Escribir para comprender

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Zozobras maternas

por Marisol Oviaño


Sólo hay una cosa que me dé miedo: que mis hijos murieran antes que yo.

Ambos estuvieron al borde de la muerte cuando eran pequeños.
La benjamina, por una malformación aneurismática en el cerebro que los médicos vieron cuando todavía estaba dentro de mí.
El mayor, por una meningitis de la que murieron muchos niños aquel año.

Por fortuna, la experiencia que había adquirido con su hermana me hizo comprender que le pasaba algo raro, y no perdí un minuto en llevarlo al hospital. Unas horas después, habría sido demasiado tarde.

Le hicieron una punción lumbar. «Qué duro es, no ha llorado, y eso que han tenido que pincharle dos veces”, comentó el médico. Y  cuando se confirmó el  temido diagnóstico, le dejé con las enfermeras y fui a buscar a su pediatra, que estaba pasando consulta en un edificio anexo. Todavía recuerdo la histeria con la que él, que también trataba a mi hija, me preguntó casi gritando si el niño tenía manchas azules.

— ¡No lo sé! —contesté rompiendo a llorar.

Gracias a mi pequeña había aprendido a auscultar, a poner sondas nasogástricas, a hacer fisioterapia pulmonar y ejercicios de estimulación muscular.
Pero no sabía nada de meningitis.
Era como volver a la casilla de salida.
Tener la certeza de que la muerte podía llegar por tantos caminos… que yo no podría estar deteniéndola en todos.

Solo podía hablar con ella, caerle bien. ”Y luchar”, había dicho la muerte cuando habíamos negociado meses atrás por una brutal bronquiliotis . “Y luchar”, había asentido yo dando una profunda calada al cigarro antes de apagarlo y volver  al campo de batalla.

Aneurismas, meningitis, atropellos, accidentes … El miedo a que mis cachorros mueran va adherido a mí.  Pero no le hago ni puñetero caso. Casi siempre, incluso cuando compruebo a las seis de la mañana que la cama de alguno de ellos está vacía, lo ignoro con éxito.

Pero hay días en los que el mal presentimiento te acompaña como un nubarrón enganchado en tu cumbre, y no hay manera de soslayarlo.

El viernes de la semana pasada, el nubarrón ya estaba ahí cuando abrí los ojos.
La noche anterior, la hija se había ido a la cama muy pronto.

—¿Ya te acuestas?
—Sí, que llevo todo el día con dolor de cabeza. Me voy a dormir.

¡Aneurisma!¡Aneurisma! aullaron mis alarmas. Y,  a pesar de que los dolores de cabeza siempre le duran solo unas horas y se van con un ibuprofeno,  pasé a modo de alerta. Me visualicé llamando al 112 mientras me vestía y hacía un resumen de las 100 páginas del historial de mi hija para que mandasen una ambulancia con urgencia.  Mi mente estaba en zafarrancho de combate, pero nadie que me estuviera viendo en aquel momento arrepanchigada en el sofá, disfrutando de un vino y de alguna película, se habría dado cuenta.Tras 25 años de entrenamiento, ya  practico los simulacros  casi de manera automática.

Como siempre y por fortuna, no pasó nada.
Al día siguiente, me levanté antes que ella; se había cogido el día libre en el trabajo porque le quedaban días de vacaciones  y no madrugaba. Camino del baño, el nubarrón y yo pasamos por la habitación de su hermano, que ya estaba teletrabajando, y fuimos derechitos a la suya.
Mi niña dormía plácidamente, bien calentita bajo su edredón; no estaba muerta. Pero que respirase no garantizaba nada más que las constantes vitales, el cerebro podía estar encharcándose.

Por un momento, pensé en despertarla y obligarla a levantarse para ver si coordinaba. Pero probablemente el dolor de cabeza le habría dada mala noche, y preferí dejarle descansar. De modo que remoloneé con el desayuno para darle tiempo a que despertara. Finalmente, tuve que marcharme antes de que abandonara las sábanas.

Llovía mucho.
El cenizo nubarrón y yo abrimos la trinchera proscrita. Recogimos las cortinillas  hechas de cinta de vídeo, encendimos las luces y el ordenador, subimos el termostato del radiador y comenzamos a elaborar un informe de lectura.
Llovía, llovía y llovía.
También dentro.

A las once, hice un alto para ponerle un mensaje a mi hija.

¿Qué tal has dormido?

No contestó.
Sabía que tenía cita a las 12:30 para recoger el título del máster en la secretaría de la facultad. Y como el nubarrón no paraba de acosarme por más que yo intentaba centrarme en el trabajo, a las doce le puse un guasap a su hermano.

Tu hermana se ha ido ya, ¿no?

 Pero mi preocupación le llegó durante una videollamada con su jefa, y tampoco contestó.
Entonces sonó mi móvil.
En cuanto vi el nombre de mi hija en la pantalla, supe que algo andaba mal. Tan mal que temí que no fuera ella quien llamaba, sino un desconocido que había buscado “Mamá” en la agenda de contactos.

—Mamá, el coche me ha hecho aquaplaning —dijo muy nerviosa sin saber cuánto me tranquilizaba oír su voz— y me he estrellado contra la mediana.
—¿Pero tú cómo estás?
—Yo estoy bien, no me ha pasado nada, no te preocupes.

En cuanto dijo que no me preocupara, entré en modo amago de infarto. Por muy bien que se sintiera, todavía estaba en medio del fragor de la autopista esperando que llegara la grúa, el taxi y la Guardia Civil. Todavía podría arrollarla algún coche despistado.

—¿Estás sola?
—No, un tío ha parado a ayudarme.

Gracias, Señor, por los hombres y ese instinto que les lleva a proteger a las mujeres. Más tarde,  mi hija me contaría que aquel hombre había aparcado el coche delante del suyo, se había encargado de lo más peligroso —poner los triángulos— y se había quedado con ella hasta que llegó la Guardia Civil.

Ella es demasiado joven para entender ciertas cosas y  no se le ocurrió pedirle su número de teléfono. Pero él es una de las razones de este artículo: me gustaría encontrarlo y mandarle una caja de vino —o lo que le apetezca—por Navidad. Me encantaría poder darle las gracias.

Por suerte, mi mal presentimiento quedó solo en susto.
Mi hija —y yo— se ha quedado sin coche, barata le ha salido la lección.
Disfrutad de la vida, que es corta.



La vida proscrita

por Marisol Oviaño

Mi domingo es hoy, lunes.
Ayer los tres dedicamos  la mañana a limpiar y yo, además, a cocinar: venían mi madre y mi hermano a comer.

Tras los riquísimos pasteles que ella había traído de la pastelería Mallorca, pasamos un rato muy divertido experimentando con las fantásticas  cajas de la repostería poscovid. Después, los hombres se pusieron a jugar a la Play y las mujeres nos quedamos de charla.

Cuando los invitados se fueron, a eso de las siete de la tarde, cogí mi máquina y me bajé a la trinchera a disfrutar de un rato de vida proscrita. Pero no llevaba media hora allí cuando el hombre que quiere romper con su destino me lanzó un SOS en un audio de guasap. Sonaba tan borracho, que hice lo que me dijo el otro día el hombre en la sombra: “¡Marisol, abraza tu cruz!” y le ofrecí asilo.

Estoy en la trinchera proscrita. Vente para acá hasta que se te pase.

Aunque decía que estaba cerca y yo sabía que había estado comiendo en un restaurante a cien metros de aquí, tardó casi quince minutos en llegar. Me ofrecí a ir a buscarle un café, pero antes de que me pusiera en marcha, se tumbó en el incómodo sofá estilo bauhaus que heredé de mi abuela. Se dio con la cabeza en el brazo de madera y le di el respaldo del otro sillón a juego, para que lo usara de almohada. Y ahí se quedó, desmadejado. Con sus brillantes y negras katiuskas hasta la rodilla, un estrecho pantalón color blanco roto y un carísimo jersey de rombos en tonos grises. Un look total. Tanto, que pensé que si alguien le veía desde el escaparate, si se corría la voz, yo siempre podría decir que se trataba de una performance literaria.

El hombre que quiere romper con su destino había tenido una comida en la que se juega mucho. Una comida en la que él, que lleva meses sin beber por la medicación, habría tenido que trasegar alcohol como un hombretón. De modo que le dejé dormir y le eché por encima un amoroso y grueso chal de cachemir que me regaló mi madre las  navidades pasadas.

—Muchas gracias, Marysun —sonrió entre sueños.

Yo regresé a mis quehaceres en la parte del aula, oculta a los ojos de los paseantes. Por suerte, llovía a ratos y poco a poco la calle se fue quedando en silencio, no hacía noche para pasear. A mi alrededor, y a excepción de la pequeña lamparita que había enganchado en la pantalla del ordenador, todo era oscuridad. Y él se movía tan poco, que llegué a concentrarme completamente. A ratos se me olvidaba que estaba sola, pero entonces él gemía. Calculé que necesitaría dormir unas tres horas y avisé a mis hijos de que no me esperaran a cenar.

A las tres horas clavadas, se despertó como si le hubieran inyectado algún estimulante y se sentó conmigo atrás para ponerme al día de toda la información que yo aún no tenía. En los últimos meses hemos pasado muchísimas horas juntos, somos amigos y yo le acompaño en este viaje alucinante a su nueva vida. Sentado
en la penumbra, me desgranó el siguiente y osado paso del plan para cortar definitivamente con su destino. Yo solo podía escuchar, hacer alguna pregunta, aprender. Quererlo como es.

A eso de las doce,  se acordó de que no había dado de comer a sus perros.
Lo acompañé hasta la puerta, recogí mis cosas y volví a casa.
Todo el mundo estaba ya durmiendo.
Vi un capítulo de Atlanta mientras me tomaba un yogur. (Yo comiendo yogures, quién me ha visto y quién me ve).
Después me fui a la cama y ni siquiera leí, caí agotada.

Ahora son casi las tres de la tarde.
He corregido varios artículos, todo está bajo control: me voy a comer.
El hombre que quiere romper con su destino estará ahora comiendo con un cliente. Imagino que deseando terminar para pasar a la siguiente reunión, esa en la que se lo juega todo.

Hoy todavía no he hablado con nadie.
En casa solo me esperan el gato y la tele, los chicos comen en el trabajo hoy.
Pero estoy preparada para que esa tranquilidad vuelva a romperse de un momento a otro.
Porque así es la  vida proscrita.
Yo la elegí.

Mi perspectiva de género

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 01/sep/2019

El hombre en la sombra me ha mandado un artículo que quiere que lea: ¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos? de Claire Dederer

No es un buen artículo, ni siquiera se centra en el tema.
Empieza hablando de los creadores monstruos que se acostaban con jovencitas —el peor de los pecados, según parece— y acaba hablando de lo difícil que es ser madre y escritora. Por el camino, se despacha a gusto contra Woody Allen, que salió absuelto de todos los cargos que le imputaban. Hay una entrevista muy jugosa a otro hijo de Mia Farrow en la que el muchacho asegura que Woody Allen era un buen hombre y que, en cambio, Mia era un monstruo manipulador y maltratador. Pero eso no lo publicarán en El País, así que os la enlazo yo: el caso woody allen…

Dederer establece paralelismos entre Soon Yi y la Tracy de Manhattan
hasta tal punto que, a pesar de que había sido una de sus películas favoritas, cuando intenta volver a ver Manhattan siente arcadas.

Espérate un momento. Claire tendrá mi edad y debe de ser una mujer de mundo. ¿De verdad le escandaliza que una chica de diecisiete tenga una relación con un hombre mayor? Dice que es escritora, ¿a los 17 no se sentía atraída por hombres mayores cultos, educados e interesantes?

Yo sí.
Y diría que todas las chicas en algún momento se sienten atraídas por un hombre mayor: un amigo del padre, un profesor, un entrenador… La curiosidad es innata al ser humano, sin ella seguiríamos en las cavernas.

Yo me inicié en la vida con hombres mayores que yo. A mí me aburrían los chicos de mi edad, que no tenían nada que enseñarme y solo sabían hablar de su moto o del último pedo que se habían cogido. Sin embargo, de los hombres hechos y derechos aprendías mucho. Ellos te abrían la puerta al mundo de los adultos, el mundo real. No era solo la experiencia sexual —que también—; eran las conversaciones profundas, los libros que te regalaban, los restaurantes, los pubs de música tranquila, la gente que conocías…

Uno de ellos solía llevarme a una selecta tertulia en el Gijón en la que había apellidos muy importantes, desde escritores a ministros. Yo siempre saludaba, pedía una cerveza y escuchaba en silencio . Sabía que estaba fuera de lugar, que me llevaban allí casi como a un trofeo, y trataba de pasar inadvertida para que nadie señalara la inconveniencia de mi presencia. Una noche, cuando él y yo nos disponíamos a marcharnos, uno de aquellos hombres insignes me guiñó el ojo y le dijo: “¡Además de guapa, inteligente! ¡Cómo escucha!”. Él me miró sonriente: “Le encanta aprender”.

Me enseñó a creer en mí misma y me dio alas.
Pero para Dederer, solo es un monstruo.
Para mí, un maestro generoso.

Compañeros

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 12dic19


Hacía tiempo que  no pasábamos un rato las dos solas, pues casi siempre nos vemos por inercias familiares que reúnen a más gente. Y en principio, hoy iba a ser una de esas ocasiones, pues venía a comer a casa con sus nietos y conmigo.

Pero  tras una breve sobremesa, Eude se ha retirado a sus aposentos. Y su hermano jugaba al fútbol a las cinco. Así que, cuando mamá y yo nos hemos quedado solas, hemos quitado el mantel de la mesa y nos hemos mandado mudar a los sofás, donde hemos hablado largo y tendido. De los achaques y la vejez, del colectivismo y la ambición individual, de mi madrina —que se cayó la semana pasada—, de que mi bambú tiene veinte años y está hecho un asquito —¿cuántos años vive un bambú que compras en el chino?— y de que ella no puede tener plantas en la terraza porque se le achicharran. Cuando se ha marchado, he sentido la imperiosa necesidad de bajar a la trinchera proscrita a escribir sobre todo lo que he aprendido ella.

Siempre tuvo claras sus prioridades: nosotros y nuestro padre. Sin embargo, podría haberse limitado a hacer lo que casi todas las mujeres de su generación: cuidar de los niños y la casa y tomar el café con las amigas. Pero esos zapatos le quedaban pequeños.

Si me calzo los míos de niña, la veo haciendo siempre cosas que las otras madres no hacían: estudiaba, aprendía inglés, hacía régimen, iba al gimnasio, llevaba pantalones vaqueros y, a veces, fumaba.  La recuerdo yendo a sus clases del PPO, estudiando con apuntes de varias de carpetas, haciendo ejercicios de mecanografía, pidiéndome que le hiciera un dictado para la taquigrafía… Más tarde, ella acabaría trabajando con mi padre, y fue entonces cuando ascendimos en la escala social. Pero nunca dejó de interpretar el papel de matriarca.

Papá era el único que se libraba de las tareas de la casa, y para mamá habría sido fácil seguir la inercia y propiciar que mi hermano no participara en las labores “femeninas”. Pero impuso que todos los hijos nos hiciéramos la cama, ayudáramos a recoger la cocina y a adecentar el jardín. Yo sólo recuerdo un asunto en el que estableciera diferencia entre las chicas y el único chico: cuando éramos pequeños y pasábamos el verano en la sierra, a la hora de la siesta nosotras teníamos que aprender a coser y él no; a él le ponían a leer. (Nosotras éramos grandes lectoras, pero el benjamín entonces parecía sentir alergia por la lectura). Y realmente no puedo verlo como una discriminación, sino como un regalo: ¡la de veces que habré salvado ropa gracias a que ella me enseñó a coser!

A los tres se nos exigía que sacáramos buenas notas, y a todos se nos alentó a estudiar una carrera. Pero mi hermano, además de por las aspiraciones de nuestra madre —que nos afectaban a todos por igual—, se veía presionado por la ambición de nuestro padre, que le consideraba su heredero natural en la empresa. La construcción era —y sigue siendo— un mundo de hombres; a papá nunca se le habría pasado por la cabeza aprovechar nuestras vacaciones escolares para llevarnos a Silvia o a mí a la fábrica y las obras. De los tres, sólo Paco tenía esa carga. Por ser hombre.

La vida de los hombres no es tan fácil como las feministas radicales la pintan. La vida no es fácil. Nunca. Para nadie. Por eso buscamos alguien que nos complemente y que trabaje codo con codo con nosotros para construir nuestro lugar en el mundo. Y, para que eso funcione, ambas partes tienen que saber cuál es su función en la familia, hasta dónde se puede negociar y cuándo es mejor ceder. La pareja no es un campo de batalla, sino una alianza.

Y cuando miro a mi madre, que supo luchar por sus derechos sin dejar de cuidar de los suyos, comprendo cuán alejado de la realidad está el feminismo actual, que nunca habla del amor. La nueva ola feminista pretende convertir las diferencias entre hombres y mujeres en agravios contra la mujer y, por supuesto, considera la maternidad como un lastre con el que los hombres nos castigan. Como si la mayoría de nosotras no sintiéramos la necesidad de tener hijos a los que amar.

Ser madre es difícil, sí, y cuando los niños son pequeños, puedes sentirse fagocitada por ellos, ¡que me lo digan a mí! Las responsabilidades de la maternidad no terminan ni cuando los hijos son adultos, pero es en ella donde reside nuestro verdadero poder: todos necesitamos el amor incondicional de una madre. Sin él, siempre tendremos miedo a volar.

Además, nos coloca en un lugar preeminente en la familia, desde la que extenderemos redes afectivas que lleguen más allá de las paredes de la casa: los abuelos, los primos, los tíos, los sobrinos, los cuñados, los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos, los amigos… Nuestra facilidad para crear vínculos con otros nos diferencia de los hombres. ¿Por qué habríamos de renunciar a ella?

Por eso no entiendo un feminismo que, en lugar de trabajar para mejorar la complementariedad entre hombres y mujeres, pretende obligar a la mujer a usurpar el papel del hombre incluso aun cuando ella no quiera.

No me interesa un movimiento que demoniza al otro sexo, porque he crecido en una familia en la que todo el mundo desempeñaba su papel y he tenido una madre trabajadora, madre y compañera de su hombre.
De ella aprendí a ser independiente, sí.
Pero, sobre todo, a ser yo también refugio de los mío

Instinto de supervivencia

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 6oct18

(Pincha en el vídeo para oír la música mientras lees)

La vida es conflicto.
Cuanto antes lo sepas,
mejor para ti:
no perderás tiempo quejándote,
sino que te armarás para combatir al enemigo.

Tendrás que luchar contra tus hermanos, contra tu madre, contra tu padre,contra tus compañeros del cole, contra los maestros, contra tus amigos, contra tus enemigos, contra tu primer ligue de instituto, contra el que te explota, contra el casero abusón, contra el inquilino moroso, contra tus vecinos, contra tu jefe, contra tus compañeros, contra tus empleados, contra tus proveedores, contra tus clientes, contra el banco, contra el Estado, contra ese tío que siempre lleva el perro suelto, contra esa cerda que deja la basura en el portal, contra la enfermedad, contra el dolor, contra los políticos, contra tu pareja, contra tus hijos.

La vida no es sino un campo de batalla del que,
con suerte,
sólo saldrás herido.

Cuanto antes lo sepas, mejor para ti.
Y para los tuyos.

Conversación entre un moro agnóstico y una católica no practicante en el día del Señor

Por Marisol Oviaño
Publicado el 27ene19
Fotografía en contexto original: almendron


Me gusta bajar los domingos a por el pan, el ambiente en el pueblo es totalmente distinto al del resto de la semana. Es el día de las caras nuevas: las de quienes viven en las urbanizaciones de las afueras y trabajan en Madrid, las de los que se acaban de instalar en el pueblo y sólo conocen los bares de la zona peatonal, las de los forasteros que han venido a pasar el día aquí… Las terrazas suelen estar llenas de familias con niños y la gente está más relajada y parece feliz, como si sólo fuéramos figuración de una comedia romántica. Da gusto andar entre tanto buen rollo.

Pero hoy estoy un poco griposa y mis hijos comen fuera, solo tengo que ir a por el pan; así que limito mi paseíto dominical a los cincuenta metros que me separan de la panadería.  A pesar de que sólo es la una, ya no les quedan barras normales y pido una de candeal relamiéndome: son mi vicio, pero demasiado caras para comerlas a diario. A la vuelta, paso por la trinchera proscrita para encender el radiador del aula como hago todos los domingos. (Quienes me leéis, ya sabéis que paso las tardes dominicales escribiendo aquí).

Cuando estoy cerrando la puerta, me encuentro en la calle con H., que viene de comprar el pan como buen jubilado.  Es marroquí y asiste a uno de mis talleres desde hace un par de años y, aunque cuando hablamos de política siempre discrepamos, nos llevamos muy bien: ambos somos amantes del buen vino y tenemos sentido del humor. Él, además, una luminosa sonrisa, que enciende cuando me uno a sus pasos.

— ¿Qué? —sonrío guasona a modo de saludo— ¿Ya te han mandado a hacer la compra?
Con idéntica guasa, H. levanta los dos brazos, para que quede constancia de las bolsas que carga.
—¡Y mi mujer en el campo, dando un paseo!
—Para que luego se quejen las feministas.
—La mía, encima, tiene un marido moro —dice desorbitando los ojos de manera cómica—. ¡La que liarían si me vieran en mi pueblo!
—Bueno, convengamos que tú no eres un moro típico —contesto sacando las llaves de mi portal—. Si todos fueran como tú, otro gallo nos cantaría.

Los dos nos echamos a reír y nos despedimos.
Y ahora, mientras cuajo una tortilla de alcachofas, pienso en las ironías de la vida.
Tiene gracia que sea un moro agnóstico el que me esté ayudando, sin saberlo, a recobrar una astillita de fe en el ser humano.

El miedo de la escritora

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 1abr19 


Llegas a casa cuando todo el mundo se ha marchado.
Hoy no hay que hacer cenas.
En el salón te han dejado una luz encendida, para que no te tropieces a oscuras con el gato, que también ha cenado. Pero todo está en silencio, el felino no ha salido a recibirte. Mejor, piensas encendiendo el ordenador, así me abro una cerveza y me siento a escribir.

Llevas toda la semana trabajando en la que deseas que sea la última vuelta a Cuestión de supervivencia. Y aprovechando que este viernes no ibas a cambiar el escaparate, has pasado toda la tarde metiendo las últimas correcciones.

Hace unos meses, el hombre en la sombra y tú comisteis en tu casa y, después, bajasteis a la trinchera proscrita. El plan era ver las anotaciones que él había hecho en tu novela. Casi todo lo que sabes de análisis y corrección lo has aprendido de él, su opinión es muy importante para ti.
Pero no sólo por eso.
También es uno de tus mejores amigos y, además, tu socio literario.
La única persona a la que puedes llamar cuando sales de un trance.
La única que podría entender a la escritora y hasta explicarla, porque el cabrón tiene un don para la frase breve, hermosa y contundente.

En Seduciendo a dios te dio cobertura emocional, profesional y capitalista.
Los dos habéis invertido mucho en tu obra pensando que no sería rápido, pero creyendo que algún día recuperaríais el tiempo, el esfuerzo y hasta el dinero.
Por qué no.
Otros peores que vosotros lo han hecho antes.
Y en esta última década habéis aprendido mucho.

Tú, a tener paciencia. Él, a encontrar la palabra precisa para ayudarte.
Cuando le diste la penúltima version de Cuestión de supervivencia,  resumió tu fracaso en una frase.
«Le falta verdad».
No tuvo que decir nada más, sabías que era cierto.
Y cuando el otro día viste las pocas anotaciones que había hecho en la última versión, tuviste miedo de preguntar.

—Qué pocas notas, ¿no?
—Sí. Te ha costado muchos años, pero ya lo tienes.

Entonces archivaste el documento en la carpeta correspondiente y lo has dejado dormir varios meses.
Hasta hace unos días.
Hoy te has quedado en la trinchera proscrita metiendo correcciones hasta las diez de la noche. En un par de horas has llegado a la página cien. Te queda muy poco y quieres dosificártelo. Así que has apagado y te has subido a casa.
Hoy no hay que hacer cenas.
Ahora toca disfrutar del vértigo.
El miedo vendrá después.

La irresponsabilidad de Juana

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 31jul18
Fotografía en contexto original: elcorreo


La última vez que hablamos cara a cara, me suplicó con lágrimas en los ojos que no dejara de escribirle.

No me dejes olvidar.

En el año que llevábamos separados, había pasado de ser el mejor padre del mundo a ser el peor enemigo de sus hijos: no venía a buscarlos los fines de semana que le correspondía, no los llamaba, no les cogía el teléfono y cuando se cruzaba con ellos a diario, fingía que no los conocía.

– ¡Si ya no nos quiere, ¿por qué no se va a otro sitio para que dejemos de sufrir?!- gritaba mi hijo de doce años.
– ¡Llama a la Guardia Civil para que le echen de aquí! -me exigía mi pequeña de diez.

Por supuesto, tampoco pasaba la pensión alimenticia. Desde la perspectiva de género, soy una mujer maltratada, una víctima. Y el padre de mis hijos, un maltratador que hacía daño a mis hijos sólo para joderme a mí.

Sin embargo, en las cosas del amor no hay verdades absolutas.
Él sólo era un hombre desarbolado y sin brújula. No actuaba movido por el rencor, sino por la deriva autodestructiva en la que estaba inmerso; estaba tan desesperadamente perdido, que todo lo que hacía o dejaba de hacer le perjudicaba. Y yo sabía que, a su extraviada manera, nos quería.
Pero hacía tanto daño a sus propios hijos, nos abría tantas vías de agua, nos arrastraba tan rápido hasta el fondo, que la compasión era un lujo que no podía permitirme. Y tuve que desatar una odiosa guerra contra él.

No dejes de escribirme, me había dicho.
Y yo le escribía para golpearle, para obligarle a mirarse en el espejo, para que dejara de arrastrarnos al infierno, para proteger a mis hijos… Y, también, para dejar una luz encendida en la oscura noche. Busca dentro de ti, en algún sitio tienes que estar.

Me llevó dos años cortar los cabos que nos ataban al lastre. Entonces él se retiró a su guarida y dejó de ser una amenaza inminente para nosotros.
Pero seguí escribiéndole, para que la desmemoria que tanto temía no acabara con él.
Le contaba cosas de sus hijos y a veces adjuntaba fotografías para que, de alguna manera, los viera crecer. Nunca contestó. Tampoco yo lo necesitaba: sabía por otros que me leía.

Al mismo tiempo, ayudé a nuestros cachorros a comprender que su padre no había dejado de quererlos. A que vieran el abandono paterno como un acto de amor hacia ellos: no podía cuidar de sí mismo y se había alejado para no hacerles más daño. Y cuando él murió hace tres años, pudieron llorar al gran padre que un día fue.

Pero no os dejéis engañar por la literatura, también he sentido rabia y ganas de matar. Durante los años más duros fantaseaba con mandarle unos sicarios que le dieran una paliza y un mensaje de cinco palabras: “Esto va por tus hijos”. Pero eso sólo habría servido para vengarme, no habría solucionado nada. Y, además, si salía mal podría dar conmigo en la cárcel.

Saltarme la ley no era un riesgo que pudiera correr: si me detenían, los niños se quedarían sin padre y sin madre. Cuando tienes que defender a tus hijos del autor de sus días, sopesas mucho las consecuencias que tus actos podrían tener para ellos.
Por eso nunca me he creído la historia de Juana.

Esa carita de máscara griega, ese clínex siempre arrugado cerquita del rimmel corrido, esos bracitos abiertos a lo Jesucristo… Los medios nos la presentaron como la víctima de un monstruo, y cubrían la noticia como si se tratara del desembarco de Normandía. Pero por mucho que ella fingiera llorar en el telediario, yo seguía sin creerme nada. De modo que, curiosa como soy, empecé a investigar.

Francesco y Juana se conocieron en Londres en 2005 (en algunos medios dicen 2007) y cuando ella se quedó embarazada, se trasladaron a Granada. Ella regentaba una tienda ecológica y él cuidaba del hijo de ambos, muy alternativo y feminista todo. No parece que Francesco dé el perfil de machirulo opresor, los tíos de Forocoches lo llamarían planchabragas.

En 2009 Juana se fue de marcha y volvió casi a las seis de la mañana, algo que, según Francesco, era muy habitual. Tuvieron una bronca, ella empezó a romper cosas y, cuando fue a emprenderla con el ordenador, Arcuri forcejeó con ella y le hizo daño. Juana se marchó a urgencias y le puso una denuncia por violencia de género.

El abogado de Francesco le recomendó declararse inocente, pero con la LIVG eso significaba orden de alejamiento durante los meses que tardara en salir el juicio (no olvidemos que su papel en la familia era cuidar del niño); de modo que aceptó declararse culpable. Fue condenado en conformidad por un delito de lesiones en el ámbito familiar (artículo 153.2 y 3 del Código Penal), penado con 3 meses de prisión y un año de alejamiento.

Más tarde, Juana se marcharía unos meses de mochilera con una nueva pareja, y dejó a su hijo al cargo de Arcuri, prueba incontestable de que ella sabía que el niño no corría peligro alguno con su padre. Pero aquella relación no cuajó, y antes de que acabara la orden de alejamiento, Juana y Francesco volvían a estar juntos. En 2012 se fueron a vivir a Italia y tuvieron otro hijo.

Ella cuenta que allí vivió un infierno de malos tratos, pero no hay ninguna prueba de ello. No puso ninguna denuncia en Italia, los clientes del alojamiento rural que regentaban decían que se les veía muy felices, los psicólogos que han examinado a los niños no han visto ningún indicio de que hayan sufrido maltrato o hayan visto maltratar a su madre… Este no es un dato baladí, pues a un psicólogo le resulta relativamente fácil detectar cuando un niño es víctima o testigo de malos tratos. Cuando mi hija tenía 12 años sentía tanta rabia hacia su padre, que la llevé a una psicóloga para que la ayudara a librarse del rencor que la estaba envenenando. En una de las sesiones, la terapeuta le pidió que imaginara que una silla era su padre y le dijera todo lo que quisiera. Pues, bien, la niña ni siquiera tuvo valor para levantar la cabeza y mirar a la silla. Porque esas son las cosas que hacen los niños que sufren algún tipo de maltrato.

Pero, a pesar de que no había pruebas que avalaran la versión de Juana, los medios seguían diciendo que Francesco la torturaba, nos contaron que el hijo mayor se había interpuesto entre ella y su padre para que no la pegara más, nos hablaron de “miedo insuperable” (que también aparece en el caso de la Manada), estuvieron en todas las concentraciones del “Juana está en mi casa”… Las feministas escribieron el guión y sacaron a la gente a la calle, Juana interpretó su papel y los medios echaron toda la leña que pudieron a la hoguera de Francesco Arcuri, quien, según he leído, ha interpuesto querellas contra las anarosas de España.

Probablemente a Juana Rivas le haya pasado lo que a muchas mujeres: el marido y la vida que implicaba estar con él se le quedaron pequeños. Probablemente empezaría a asfixiarse. Como me asfixiaba yo.

Pero las decisiones que había tomado en los últimos años le ponían difícil separarse: no tenía más medio de vida que trabajar con su pareja, estaba en un país extranjero, sus hijos estaban escolarizados allí… No le habría resultado fácil que la Justicia le permitiera sacar a los niños de Italia. Y, probablemente, cuando llegó a Granada comentaría su situación con las amigas feministas, que debieron de decirle: “Eso está hecho, déjanos a nosotras”.

A mí, que he vivido el sufrimiento de mis hijos por el abandono de su padre, me resultan odiosas las mujeres que hacen todo lo que pueden por privar a los niños de la figura paterna. Pero comprendo la lógica por la que Juana volvió a denunciar a su pareja por un maltrato imaginario, pues es lo que muchas  hacen para conseguir ventajas en el divorcio. De hecho, se ha convertido en una estrategia habitual de muchos abogados, especialmente los que trabajan a la sombra de asociaciones feministas. Que, no olvidemos, viven de las subvenciones: cuantas más denuncias, más dinero y poder para ellas.

Pero ellas sabían que todavía no habían conseguido su objetivo, esto es, que la palabra de una mujer baste para condenar a un hombre de por vida. Y como corrían el riesgo de que la Justicia no les diese la razón -Juana no tenía ni una sola prueba del presunto maltrato-, “la madre de Maracena” vilipendió a Francesco ante las cámaras, arropada por asociaciones feministas que desde entonces no han dejado de agitar la calle para influir en la opinión pública y obtener -eso creían- una sentencia favorable. Y, aconsejada por ellas, desobedeció las órdenes judiciales que la obligaban a entregar a los niños y cometió delito de sustracción de menores. Es decir, se saltó la ley.

Juana Rivas no pensó un solo momento en las consecuencias que aquello podría tener para sus hijos. Metafóricamente hablando, llamó a los sicarios.
Y la han pillado.

http://www.elmundo.es/andalucia/2018/07/28/5b5b6c96e5fdeacc628b4598.html

https://www.mateobuenoabogado.com/blog/arcuri/

Desde que escribí este artículo, la justicia española y la italiana han hablado. Y la han condenado:

https://www.elmundo.es/espana/2019/03/20/5c927a0e21efa036768b46dd.html

https://elpais.com/sociedad/2019/03/14/actualidad/1552573792_003735.html

Cuando no puedes escribir

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 23sep18


A raíz de que me rompiera el hombro izquierdo, he estado un mes sin poder escribir en el ordenador.

¡Hazlo con la derecha!, me decían todos.
Pero escribir es como tocar la guitarra: una mano se encarga de los trastes y otra de las cuerdas. Y cuando mis manos se reparten el teclado y trabajan juntas, veo mis pensamientos reflejados en la pantalla casi mientras se producen. Sin embargo, con una sola  me toca ir parando para buscar la “c”, la “t”, el 5… Han tenido que pasar 52 años para que mi derecha supiera lo que hacía mi izquierda, pero ni por esas: no hay manera de escribir de corrido con cinco dedos. Mientras buscas teclas que creías controlar, el flujo de ideas se corta, la Voz calla y la magia se evapora.

¡Pues escribe a mano!
Lo intenté. Pero como llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, tenía que adoptar unas posturas tan raras que al final me dolían hasta las caderas. Y bastante sufrimiento me producía ya el hombro.

La literatura ha sido siempre mi arma secreta; no ha habido problema, dificultad o tragedia que no haya superado escribiendo. Pero un tonto accidente doméstico me había dejado sin superpoderes. Y no sólo eso. Además, la recuperación del hombro iba a ser larga, lenta y dolorosa; y tendría que depender de los hijos, de la familia, de los amigos. En cuestión de segundos yo, que soy más independiente que un número primo, me había convertido en una carga para los demás. Y ni siquiera podría escribir para arrancarme la rabia y el mal rollo.

Provengo de una familia en la que las mujeres tienen a gala no necesitar a los demás, eso es de débiles. Mi abuela en mi lugar habría tratado de demostrarnos que podía barrer y fregar toda la casa con un brazo en cabestrillo, porque las de su sangre apretamos los labios y seguimos empujando. Lo malo es que rechinamos tanto los dientes, nos exigimos tanto a nosotras mismas, que acabamos amasando un mohoso rencor que puede colonizarlo todo.

Yo misma soy un bicho bastante huraño. Pero también pragmático: no podía apretar los dientes y seguir empujando, porque cuando me caí ni siquiera podía ponerme unas bragas. Tenía que pedir ayuda sí o sí. Aunque…¿a quién? Todo el mundo se había ido de vacaciones. Podría llamar a mi hermana o a mi madre, que estaban en el pueblo de nuestros ancestros, y pedirles que vinieran a llevarme al hospital. Sabía, sin ningún género de dudas, que podía contar la familia. Pero era mi primer día de libranza y todavía confiaba en que fuera algo que se curara en poco tiempo, no quería alarmarlos antes de conocer el diagnóstico.

Ni mis hijos ni prácticamente ninguno de mis amigos estaban aquí. Siempre quedaba la posibilidad de llamar al 112 como una loca de los gatos, y que fueran unos desconocidos quienes me pusieran las bragas y me echaran algo por encima para bajar a la ambulancia. Demasiado humillante. Demasiado triste. Y la mujer que ama a los perros estaba aquí.

Hace muchos años ella y yo éramos uña y carne y nos veíamos prácticamente a diario, pero aquella amistad era demasiado apasionada y terminó explotando. A partir de entonces, cada una siguió viviendo como si la otra no existiera; pero cuando nos cruzábamos en el pueblo, nos saludábamos con una sonrisa. Supongo que en parte para demostrarle a la otra que te iba fenomenal sin ella, y en parte porque seguíamos queriéndonos.

Un buen día, hará casi dos años, nos cruzamos en la zona peatonal, nos dijimos “Hola” mirándonos a los ojos y ambas detuvimos la marcha. Una preguntó a la otra “Bueno, ¿y tú qué tal?”, y estuvimos charlando un rato. A las dos semanas, me la encontré en una terraza comiendo con su hija y me senté a tomar algo con ellas, poco después se pasó por la trinchera para ver si me apetecía tomar una caña… A pesar de todas las barbaridades con las que doce años antes habíamos dinamitado nuestra amistad, nadie parecía haber elaborado una lista de reproches ni había factura alguna que pagar. Volver a ser amigas ha sido muy fácil.

Pero una cosa es tomar una caña de vez en cuando y ,otra, llamar a alguien para pedirle que te lleve a un hospital. ¿Estaba nuestra recobrada amistad en ese punto? Bueno, pensé, esta llamada me sacará de dudas.

– Hola, ¿qué haces?
– Pues me has pillado justo antes de meterme en la ducha, que tengo un día de locos. Tengo que hacer la compra porque mañana vienen quince personas a comer, tengo que hacer la comida para hoy y salir zumbando porque a las cuatro tengo que estar en el aeropuerto para buscar a mi hija, después tengo que cocinar para la fiesta de mañana… ¿Por?
– Uf… Ya veo que tienes mucho lío. Es que me he caído en la bañera y me duele muchísimo el hombro.
– Voy para allá. ¿Puedes esperar a que me duche?

No sólo me llevó al hospital. También me ayudó a vestirme los siguientes días, cuando pasaba a buscarme para que fuera a su casa a comer, y me ha llevado a rayos y consulta todas las veces que ha hecho falta. Romperme el hombro ha sido como ese cuento japonés en el que el joven hijo de un campesino se cae del caballo y se rompe las dos piernas. ¡Qué mala suerte haberte roto las piernas! le decía todo el mundo. Pero al final resulta que el muchacho se libra de ir a la guerra por tener las dos piernas rotas, y todos en el pueblo dijeron: ¡Qué buena suerte haberte roto las piernas!

Si no me hubiera roto el hombro, la mujer que ama a los perros y yo no tendríamos ahora esta certeza afectiva. Tampoco mi hijo habría tenido oportunidad de demostrarme cuánto me quiere, y mi hija y yo no habríamos pasado grandes ratos cocinando; ambos han reaccionado como adultos y todos lo hemos llevado con buen humor. Si no me hubiera roto el hombro, mi hermana y mi cuñado no habrían venido a buscarme, y él no me habría ganado con ese atril con sujeción de libro que llevó para mi estancia en el pueblo. Si no me hubiera roto el hombro, mi sobrinillo pequeño no me habría partido la carne, ni mi madre me habría duchado y lavado el pelo como cuando era una niña. Si no me hubiera roto el hombro, Patricia – y también Teresa- no llevarían varias semanas sacando y metiendo la mesa de libros proscritos dos veces al día, y Cris y Jose no habrían tenido venido hasta aquí a prestarnos un coche para que Alejandro me llevara a la revisión.

Romperte un hombro es una putada.
Pero es una ocasión como cualquier otra de demostrar tu fragilidad a los otros y dejarte querer.

El escaparate

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 3feb19
Fotografía en contexto original: studioescaparatismo


En los veinte metros que separan mi casa de la trinchera proscrita, la inclemente ventisca me ha llenado de nieve los cristales de las gafas. Entro y cierro la puerta corriendo. La ira de Dios queda al otro lado del cristal, y me recorre una corriente de placer; como cuando de niña jugaba al escondite y me ponía salvo tocando la pared y gritando “¡Casa!”.

En la calle hace un frío que encoge los pulmones, seguro que hoy no viene nadie por aquí.
Mejor.
Quiero cambiar el escaparate, y antes tengo que terminar de picotear los libros que han llegado esta semana.

El proceso por el que determinados títulos acaban expuestos a ojos de los viandantes, es largo y laborioso. Hacer el pedido me lleva varios días: busco información en suplementos culturales, en blogs literarios y en páginas marginales de críticos furibundos; leo los capítulos que cuelgan algunas editoriales y también visito la sección de novedades de las distribuidoras.

Cuando al fin llegan las cajas, invierto un buen rato en cotejar su contenido con el albarán y en dar de alta cada libro en el sistema, trabajo aburrido donde los haya. Después empieza lo bueno, las horas que dedico a picotearlos para terminar de hacerme una idea, y para buscar un párrafo significativo. Cuando lo encuentro, lo copio en el ordenador con una letra grande, añado el título y el autor, meto todo el texto en un recuadro, lo imprimo, lo recorto, lo pongo sobre un trozo de cartulina que haga de marco, y lo pego en el cristal del escaparate.

– Eso es tu valor añadido -dijo un día el hombre en la sombra.

No sé si lo será, sólo sé que es un currazo.
Por suerte, hoy la ventisca mantiene a la gente en sus casas y puedo disfrutar del picoteo con tranquilidad. Con música suave, envuelta en el olor del incienso, concediendo a cada libro la oportunidad de atraparme.

El viento sigue enseñoreándose de esta noche desapacible que, en realidad, sólo es el final de la tarde. Por la calle sólo pasa la gente que va a la Farmacia, para la que este tiempo es sinónimo de temporada alta. A las ocho y media, Mili pasa a despedirse.

—No ha entrado nadie en toda la tarde —me dice con ese gesto rubio tan suyo—. Me voy a casa, que estoy agotada. Nos vemos mañana.

Si me apuro y me quedo hasta las diez, puede que me dé tiempo a todo.
Pero minutos después de que Mili se haya ido, la puerta se abre y da paso a una mujer que conozco. Entonces sé que hoy cerraré sin haber montado el escaparate.

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