Escribir para comprender

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Compañeros

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 12dic19


Hacía tiempo que  no pasábamos un rato las dos solas, pues casi siempre nos vemos por inercias familiares que reúnen a más gente. Y en principio, hoy iba a ser una de esas ocasiones, pues venía a comer a casa con sus nietos y conmigo.

Pero  tras una breve sobremesa, Eude se ha retirado a sus aposentos. Y su hermano jugaba al fútbol a las cinco. Así que, cuando mamá y yo nos hemos quedado solas, hemos quitado el mantel de la mesa y nos hemos mandado mudar a los sofás, donde hemos hablado largo y tendido. De los achaques y la vejez, del colectivismo y la ambición individual, de mi madrina —que se cayó la semana pasada—, de que mi bambú tiene veinte años y está hecho un asquito —¿cuántos años vive un bambú que compras en el chino?— y de que ella no puede tener plantas en la terraza porque se le achicharran. Cuando se ha marchado, he sentido la imperiosa necesidad de bajar a la trinchera proscrita a escribir sobre todo lo que he aprendido ella.

Siempre tuvo claras sus prioridades: nosotros y nuestro padre. Sin embargo, podría haberse limitado a hacer lo que casi todas las mujeres de su generación: cuidar de los niños y la casa y tomar el café con las amigas. Pero esos zapatos le quedaban pequeños.

Si me calzo los míos de niña, la veo haciendo siempre cosas que las otras madres no hacían: estudiaba, aprendía inglés, hacía régimen, iba al gimnasio, llevaba pantalones vaqueros y, a veces, fumaba.  La recuerdo yendo a sus clases del PPO, estudiando con apuntes de varias de carpetas, haciendo ejercicios de mecanografía, pidiéndome que le hiciera un dictado para la taquigrafía… Más tarde, ella acabaría trabajando con mi padre, y fue entonces cuando ascendimos en la escala social. Pero nunca dejó de interpretar el papel de matriarca.

Papá era el único que se libraba de las tareas de la casa, y para mamá habría sido fácil seguir la inercia y propiciar que mi hermano no participara en las labores “femeninas”. Pero impuso que todos los hijos nos hiciéramos la cama, ayudáramos a recoger la cocina y a adecentar el jardín. Yo sólo recuerdo un asunto en el que estableciera diferencia entre las chicas y el único chico: cuando éramos pequeños y pasábamos el verano en la sierra, a la hora de la siesta nosotras teníamos que aprender a coser y él no; a él le ponían a leer. (Nosotras éramos grandes lectoras, pero el benjamín entonces parecía sentir alergia por la lectura). Y realmente no puedo verlo como una discriminación, sino como un regalo: ¡la de veces que habré salvado ropa gracias a que ella me enseñó a coser!

A los tres se nos exigía que sacáramos buenas notas, y a todos se nos alentó a estudiar una carrera. Pero mi hermano, además de por las aspiraciones de nuestra madre —que nos afectaban a todos por igual—, se veía presionado por la ambición de nuestro padre, que le consideraba su heredero natural en la empresa. La construcción era —y sigue siendo— un mundo de hombres; a papá nunca se le habría pasado por la cabeza aprovechar nuestras vacaciones escolares para llevarnos a Silvia o a mí a la fábrica y las obras. De los tres, sólo Paco tenía esa carga. Por ser hombre.

La vida de los hombres no es tan fácil como las feministas radicales la pintan. La vida no es fácil. Nunca. Para nadie. Por eso buscamos alguien que nos complemente y que trabaje codo con codo con nosotros para construir nuestro lugar en el mundo. Y, para que eso funcione, ambas partes tienen que saber cuál es su función en la familia, hasta dónde se puede negociar y cuándo es mejor ceder. La pareja no es un campo de batalla, sino una alianza.

Y cuando miro a mi madre, que supo luchar por sus derechos sin dejar de cuidar de los suyos, comprendo cuán alejado de la realidad está el feminismo actual, que nunca habla del amor. La nueva ola feminista pretende convertir las diferencias entre hombres y mujeres en agravios contra la mujer y, por supuesto, considera la maternidad como un lastre con el que los hombres nos castigan. Como si la mayoría de nosotras no sintiéramos la necesidad de tener hijos a los que amar.

Ser madre es difícil, sí, y cuando los niños son pequeños, puedes sentirse fagocitada por ellos, ¡que me lo digan a mí! Las responsabilidades de la maternidad no terminan ni cuando los hijos son adultos, pero es en ella donde reside nuestro verdadero poder: todos necesitamos el amor incondicional de una madre. Sin él, siempre tendremos miedo a volar.

Además, nos coloca en un lugar preeminente en la familia, desde la que extenderemos redes afectivas que lleguen más allá de las paredes de la casa: los abuelos, los primos, los tíos, los sobrinos, los cuñados, los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos, los amigos… Nuestra facilidad para crear vínculos con otros nos diferencia de los hombres. ¿Por qué habríamos de renunciar a ella?

Por eso no entiendo un feminismo que, en lugar de trabajar para mejorar la complementariedad entre hombres y mujeres, pretende obligar a la mujer a usurpar el papel del hombre incluso aun cuando ella no quiera.

No me interesa un movimiento que demoniza al otro sexo, porque he crecido en una familia en la que todo el mundo desempeñaba su papel y he tenido una madre trabajadora, madre y compañera de su hombre.
De ella aprendí a ser independiente, sí.
Pero, sobre todo, a ser yo también refugio de los mío

Definición de familia (abril 2005)

por Marisol Oviaño

La familia es ese hijo que grita cuando más silencio necesitas, esa mujer que sonríe junto a ti en la foto de la boda y que, diez años después te vuelve loco con sus quejas; ese padre que te llama en mitad de una reunión importante para contarte una solemne tontería, ese primo con el que te emborrachas en todas las bodas, esa abuela que alarga el cuello para indicarte que hables más alto, esa hermana que te sablea, esa cuñada a la que de buena gana te follarías.

La juventud nos hace creer que basta con cerrar la puerta y salir a la calle para dejar atrás a la familia, pero la sabia naturaleza no tarda en enseñarnos que nuestra sangre nos acompañará donde quiera que vayamos. Un buen día nos descubrimos haciendo el mismo gesto que creíamos exclusivo de nuestra madre, o quedándonos sordos como padre, y probablemente muramos de la misma enfermedad que nuestro abuelo.

La gracia de todo esto es que, una millonésima de segundo antes de que fundes tu propia familia, no tienes ni idea del asunto, por mucho que te lo hayan contado. Te enteras cuando ya es demasiado tarde y no puedes coger la maleta y despedirte en el salón, después del café: “Que me he dado cuenta de que yo no valgo para tener una familia. Ya os escribo yo ¿eh?”.

Nadie elige a sus padres, acaso puedes elegir el número de hijos y el momento de tenerlos. Nos creemos que elegimos a la pareja, pero tampoco es cierto, cualquier estudiante de química nos podría explicar el proceso químico del amor y concluir que nuestro cerebro estaba predestinado a enamorarse de esa persona. La familia, así, en frío y sobre el papel, es la falta de libertad de elección.

Y sin embargo, en caliente y sobre la piel, la familia es esa mirada de navegante que intercambias con tu pareja después de haber campeado el temporal, el abrazo inesperado de tu hijo, esa madre de la que no dejas de aprender; ese padre, que te quiso a su despistada manera y por eso andas como andas, esa abuela a la que ahora comprendes, esos hermanos que se emborrachan contigo cuando hace falta… La familia es el único bar que está abierto toda la noche.

© 2022 Marisol Oviaño

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