresponsabilidad de Juana

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 31jul18
Fotografía en contexto original: elcorreo

La última vez que hablamos cara a cara, me suplicó con lágrimas en los ojos que no dejara de escribirle. 

No me dejes olvidar.

En el año que llevábamos separados, había pasado de ser el mejor padre del mundo a ser el peor enemigo de sus hijos: no venía a buscarlos los fines de semana que le correspondía, no los llamaba, no les cogía el teléfono y cuando se cruzaba con ellos a diario, fingía que no los conocía.

– ¡Si ya no nos quiere, ¿por qué no se va a otro sitio para que dejemos de sufrir?!- gritaba mi hijo de doce años.
– ¡Llama a la Guardia Civil para que le echen de aquí! -me exigía mi pequeña de diez.

Por supuesto, tampoco pasaba la pensión alimenticia. Desde la perspectiva de género, soy una mujer maltratada, una víctima. Y el padre de mis hijos, un maltratador que hacía daño a mis hijos sólo para joderme a mí.

Sin embargo, en las cosas del amor no hay verdades absolutas.

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Cuando no puedes escribir

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 23sep18

A raíz de que me rompiera el hombro izquierdo, he estado un mes sin poder escribir en el ordenador.

¡Hazlo con la derecha!, me decían todos.
Pero escribir es como tocar la guitarra: una mano se encarga de los trastes y otra de las cuerdas. Y cuando mis manos se reparten el teclado y trabajan juntas, veo mis pensamientos reflejados en la pantalla casi mientras se producen. Sin embargo, con una sola  me toca ir parando para buscar la “c”, la “t”, el 5… Han tenido que pasar 52 años para que mi derecha supiera lo que hacía mi izquierda, pero ni por esas: no hay manera de escribir de corrido con cinco dedos. Mientras buscas teclas que creías controlar, el flujo de ideas se corta, la Voz calla y la magia se evapora.

¡Pues escribe a mano!
Lo intenté. Pero como llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, tenía que adoptar unas posturas tan raras que al final me dolían hasta las caderas. Y bastante sufrimiento me producía ya el hombro.

La literatura ha sido siempre mi arma secreta; no ha habido problema, dificultad o tragedia que no haya superado escribiendo. Pero un tonto accidente doméstico me había dejado sin superpoderes.

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El escaparate

Por Marisol Oviaño Publicado originalmente: 3feb19 Fotografía en contexto original: studioescaparatismo En los veinte metros que separan mi casa de la trinchera proscrita, la inclemente ventisca me ha llenado de nieve los cristales de las gafas. Entro y cierro la puerta corriendo. La ira de Dios queda al otro lado del cristal, y me recorre una […]

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Domestofobia: avanzando en la destrucción del hombre

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 16sep18
(Las negritas que he puesto en los extractos del artículo de Barbijaputa son mías)

En su afán por dejar al hombre sin refugio, el feminismo subvencionado ya está estableciendo el próximo objetivo: convertir en maltratadores a los hombres que NO pegan a sus mujeres. Incluso lo han bautizado con uno de esos rimbombantes nombres con los que van imponiéndonos su neolengua: domestofobia.

La victimización de la mujer no tiene fin porque la estrategia es muy efectiva: convierten todas las diferencias entre hombres y mujeres en agresión a la mujer. Y la táctica resulta infalible, pues tienen a su servicio a la inmensa mayoría de los medios. Así, casi todas las semanas introducen términos y conceptos nuevos en nuestras vidas: sororidad, micromachismo, heteropatriarcado, manspreading…

Pronto empezaremos a oír hablar de la domestofobia: las altavozas del NWO ya han empezado a inyectar el concepto en nuestros inconscientes. Así lo hace, por ejemplo, este artículo de Barbijaputa sobre sexo doméstico. En un tono entre guasón y amenazador, medio en serio medio en broma, podría estar anticipando qué cosas acabarán considerándose violencia de género.

Barbijaputa, ese ángel que cuida y da voz a todas las mujeres, nos cuenta que infinidad de chicas jóvenes le preguntan: “¿cuántas veces es lo normal acostarte con tu novio?” (que debe ser lo que preguntan las beatas a sus confesores). Y, como es un ser de luz, intenta dar respuesta a tan compleja pregunta.

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Hijos de nuestras decisiones

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 11ago18

El día que muera no dejará gran cosa tras él.
Apenas una vieja furgoneta, unas guitarras y unas cuantas herramientas que, imagino, se repartirán los amigos más cercanos. O tal vez unos chinos, pues el hombre que vive al filo bien podría morir en China, Taiwán, Camboya o alguno de esos países en los que se pierde largas temporadas. Pero apostaría a que faltan muchos años para que eso suceda y, mientras tanto, no importa el lugar  ni las adversidades ni los elementos: él siempre sobrevive gracias a su música. A salto de mata y en la mayor austeridad, pero fiel a una libertad extrema que provoca admiración y miedo a partes iguales.

Al viejo macho alfa lo expulsaron de la manada hace más de diez años. Desde entonces no ha dejado de demostrar que calibraron mal sus fuerzas. No sólo no era un hombre acabado, sino que ahora está más vivo que antes. Las dificultades le han vuelto más resistente, más rápido y todavía más listo de lo que era. No fuma, no bebe, no se droga y apenas come; la maquinaria de su cerebro le provee de todo cuanto necesita.

Y aun así es difícil.

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Chalecos amarillos

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 10dic18

He estado todo el fin de semana pegada al ordenador, siguiendo lo que estaba sucediendo en Francia. He pasado muchas horas conectada a varias páginas que retransmitían en streaming, he buscado información en la red y he leído todo lo que he podido encontrar. En segundo, porque las movilizaciones descontroladas pueden acabar en anarquía. Y a la anarquía suele suceder la guerra y, después, el restablecimiento del orden por algún régimen autoritario –en el peor de los casos, totalitario–. Una revolución sin líder puede ser, además, secuestrada por cualquiera, como ya sucedió aquí con el 15M. (Ahora mismo, en un alarde de lo que Miguel Pérez de Lema denominaría pisuerguismo, los CDrs que intentan paralizar Cataluña están pidiendo a sus miembros que se pongan el chaleco amarillo). Y la tercera y última de las razones por las que desconfío, es porque estos movimientos pueden estar manejados por el poder en la sombra: en la red hay quien dice que tras esta revuelta está Trump , otros apuntan a Putin. Yo no tengo ni idea, de modo que opino por lo que he visto, por lo que he leído y por lo que, como sufridora autónoma española, siento.

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Una mamada consigue más que mil madres histéricas detrás de una pancarta

por Marisol Oviaño
Publicado el 09/jul/18
Fotografías en contexto original: navarra

(El título de este artículo es una cita de Inar de Solange en Seduciendo a dios

Algunos sólo verán en estas imágenes una performance pacífica y festiva de mujeres que luchan por sus derechos.
Yo sólo veo al Santo Oficio.
O al Daesh.
A algo que volverá a encerrarnos a las mujeres bajo siete llaves, con lo que nos ha costado llegar hasta aquí…

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Tras la libertad condicional de la Manada

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 28jun18
Fotografía en contexto original:tribunavalladolid

A raíz de la puesta en libertad provisional de la manada, las feministas vocingleras y subvencionadas han vuelto a poner en marcha su maquinaria de destrucción y han sacado a sus huestes a la calle. De comparsas, muchas mujeres de buena voluntad que creen lo que les han contado: que a una pobre niña la violaron un guardia civil, un militar y otros tres maromos. Que los cabrones de los jueces les han puesto en libertad porque resulta que, también, la Justicia española es patriarcal. Y que mañana cinco hombres te violan a ti o a tu hija y a los violadores no les pasará nada.

Los de la manada han estado casi dos años en la cárcel y, hasta que hable el Supremo, están condenados a nueve; a eso las feministas lo llaman impunidad. Probablemente sólo se verían desagraviadas si los quemáramos vivos en un auto de fe en plaza pública. Pero como saben que todavía no es el momento, han desatado en Sevilla una caza del hombre al más puro estilo de las películas de viejo oeste americano.

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