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Necesitámos mártires

por Marisol Oviaño

Al hilo de la publicación del libro No nos taparán, de Mimut Hamido Yahia, resubo este artículo, que publiqué en el desaparecido Proscritosblog el 26 de agosto de 2016.


Estoy rabiosamente en contra de la islamización de Europa.
También estoy rabiosamente de acuerdo con las palabras de Valls, Primer Ministro francés: “El ‘burkini’ no es una nueva gama de bañadores, ni una moda. Es la traducción de un proyecto político, de una contrasociedad, fundado en la esclavitud de la mujer”.(elPeriódico)

Y entiendo que algunos municipios de Francia, con los ataques que han sufrido últimamente, prohíban el burkini en las playas. Mi primera reacción fue aplaudir la medida: hoy sólo se ponen el burkini las mujeres musulmanas y dentro de unos años, cuando esas máquinas de parir hayan terminado su trabajo, habrán llenado Europa de hijos de Alá que formarán partidos políticos y ganarán las elecciones. Y no sólo por el tema demográfico: creo que no pocos hombres occidentales hartos del feminismo radical les votarán. Y entonces todas nos bañaremos con burkini por decreto ley.

Pero, después de documentarme y darle muchas vueltas al asunto, no sé si es buena idea prohibirlos. Aunque no tengo ninguna duda de que se trata de un símbolo de la opresión que sufren las mujeres por parte de una ideología que las considera la puerta del infierno (y a los hombres, dicho sea de paso, animales sin ningún control sobre sus instintos); tengo la sensación de que las que se ponen el burkini para ir a la playa son las “modernas”. Las otras, las más conservadoras, no van a la playa. O se meten en el agua cubiertas de pies a cabeza y aguantan con los ropones mojados y llenos de arena todo lo que haga falta.

El burka no pertenece a la tradición islámica, tal y como nos explica Aina Díaz en un magnífico artículo en Infolibre Y el burkini es un invento reciente. Fue diseñado en el 2003 por la australiana de origen libanés Aheda Zanetti . En una entrevista en El Español, dice que lo hizo para que su sobrina pudiera bañarse como las otras niñas, cuya religión desconocemos porque llevaban los mismos bañadores que las niñas católicas, protestantes, budistas, judías o ateas. . En otra entrevista en The Guardian que publica El Diario afirma que lo diseñó para que jugara al vóleibol, . En cualquier caso y a pesar de que Zanetti no está en contra del sometimiento de la mujer al hombre, creo que diseñó el burkini para que las mujeres musulmanas hicieran algo que hasta entonces no podían hacer.

Pero la diseñadora del burkini vive en Australia, un país donde las mujeres son libres de hacer lo que les dé la gana (siempre que no sean musulmanas).  ¿Opinan lo mismo las musulmanas que viven en países islámicos? En un artículo aparecido en El Mundo, varias de ellas aseguran que el burkini es una imposición, e incluso una que supervisa un internado de chicas, asegura: “estas chicas con ‘burkini’ intentan imponer su ley a las jóvenes que no portan el velo, ya que consideran a estas chicas como impías”.

No hace tantos años, cuando las “suecas” llegaban a las playas españolas, el reprimido Juanito español, se relamía con el espectáculo. Pero ponía el grito en el cielo si a su mujer se le ocurría comprarse un bañador que no tapara bien todos sus encantos. Porque la mujer española era “decente”. Y las “suecas”, unas putas. Imaginemos que Juanito español y su mujer hubieran emigrado a un país de “suecas” con buenas playas, Francia, por ejemplo. Y que la policía francesa hubiera multado a la española por llevar un bañador católicamente recatado en lugar de un bikini. ¿Qué habría dicho Juanito español? (ponedle voz de José Luis López Vázquez): “¿Lo ves cómo esto de venir a la playa sólo nos trae problemas? A partir de ahora sólo iremos de excursión al campo. ¡Campo, mucho campo!”.

Por eso, aunque el cuerpo me pide prohibir el burkini, el niqab y demás, no estoy segura de que multar a las mujeres que lo lleven sea lo más inteligente. Para empezar ellas, que ya son víctimas del machismo musulmán, ahora además lo son del enfrentamiento entre el radicalismo islámico y el laicismo occidental. Y después de la primera multa, probablemente el marido les prohibirá ir a la playa. ¿Es eso lo que perseguimos: que las mujeres musulmanas se queden en casa con la pata quebrada, vigilando que sus hijas perpetúen la sumisión?

Pero, por otra parte, no podemos ceder ni un milímetro en este asunto. De modo que se me ocurren soluciones más imaginativas. Si estuviera en mi mano legislar, pondría el foco en los hombres. Y cada vez que hubiera una mujer con burkini en la playa o con niqab en la calle, obligaría a toda su familia a asistir, hombres y mujeres por separado, a cursos bien largos sobre los derechos de la mujer, la igualdad de sexos en Europa y los metodos anticonceptivos.  Y a la familia que se negara a asistir al curso, le pondría una multa de miles de euros o, en caso de que estuvieran recibiendo ayudas del Estado, les retiraría las subvenciones. Y, si fueran extranjeros, los expulsaría del país.

A ellas les facilitaría el acceso a las obras de otras mujeres musulmanas que luchan por conseguir la igualdad (las hay). De este modo nos quedaría esperanza de que empezaran a pensar por sí mismas y a asociarse para alcanzar los mismos derechos que los hombres. Y eso sólo pueden hacerlo ellas: la libertad no puede ni regalarse ni imponerse.

Por supuesto, no soy ingenua y sé que lo tendrán muy difícil.  Como decía Inar de Solange en Seduciendo a dios: “…las mujeres han de librar su batalla entre las paredes de la casa familiar, y el enemigo a batir son sus ancestros, sus tradiciones, sus padres, sus familiares, su entorno. Su dios”. Nadie dijo que fuera fácil. Ninguna lucha por la libertad lo ha sido, a las mujeres occidentales nos ha costado sangre, sudor y lágrimas alcanzar la situación que tenemos ahora. Y ahora ni nosotras ni el Estado podemos luchar por las mujeres musulmanas. El Estado puede decretar leyes que las protejan de las exigencias del radicalismo islámico, y nosotras podemos apoyarlas en su lucha, pero son ellas quienes tienen que poner las mártires.

 

Cárcel mental

por Marisol Oviaño


El hombre que me habla vino  ayer a verme
como cuando era el hombre que me secuestra(ba):
con nocturnidad y alevosía.

Pero no venía a decirme
«sube al coche»,
hace muchos años que no jugamos a que me dejo secuestrar.

Venía buscando un sparring, alguien con experiencia en aguantar y embridar esa rabia difusa que siempre le ha consumido… y que el aislamiento de la pandemia ha agravado. Especialmente desde que, hace un año, sus ancianos padres huyeron de la capital y se  instalaron con él, que siempre ha vivido de prestado en el chalet familiar.

De modo que, a pesar de que el hombre que me habla reside en su cuarto de adolescente, a pesar de que sigue siendo un tipo atractivo, elegante y con mucha clase, ahora es un viejo que vive con viejos. Sus padres gastan la poca vida que les queda viendo la televisión, devorando horas y horas de noticias sobre la covid-19, y se encierran en la habitación, aterrados, las dos veces a la semana que pasa por allí la asistenta.

Mi amigo, que ha huido siempre del compromiso porque quería ser independiente, que se revolvía en la silla cuando  yo le recordaba que, tarde o temprano, todos tendremos que cuidar de alguien o necesitar que nos cuiden, estaba ayer sentado frente a mí. Con el volquete de rabia preparado para descargar.

Hubo una época en las que nos veíamos varios días a la semana, porque conmigo se relajaba y lo pasábamos muy bien. Él pasaba por la trinchera proscrita para secuestrarme, y yo me subía a su coche sin saber a dónde íbamos: ¡era tan agradable ser sólo una pasajera y no tener que tomar decisiones!

Nos conocemos muy bien y sabe que puede venir a hablar conmigo cuando quiera.
Pero este interminable tiempo de restricciones han hecho mella en él, y ayer la conversación derivó demasiado pronto a lo delirante, a lo minúsculo, al árbol que no deja ver el bosque. A la ira del príncipe que se duele del guisante bajo los colchones.

Habríamos necesitado mucho tiempo para aflojar sus tuercas, y no lo teníamos: eran casi las nueve de la noche, sólo faltaban dos horas para el toque de queda y hacía demasiado frío para sentarse en una terraza.  Cuando él se dio cuenta de lo tarde que era y empezó a irse, sin acabar de marcharse, no le pregunté si quería ir a tomar algo.

Tal vez, si el lunes —odia salir los fines de semana— hace sol,  le llame para ver si quiere que nos sentemos en una terraza. Ayer no le eché un cable porque me siento incapaz de ejercer de amiga sin el calorcito del aperitivo.

Aunque no sé si serviría de algo llamarle: jamás acepta planes, tiene que proponerlos él.
Y, aun en el caso de que consintiera, todavía tendríamos que encontrar una terraza en la que sus muchísimas manías nos permitieran sentarnos.

La última vez que intentamos tomar algo juntos, fuimos a más de seis bares que habíamos frecuentado hacía años. Pero en uno no le gustaba la pinta de las aceitunas, en otro había un cliente con una corbata muy fea, en aquel le molestaba la voz del camarero… Yo me limitaba a sonreír, compadeciéndome de la cárcel mental en la que vive.

Al final, cogimos el coche y nos fuimos a otro pueblo, donde encontramos un lugar que pasó su examen. O tal vez ya le dio vergüenza volver a cambiar, vaya usted a saber.
Y cuando, al fin, estábamos sentados mirando la carta, mi hijo llamó para decir que mi hija se había desmayado.
Tuvimos que salir pitando sin haber tomado nada.

Así que tal vez nos veamos y tal vez no.
Nuestra relación nunca ha dependido de mí.

El calor de la amistad

por Marisol Oviaño


Ayer, durante la sobremesa, el hombre en la sombra se levantó y me abrazó por detrás con precaución covidiana.

—Toda una vida, Marisol —dijo emocionado—. Llevamos toda una vida juntos.

Han pasado muchas cosas durante estos tres meses en los que, a pesar de que hablamos prácticamente a diario, no nos hemos podido ver. Primero él se fue a pasar la Navidad con la familia a su tierra, después hizo una gira profesional por toda su comunidad y, cuando volvió, confinaron mi pueblo.

El fin de semana pasado habíamos quedado, por fin, para comer.
Pero ingresaron de urgencia a su hermano pequeño —también amigo mío—, con lo que en principio parecía un ictus. Fue una semana muy dura. El hospitalizado y yo ahora nos vemos de Pascuas a Ramos,  siempre de casualidad y en casa de el hombre en el sombra. Pero, gracias a nuestra conexión artística, hubo una época en la que pasábamos largas horas hablando por Messenger a diario. Y, en el ámbito más personal, se atrevió a unirse a nuestra caravana española en México cuando huíamos del caos. Tiene un papel muy relevante en la biografía de nuestra familia; mis hijos y yo le queremos mucho. A él y a mí nos une ese tipo de amor que puede volver a florecer en cualquier momento.

Un amor que no tiene nada que ver por el que siento por su hermano.
El hombre en la sombra y yo nos queremos de manera activa: hablamos por trabajo casi a diario, intercambiamos muchos guasaps y todas las semanas encontramos un rato para charlar tranquilamente. Antes de la pandemia, comíamos juntos una vez al mes, a veces dos. Tras tres meses de vínculo exclusivamente telefónico, estábamos deseando vernos.

Por suerte, tras una semana ingresado, al convaleciente lo mandaron para casa  sin secuelas (aunque todavía siguen haciéndole pruebas). Y, como el peligro parecía haber pasado,   el hombre en la sombra y yo  habíamos quedado ayer para vernos relajadamente.

Pero cuando estaba a punto de salir con mis zapatillas a dar el facultativo paseo de primera hora de la mañana, me sonó una alarma en el móvil. Alguien con miles de seguidores había retuiteado un artículo que me acababan de publicar casi por sorpresa en Voz Pópuli   .  Después de todos los años que  el hombre en la sombra llevaba diciéndome que debería probar a publicar en otro medio, la realidad, al fin, venía a darle la razón.

Sólo él y yo sabemos cuántos años llevamos trabajando juntos, codo con codo.
Yo extendiendo mis fabulosos planes sobre la mesa, él bajándome a tierra.
Yo creo en él y él cree en mí, confiamos el uno en el otro.
Y, además, nos reímos mucho.
Nos queremos.

Tenemos una de esas maravillosas y raras relaciones en las que los amigos crecen juntos y nunca dejan de enriquecerse el uno al otro, a pesar de sus diferencias.  Hemos sido compañeros de trabajo, jefe el uno del otro, socios… Nos conocemos desde todos los puntos de vista. Y llevamos tanto tiempo levantando castillos en el aire, que hace años que abordamos mis ideítas con mucha modestia.

Pero ayer no me frenó, al contrario, me dijo: “Pisa el acelerador. Dale prioridad absoluta”.
Y aquí, estoy, a punto de derribar los muros de Jericó con mis trompetas.
Apoyándome en su fe en mí.

(Él y sólo él sabe la razón de la fotografía que ilustra este artículo)

Sangre fría

por Marisol Oviaño


Una vez más,
hay que volver a reinventar la rueda
pensar
estudiar
echar cuentas
tener paciencia para no desesperar.

En la era de la inmediatez,
el secreto sigue siendo el mismo de siempre:
aceptar que las cosas pasarán cuando tengan que pasar.
Y que lo único que puedes hacer es  prepararte
cada día
para ese momento.

La ola llegará cuando tenga que llegar,
tú solo tienes que estar listo para surfearla.
Pero nadie nos dice
lo importante que es tener sangre fría.


Zozobras maternas

por Marisol Oviaño


Sólo hay una cosa que me dé miedo: que mis hijos murieran antes que yo.

Ambos estuvieron al borde de la muerte cuando eran pequeños.
La benjamina, por una malformación aneurismática en el cerebro que los médicos vieron cuando todavía estaba dentro de mí.
El mayor, por una meningitis de la que murieron muchos niños aquel año.

Por fortuna, la experiencia que había adquirido con su hermana me hizo comprender que le pasaba algo raro, y no perdí un minuto en llevarlo al hospital. Unas horas después, habría sido demasiado tarde.

Le hicieron una punción lumbar. «Qué duro es, no ha llorado, y eso que han tenido que pincharle dos veces”, comentó el médico. Y  cuando se confirmó el  temido diagnóstico, le dejé con las enfermeras y fui a buscar a su pediatra, que estaba pasando consulta en un edificio anexo. Todavía recuerdo la histeria con la que él, que también trataba a mi hija, me preguntó casi gritando si el niño tenía manchas azules.

— ¡No lo sé! —contesté rompiendo a llorar.

Gracias a mi pequeña había aprendido a auscultar, a poner sondas nasogástricas, a hacer fisioterapia pulmonar y ejercicios de estimulación muscular.
Pero no sabía nada de meningitis.
Era como volver a la casilla de salida.
Tener la certeza de que la muerte podía llegar por tantos caminos… que yo no podría estar deteniéndola en todos.

Solo podía hablar con ella, caerle bien. ”Y luchar”, había dicho la muerte cuando habíamos negociado meses atrás por una brutal bronquiliotis . “Y luchar”, había asentido yo dando una profunda calada al cigarro antes de apagarlo y volver  al campo de batalla.

Aneurismas, meningitis, atropellos, accidentes … El miedo a que mis cachorros mueran va adherido a mí.  Pero no le hago ni puñetero caso. Casi siempre, incluso cuando compruebo a las seis de la mañana que la cama de alguno de ellos está vacía, lo ignoro con éxito.

Pero hay días en los que el mal presentimiento te acompaña como un nubarrón enganchado en tu cumbre, y no hay manera de soslayarlo.

El viernes de la semana pasada, el nubarrón ya estaba ahí cuando abrí los ojos.
La noche anterior, la hija se había ido a la cama muy pronto.

—¿Ya te acuestas?
—Sí, que llevo todo el día con dolor de cabeza. Me voy a dormir.

¡Aneurisma!¡Aneurisma! aullaron mis alarmas. Y,  a pesar de que los dolores de cabeza siempre le duran solo unas horas y se van con un ibuprofeno,  pasé a modo de alerta. Me visualicé llamando al 112 mientras me vestía y hacía un resumen de las 100 páginas del historial de mi hija para que mandasen una ambulancia con urgencia.  Mi mente estaba en zafarrancho de combate, pero nadie que me estuviera viendo en aquel momento arrepanchigada en el sofá, disfrutando de un vino y de alguna película, se habría dado cuenta.Tras 25 años de entrenamiento, ya  practico los simulacros  casi de manera automática.

Como siempre y por fortuna, no pasó nada.
Al día siguiente, me levanté antes que ella; se había cogido el día libre en el trabajo porque le quedaban días de vacaciones  y no madrugaba. Camino del baño, el nubarrón y yo pasamos por la habitación de su hermano, que ya estaba teletrabajando, y fuimos derechitos a la suya.
Mi niña dormía plácidamente, bien calentita bajo su edredón; no estaba muerta. Pero que respirase no garantizaba nada más que las constantes vitales, el cerebro podía estar encharcándose.

Por un momento, pensé en despertarla y obligarla a levantarse para ver si coordinaba. Pero probablemente el dolor de cabeza le habría dada mala noche, y preferí dejarle descansar. De modo que remoloneé con el desayuno para darle tiempo a que despertara. Finalmente, tuve que marcharme antes de que abandonara las sábanas.

Llovía mucho.
El cenizo nubarrón y yo abrimos la trinchera proscrita. Recogimos las cortinillas  hechas de cinta de vídeo, encendimos las luces y el ordenador, subimos el termostato del radiador y comenzamos a elaborar un informe de lectura.
Llovía, llovía y llovía.
También dentro.

A las once, hice un alto para ponerle un mensaje a mi hija.

¿Qué tal has dormido?

No contestó.
Sabía que tenía cita a las 12:30 para recoger el título del máster en la secretaría de la facultad. Y como el nubarrón no paraba de acosarme por más que yo intentaba centrarme en el trabajo, a las doce le puse un guasap a su hermano.

Tu hermana se ha ido ya, ¿no?

 Pero mi preocupación le llegó durante una videollamada con su jefa, y tampoco contestó.
Entonces sonó mi móvil.
En cuanto vi el nombre de mi hija en la pantalla, supe que algo andaba mal. Tan mal que temí que no fuera ella quien llamaba, sino un desconocido que había buscado “Mamá” en la agenda de contactos.

—Mamá, el coche me ha hecho aquaplaning —dijo muy nerviosa sin saber cuánto me tranquilizaba oír su voz— y me he estrellado contra la mediana.
—¿Pero tú cómo estás?
—Yo estoy bien, no me ha pasado nada, no te preocupes.

En cuanto dijo que no me preocupara, entré en modo amago de infarto. Por muy bien que se sintiera, todavía estaba en medio del fragor de la autopista esperando que llegara la grúa, el taxi y la Guardia Civil. Todavía podría arrollarla algún coche despistado.

—¿Estás sola?
—No, un tío ha parado a ayudarme.

Gracias, Señor, por los hombres y ese instinto que les lleva a proteger a las mujeres. Más tarde,  mi hija me contaría que aquel hombre había aparcado el coche delante del suyo, se había encargado de lo más peligroso —poner los triángulos— y se había quedado con ella hasta que llegó la Guardia Civil.

Ella es demasiado joven para entender ciertas cosas y  no se le ocurrió pedirle su número de teléfono. Pero él es una de las razones de este artículo: me gustaría encontrarlo y mandarle una caja de vino —o lo que le apetezca—por Navidad. Me encantaría poder darle las gracias.

Por suerte, mi mal presentimiento quedó solo en susto.
Mi hija —y yo— se ha quedado sin coche, barata le ha salido la lección.
Disfrutad de la vida, que es corta.



La vida proscrita

por Marisol Oviaño

Mi domingo es hoy, lunes.
Ayer los tres dedicamos  la mañana a limpiar y yo, además, a cocinar: venían mi madre y mi hermano a comer.

Tras los riquísimos pasteles que ella había traído de la pastelería Mallorca, pasamos un rato muy divertido experimentando con las fantásticas  cajas de la repostería poscovid. Después, los hombres se pusieron a jugar a la Play y las mujeres nos quedamos de charla.

Cuando los invitados se fueron, a eso de las siete de la tarde, cogí mi máquina y me bajé a la trinchera a disfrutar de un rato de vida proscrita. Pero no llevaba media hora allí cuando el hombre que quiere romper con su destino me lanzó un SOS en un audio de guasap. Sonaba tan borracho, que hice lo que me dijo el otro día el hombre en la sombra: “¡Marisol, abraza tu cruz!” y le ofrecí asilo.

Estoy en la trinchera proscrita. Vente para acá hasta que se te pase.

Aunque decía que estaba cerca y yo sabía que había estado comiendo en un restaurante a cien metros de aquí, tardó casi quince minutos en llegar. Me ofrecí a ir a buscarle un café, pero antes de que me pusiera en marcha, se tumbó en el incómodo sofá estilo bauhaus que heredé de mi abuela. Se dio con la cabeza en el brazo de madera y le di el respaldo del otro sillón a juego, para que lo usara de almohada. Y ahí se quedó, desmadejado. Con sus brillantes y negras katiuskas hasta la rodilla, un estrecho pantalón color blanco roto y un carísimo jersey de rombos en tonos grises. Un look total. Tanto, que pensé que si alguien le veía desde el escaparate, si se corría la voz, yo siempre podría decir que se trataba de una performance literaria.

El hombre que quiere romper con su destino había tenido una comida en la que se juega mucho. Una comida en la que él, que lleva meses sin beber por la medicación, habría tenido que trasegar alcohol como un hombretón. De modo que le dejé dormir y le eché por encima un amoroso y grueso chal de cachemir que me regaló mi madre las  navidades pasadas.

—Muchas gracias, Marysun —sonrió entre sueños.

Yo regresé a mis quehaceres en la parte del aula, oculta a los ojos de los paseantes. Por suerte, llovía a ratos y poco a poco la calle se fue quedando en silencio, no hacía noche para pasear. A mi alrededor, y a excepción de la pequeña lamparita que había enganchado en la pantalla del ordenador, todo era oscuridad. Y él se movía tan poco, que llegué a concentrarme completamente. A ratos se me olvidaba que estaba sola, pero entonces él gemía. Calculé que necesitaría dormir unas tres horas y avisé a mis hijos de que no me esperaran a cenar.

A las tres horas clavadas, se despertó como si le hubieran inyectado algún estimulante y se sentó conmigo atrás para ponerme al día de toda la información que yo aún no tenía. En los últimos meses hemos pasado muchísimas horas juntos, somos amigos y yo le acompaño en este viaje alucinante a su nueva vida. Sentado
en la penumbra, me desgranó el siguiente y osado paso del plan para cortar definitivamente con su destino. Yo solo podía escuchar, hacer alguna pregunta, aprender. Quererlo como es.

A eso de las doce,  se acordó de que no había dado de comer a sus perros.
Lo acompañé hasta la puerta, recogí mis cosas y volví a casa.
Todo el mundo estaba ya durmiendo.
Vi un capítulo de Atlanta mientras me tomaba un yogur. (Yo comiendo yogures, quién me ha visto y quién me ve).
Después me fui a la cama y ni siquiera leí, caí agotada.

Ahora son casi las tres de la tarde.
He corregido varios artículos, todo está bajo control: me voy a comer.
El hombre que quiere romper con su destino estará ahora comiendo con un cliente. Imagino que deseando terminar para pasar a la siguiente reunión, esa en la que se lo juega todo.

Hoy todavía no he hablado con nadie.
En casa solo me esperan el gato y la tele, los chicos comen en el trabajo hoy.
Pero estoy preparada para que esa tranquilidad vuelva a romperse de un momento a otro.
Porque así es la  vida proscrita.
Yo la elegí.

Mi perspectiva de género

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 01/sep/2019

El hombre en la sombra me ha mandado un artículo que quiere que lea: ¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos? de Claire Dederer

No es un buen artículo, ni siquiera se centra en el tema.
Empieza hablando de los creadores monstruos que se acostaban con jovencitas —el peor de los pecados, según parece— y acaba hablando de lo difícil que es ser madre y escritora. Por el camino, se despacha a gusto contra Woody Allen, que salió absuelto de todos los cargos que le imputaban. Hay una entrevista muy jugosa a otro hijo de Mia Farrow en la que el muchacho asegura que Woody Allen era un buen hombre y que, en cambio, Mia era un monstruo manipulador y maltratador. Pero eso no lo publicarán en El País, así que os la enlazo yo: el caso woody allen…

Dederer establece paralelismos entre Soon Yi y la Tracy de Manhattan
hasta tal punto que, a pesar de que había sido una de sus películas favoritas, cuando intenta volver a ver Manhattan siente arcadas.

Espérate un momento. Claire tendrá mi edad y debe de ser una mujer de mundo. ¿De verdad le escandaliza que una chica de diecisiete tenga una relación con un hombre mayor? Dice que es escritora, ¿a los 17 no se sentía atraída por hombres mayores cultos, educados e interesantes?

Yo sí.
Y diría que todas las chicas en algún momento se sienten atraídas por un hombre mayor: un amigo del padre, un profesor, un entrenador… La curiosidad es innata al ser humano, sin ella seguiríamos en las cavernas.

Yo me inicié en la vida con hombres mayores que yo. A mí me aburrían los chicos de mi edad, que no tenían nada que enseñarme y solo sabían hablar de su moto o del último pedo que se habían cogido. Sin embargo, de los hombres hechos y derechos aprendías mucho. Ellos te abrían la puerta al mundo de los adultos, el mundo real. No era solo la experiencia sexual —que también—; eran las conversaciones profundas, los libros que te regalaban, los restaurantes, los pubs de música tranquila, la gente que conocías…

Uno de ellos solía llevarme a una selecta tertulia en el Gijón en la que había apellidos muy importantes, desde escritores a ministros. Yo siempre saludaba, pedía una cerveza y escuchaba en silencio . Sabía que estaba fuera de lugar, que me llevaban allí casi como a un trofeo, y trataba de pasar inadvertida para que nadie señalara la inconveniencia de mi presencia. Una noche, cuando él y yo nos disponíamos a marcharnos, uno de aquellos hombres insignes me guiñó el ojo y le dijo: “¡Además de guapa, inteligente! ¡Cómo escucha!”. Él me miró sonriente: “Le encanta aprender”.

Me enseñó a creer en mí misma y me dio alas.
Pero para Dederer, solo es un monstruo.
Para mí, un maestro generoso.

Compañeros

Por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 12dic19


Hacía tiempo que  no pasábamos un rato las dos solas, pues casi siempre nos vemos por inercias familiares que reúnen a más gente. Y en principio, hoy iba a ser una de esas ocasiones, pues venía a comer a casa con sus nietos y conmigo.

Pero  tras una breve sobremesa, Eude se ha retirado a sus aposentos. Y su hermano jugaba al fútbol a las cinco. Así que, cuando mamá y yo nos hemos quedado solas, hemos quitado el mantel de la mesa y nos hemos mandado mudar a los sofás, donde hemos hablado largo y tendido. De los achaques y la vejez, del colectivismo y la ambición individual, de mi madrina —que se cayó la semana pasada—, de que mi bambú tiene veinte años y está hecho un asquito —¿cuántos años vive un bambú que compras en el chino?— y de que ella no puede tener plantas en la terraza porque se le achicharran. Cuando se ha marchado, he sentido la imperiosa necesidad de bajar a la trinchera proscrita a escribir sobre todo lo que he aprendido ella.

Siempre tuvo claras sus prioridades: nosotros y nuestro padre. Sin embargo, podría haberse limitado a hacer lo que casi todas las mujeres de su generación: cuidar de los niños y la casa y tomar el café con las amigas. Pero esos zapatos le quedaban pequeños.

Si me calzo los míos de niña, la veo haciendo siempre cosas que las otras madres no hacían: estudiaba, aprendía inglés, hacía régimen, iba al gimnasio, llevaba pantalones vaqueros y, a veces, fumaba.  La recuerdo yendo a sus clases del PPO, estudiando con apuntes de varias de carpetas, haciendo ejercicios de mecanografía, pidiéndome que le hiciera un dictado para la taquigrafía… Más tarde, ella acabaría trabajando con mi padre, y fue entonces cuando ascendimos en la escala social. Pero nunca dejó de interpretar el papel de matriarca.

Papá era el único que se libraba de las tareas de la casa, y para mamá habría sido fácil seguir la inercia y propiciar que mi hermano no participara en las labores “femeninas”. Pero impuso que todos los hijos nos hiciéramos la cama, ayudáramos a recoger la cocina y a adecentar el jardín. Yo sólo recuerdo un asunto en el que estableciera diferencia entre las chicas y el único chico: cuando éramos pequeños y pasábamos el verano en la sierra, a la hora de la siesta nosotras teníamos que aprender a coser y él no; a él le ponían a leer. (Nosotras éramos grandes lectoras, pero el benjamín entonces parecía sentir alergia por la lectura). Y realmente no puedo verlo como una discriminación, sino como un regalo: ¡la de veces que habré salvado ropa gracias a que ella me enseñó a coser!

A los tres se nos exigía que sacáramos buenas notas, y a todos se nos alentó a estudiar una carrera. Pero mi hermano, además de por las aspiraciones de nuestra madre —que nos afectaban a todos por igual—, se veía presionado por la ambición de nuestro padre, que le consideraba su heredero natural en la empresa. La construcción era —y sigue siendo— un mundo de hombres; a papá nunca se le habría pasado por la cabeza aprovechar nuestras vacaciones escolares para llevarnos a Silvia o a mí a la fábrica y las obras. De los tres, sólo Paco tenía esa carga. Por ser hombre.

La vida de los hombres no es tan fácil como las feministas radicales la pintan. La vida no es fácil. Nunca. Para nadie. Por eso buscamos alguien que nos complemente y que trabaje codo con codo con nosotros para construir nuestro lugar en el mundo. Y, para que eso funcione, ambas partes tienen que saber cuál es su función en la familia, hasta dónde se puede negociar y cuándo es mejor ceder. La pareja no es un campo de batalla, sino una alianza.

Y cuando miro a mi madre, que supo luchar por sus derechos sin dejar de cuidar de los suyos, comprendo cuán alejado de la realidad está el feminismo actual, que nunca habla del amor. La nueva ola feminista pretende convertir las diferencias entre hombres y mujeres en agravios contra la mujer y, por supuesto, considera la maternidad como un lastre con el que los hombres nos castigan. Como si la mayoría de nosotras no sintiéramos la necesidad de tener hijos a los que amar.

Ser madre es difícil, sí, y cuando los niños son pequeños, puedes sentirse fagocitada por ellos, ¡que me lo digan a mí! Las responsabilidades de la maternidad no terminan ni cuando los hijos son adultos, pero es en ella donde reside nuestro verdadero poder: todos necesitamos el amor incondicional de una madre. Sin él, siempre tendremos miedo a volar.

Además, nos coloca en un lugar preeminente en la familia, desde la que extenderemos redes afectivas que lleguen más allá de las paredes de la casa: los abuelos, los primos, los tíos, los sobrinos, los cuñados, los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos, los amigos… Nuestra facilidad para crear vínculos con otros nos diferencia de los hombres. ¿Por qué habríamos de renunciar a ella?

Por eso no entiendo un feminismo que, en lugar de trabajar para mejorar la complementariedad entre hombres y mujeres, pretende obligar a la mujer a usurpar el papel del hombre incluso aun cuando ella no quiera.

No me interesa un movimiento que demoniza al otro sexo, porque he crecido en una familia en la que todo el mundo desempeñaba su papel y he tenido una madre trabajadora, madre y compañera de su hombre.
De ella aprendí a ser independiente, sí.
Pero, sobre todo, a ser yo también refugio de los mío

Instinto de supervivencia

por Marisol Oviaño
Publicado originalmente: 6oct18

(Pincha en el vídeo para oír la música mientras lees)

La vida es conflicto.
Cuanto antes lo sepas,
mejor para ti:
no perderás tiempo quejándote,
sino que te armarás para combatir al enemigo.

Tendrás que luchar contra tus hermanos, contra tu madre, contra tu padre,contra tus compañeros del cole, contra los maestros, contra tus amigos, contra tus enemigos, contra tu primer ligue de instituto, contra el que te explota, contra el casero abusón, contra el inquilino moroso, contra tus vecinos, contra tu jefe, contra tus compañeros, contra tus empleados, contra tus proveedores, contra tus clientes, contra el banco, contra el Estado, contra ese tío que siempre lleva el perro suelto, contra esa cerda que deja la basura en el portal, contra la enfermedad, contra el dolor, contra los políticos, contra tu pareja, contra tus hijos.

La vida no es sino un campo de batalla del que,
con suerte,
sólo saldrás herido.

Cuanto antes lo sepas, mejor para ti.
Y para los tuyos.

Conversación entre un moro agnóstico y una católica no practicante en el día del Señor

Por Marisol Oviaño
Publicado el 27ene19
Fotografía en contexto original: almendron


Me gusta bajar los domingos a por el pan, el ambiente en el pueblo es totalmente distinto al del resto de la semana. Es el día de las caras nuevas: las de quienes viven en las urbanizaciones de las afueras y trabajan en Madrid, las de los que se acaban de instalar en el pueblo y sólo conocen los bares de la zona peatonal, las de los forasteros que han venido a pasar el día aquí… Las terrazas suelen estar llenas de familias con niños y la gente está más relajada y parece feliz, como si sólo fuéramos figuración de una comedia romántica. Da gusto andar entre tanto buen rollo.

Pero hoy estoy un poco griposa y mis hijos comen fuera, solo tengo que ir a por el pan; así que limito mi paseíto dominical a los cincuenta metros que me separan de la panadería.  A pesar de que sólo es la una, ya no les quedan barras normales y pido una de candeal relamiéndome: son mi vicio, pero demasiado caras para comerlas a diario. A la vuelta, paso por la trinchera proscrita para encender el radiador del aula como hago todos los domingos. (Quienes me leéis, ya sabéis que paso las tardes dominicales escribiendo aquí).

Cuando estoy cerrando la puerta, me encuentro en la calle con H., que viene de comprar el pan como buen jubilado.  Es marroquí y asiste a uno de mis talleres desde hace un par de años y, aunque cuando hablamos de política siempre discrepamos, nos llevamos muy bien: ambos somos amantes del buen vino y tenemos sentido del humor. Él, además, una luminosa sonrisa, que enciende cuando me uno a sus pasos.

— ¿Qué? —sonrío guasona a modo de saludo— ¿Ya te han mandado a hacer la compra?
Con idéntica guasa, H. levanta los dos brazos, para que quede constancia de las bolsas que carga.
—¡Y mi mujer en el campo, dando un paseo!
—Para que luego se quejen las feministas.
—La mía, encima, tiene un marido moro —dice desorbitando los ojos de manera cómica—. ¡La que liarían si me vieran en mi pueblo!
—Bueno, convengamos que tú no eres un moro típico —contesto sacando las llaves de mi portal—. Si todos fueran como tú, otro gallo nos cantaría.

Los dos nos echamos a reír y nos despedimos.
Y ahora, mientras cuajo una tortilla de alcachofas, pienso en las ironías de la vida.
Tiene gracia que sea un moro agnóstico el que me esté ayudando, sin saberlo, a recobrar una astillita de fe en el ser humano.

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