por Marisol Oviaño


Él es una especie en vías de extinción, el último hombre en España que disfruta de una vida que ya ha desaparecido para la inmensa mayoría de los varones.

Durante los últimos treinta y ocho años se ha estado levantando cada mañana para ir a su negociado y, cuando volvía a las cuatro de la tarde, los niños estaban en orden, la casa limpia y recogida, la ropa planchada y la mesa, puesta. Sólo tenía que sentarse a esperar que le sirvieran la comida.

Ambos vienen de familias de  posibles, y desde que tuvieron el segundo hijo —tienen cuatro—en su casa siempre ha habido una persona de servicio, a la que la  esposa alecciona para que todo esté al gusto del señor. A cambio, él paga otro tipo de servidumbres; el matrimonio es una cuestión de alianzas, de tiras y aflojas, de acuerdos. De división del trabajo. Así, él nunca habla con la interna directamente: se lo dice a su mujer para que se ocupe. Y ella indica al servicio que lave las jarras de cerveza a mano: al señor no le gusta el sabor con el que salen del lavavajillas.

Ella, por su parte, tiene lo que siempre ha querido tener: una familia grande a la que querer, un hombre en el que apoyarse, una vida desahogada con la que ayuda a los demás y un pequeño jardín en el que trabajar y dejar  volar la mente. Ella es todo amor, su amistad es uno de mis pocos refugios.  Aporta más dinero que él, pero nunca le ha dado importancia: siempre le ha tratado como si todo lo debieran a lo que él caza.

Somos amigos desde hace 27 años y, cuando los niños eran muy pequeños, nos veíamos mucho: vacaciones, comidas, planes para fin de semana… Y aunque aquel trajín decayó cuando los chavales empezaron a salir por su cuenta, nunca hemos dejado de vernos. Nuestra amistad ha atravesado casi treinta años sin que las diferentes circunstancias la hayan mermado.

Ayer bajé a comer con ellos con el bañador en el bolso.
Es increíble esa conexión, que sigue ahí, vibrando a pesar de los años.
Esa confianza. Nadie tiene que fingir ser lo que no es, nadie tiene que vigilar lo que dice, todos podemos ser quienes somos, decir lo que pensamos y preguntar lo que no entendemos.

Elena es, probablemente, la mejor persona que conozco.
Y Gonzalo tiene un inteligente, impagable y exquisito sentido del humor, con el que nos hace reír.
Cuando nos conocimos, éramos jóvenes y no sabíamos casi nada de la vida. Ahora, empiezan a dolernos los huesos y llevamos unos cuantos muertos a nuestras espaldas.

Pero el afecto sigue ahí, indiferente al paso del tiempo.
Quizá la amistad se construya sobre recuerdos compartidos.
Y sobre la risa, ese gran pegamento.